DESDE AZAÑA CONTRA LA REPÚBLICA. Recuerdo y homenaje en su 143 aniversario

Azaña, a su izquierda el eunuco traidor

ARTURO DEL VILLASR.PROBABLEMENTE no haya habido en la historia de España un político más calumniado e insultado que Manuel Azaña. Las burlas y los ataques personales contra él en realidad estaban encaminados a socavar los cimientos de la República, al corroer la figura que la encarnaba ante la opinión popular. Pero como él rechazaba esa posibilidad por no gustarle la idea, no quiso comprender el destino de aquellas sátiras a menudo feroces, limitándolas a su persona y no a la institución por él representada.

Es un rasgo de modestia que implica malentender la realidad. Dado que nunca se juzgaba tan necesario para el devenir de la República como para que lo identificasen con ella, suponía que la avalancha de falsedades o chistes sobre él era causada por su carácter enemigo del disimulo. No se le pasaba por la imaginación siquiera esa intencionalidad, para todo el mundo muy clara, de acosar a las instituciones republicanas por medio de los ataques dirigidos a su persona.

No lo pudo entender así, por ser demasiado modesto con el valor de su actuación gubernamental. Para él, servidor de la República, su nombre sólo representaba un eslabón funcionarial más. Los momentos en que se le impuso la obligación de aceptar los máximos cargos, le parecieron insólitos, causados por unas circunstancias anormales. Lo malo es que un exceso de modestia puede llegar a ser funesto para una colectividad.
Sin embargo, se mantuvo muy alerta cuando preveía que las injurias estaban destinadas a los estamentos republicanos, más allá de situaciones o personajes tomados como disculpa o disfraz. Con la República no toleraba bromas. Todo lo contrario: dirigía sus esfuerzos a dotar al nuevo régimen de una consolidación en todos los órdenes, desde el protocolario más simple hasta el ornamental en los actos públicos cuidando al máximo todos los detalles. Ninguno le parecía pequeño cuando se trataba de presentar dignamente a la República Española. Y es que efectivamente no lo era.

UN CONTRABANDO DE ARMAS

Por ello, habló con rotundidad en el Congreso, el 20 de marzo de 1935, cuando pronunció un discurso muy prolijo, tan extenso que solicitó al presidente de las Cortes interrumpirlo para permitir cenar a los diputados, y reanudarlo a las 22.35 de la noche. Resultaba una hora impertinente, pese a lo cual no decayó la atención de su auditorio, demostrativo de la expectación levantada por sus palabras. Quedó tan satisfecho de su intervención, que colocó el texto al frente de la edición de sus Discursos en campo abierto, a pesar de no serlo.
La primera parte de su discurso se refirió al alijo de armas encontrado en la playa de San Esteban de Pravia: se le acusaba de estar implicado en su fabricación y transporte, para favorecer la revolución de Asturias el año anterior. Nadie podía demostrarlo, puesto que era falso, pero se organizó una campaña denigratoria en su contra sin ninguna prueba, muy bien preparada por la extrema derecha, que él calificó de esta manera:

Porque, señores, llevamos siete meses en el curso de una campaña política, de carácter personal, de la que no hay ejemplo en la historia de las costumbres políticas españolas, de la cual campaña yo he sido, para satisfacción mía y desencanto de algunos, el objeto honrosísimo, honroso para mí. Se ha apelado en esa campaña a todos los procedimientos y a todos los instrumentos: a la oratoria, a la radio, a la imprenta, a las declaraciones oficiosas y oficiales, a las declaraciones de partido y a los actos de propaganda de los partidos, […] todos los difamadores de oficio del país y muchos que se han ido adscribiendo a título de difamadores honorarios, han bordado, volcándolo sobre mí, todo el contenido de sus peores pasiones y hemos visto el escalafón de los difamadores pletórico de personal, sobrante de personal, advirtiéndose en él presencias extraordinarias, presencias inverosímiles e increíbles, sin duda porque al escalafón de los difamadores no se le aplica la Ley de Incompatibilidades.

Todas las citas de Azaña se hacen por la edición de sus Obras completas impresas por cuenta del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales en siete volúmenes, Madrid, 2007, indicando el tomo en números romanos y las páginas en arábigos. En este caso, V, 361 s.   
Se encontró el alijo el 11 de setiembre de 1934, y la revolución estalló en Asturias el 4 de octubre siguiente Puesto que él había dejado de ser ministro de la Guerra el 12 de setiembre de 1933, resultaba imposible que estuviera en su mano ordenar el transporte de esas armas. No se quería tener en consideración que desde hacía ya un año al frente del Ministerio de la Guerra se encontraban otras personas, precisamente de ideología contraria a la de Azaña. Lo de menos era la lógica, si la campaña difamatoria cumplía su misión de infamar su figura. Durante siete meses se le denigró por todos los medios, hasta que logró hacerse escuchar.

CON LOS MILITARES PORTUGUESES SUBLEVADOS

La segunda parte del discurso rebatió otra acusación: la de haber protegido a los militares portugueses sublevados en 1931 contra la dictadura fascista en su país, refugiados en España al fracasar el golpe. Admitió haberlos socorrido con fondos del Ministerio de la Guerra, porque se hallaban famélicos, pero lo hizo públicamente, desde las oficinas del Estado Mayor y la Contabilidad. En total se invirtieron cuarenta mil pesetas en su ayuda, cantidad que no parecía derrochadora.
Quiso dejar claro que al obrar así continuó una costumbre de más de un siglo de existencia, pactada tácitamente entre España y Portugal, y regulada en nuestro país por reales órdenes en 1857 y 1858. También en Portugal se acogió a militares españoles perseguidos, por ejemplo en diciembre de 1930, cuando fracasó la sublevación de Cuatro Vientos.
Nadie criticó ni menos denunció esas actuaciones respectivas, hasta que lo hizo Eloy Vaquero, ministro de la Gobernación en el Gobierno presidido por Alejandro Lerroux, ambos del Partido Radical, en una entrevista concedida a un periodista portugués, y publicada en Portugal. En ella acusaba a Azaña, sin pruebas, de injerencia en los asuntos internos portugueses, en complicidad con los militares opuestos a la dictadura fascista que tiranizaba su país, a los que afirmó que había armado y pagado con el fin de que organizasen un golpe de Estado.
La defensa de Azaña se basó en la legalidad de su conducta, por los motivos resumidos antes. Importa resaltar su afirmación denunciando que era intolerable poner en riesgo la solvencia internacional de la República Española por el deseo de dañar su imagen pública:

Ahora, lo que yo podría pedir aquí humildemente es que cuando se trate en la contienda de los partidos de hacerme a mí daño políticamente, de perjudicarme, de desacreditarme, lo hagan; pero que lo hagan buscando otro terreno, otros motivos, otros problemas, en que se me pueda hacer a mí todo el daño posible tan sin culpa como en este caso, pero sin comprometer intereses superiores de la República. Con eso me conformo. (V, 402.)

Esta vez no se trataba de bromas, sino de una situación excesivamente seria: con tal de implicar a Azaña en una trama revolucionaria en Portugal, sus enemigos no dudaban en exponer a la República a un gravísimo conflicto diplomático. Lo hacían precisamente con un país vecino muy susceptible, receloso siempre sobre las intenciones anexionistas de España, aunque no existan desde hace siglos.
La razón de Estado obligaba a los responsables de la República a evitar incidentes diplomáticos con ningún país. Se trata de una norma de carácter internacional, destinada a esquivar inconvenientes peligrosos que puedan degenerar en unos enfrentamientos armados. Contra toda lógica política, un ministro radical no tenía reparos en propalar falsedades capaces de originar un embrollo internacional muy grave, con tal de poner a Azaña en una situación comprometida.
En Portugal se había instalado una dictadura que iba a ser muy larga y muy contraria al pueblo luso, y que colaboraría con los militares españoles sublevados al año siguiente contra la legalidad constitucional republicana. Los adversarios políticos de Azaña eran favorables a la dictadura fascista en cualquier lugar, pero más todavía en Portugal, porque podía apoyarles en su ambición de derribar a la República: eso fue efectivamente lo que sucedió, cuando se rebelaron los militares monárquicos españoles. Por ello, estaban decididos a causar el mayor daño posible a la República, al mismo tiempo que intentaban desprestigiar a Azaña.
El doble objetivo se complementaba, por tener un único fin. El llamado Partido Republicano Radical presidido por Lerroux era en realidad una mafia dedicada a sus negocios corruptos. El ejemplo incorruptible de Azaña representaba una acusación tácita contra las actividades delictivas de los radicales. Seis meses después de la celebración de este debate se descubrió el escándalo denominado del estraperlo, que acabó con el partido y con sus dirigentes descubiertos.

UNOS ADVERSAROS SAÑUDOS

Puesto que Azaña era republicano, y en consecuencia demócrata, su postura se definía claramente contra las dictaduras. Le hubiera gustado contribuir a que desaparecieran del planeta entero; él conocía lo que era padecer bajo la bota de los militares convertidos en dictadores, después de soportar al histriónico general Primo durante siete años, y deseaba liberar al pueblo de esa sumisión atroz. No podía sospechar que las dictaduras nazifascistas europeas se iban a unir enseguida para propiciar la sublevación en España, y dar paso a la más larga y sanguinaria de las dictaduras militares, que puso fin al más profundo sistema de libertades públicas alcanzado en su patria, gracias en buena parte a su contribución personal. Ese horizonte solamente lo contemplaban los fascistas.
Sabía que era preciso actuar con mucha prudencia, para evitar las denuncias de esas mismas dictaduras, que precisamente por serlo se atreven siempre a actuar con absoluta impunidad. Lo consiguió al dejar las instituciones al margen de cualquier conspiración en la que participasen los demócratas portugueses. La razón de Estado se impuso una vez más sobre las motivaciones del corazón. Ante todo era preciso salvaguardar a la nación, y la nación era la República.  En cambio, sus oponentes se aventuraban a poner en riesgo nada menos que a la República, para procurar cuestionar su actuación política. Eso no lo iba a consentir, y así se lo anunció a los diputados con alguna ironía:

En el orden personal, que es lo menos importante, todo esto no es más que una saña. ¿Decimos vengativa? ¿Decimos animosa? ¿Decimos implacable? Lo que queráis: una saña; y a mí, en el orden político, ya me enaltece y me honra, porque entre unos y otros van a acabar de conferirme una representación que realmente nunca había soñado. […] porque lo que yo hubiera tenido que hacer a fuerza de tiempo y de trabajo personal y de mis amigos para producir un movimiento de opinión fundado en la persuasión, me lo han dado hecho, suscitando la indignación. (Risas.) De manera que yo, en el fondo, estoy agradecido. (Rumores.)
Políticamente, y dentro del orden republicano, esto no es más que una agresión a valores del régimen, que cada uno tasa como quiere, naturalmente, y en el orden moral, tiene algo de monstruoso, que escandaliza a la mayoría de las personas imparciales que no están cegadas por las pasiones políticas. (V, 402.)

Ciertamente, a él le facilitaron una enorme promoción con el caso del alijo de armas, pero a la República le causaron un quebranto, que no llegó a más precisamente por la intervención de Azaña. Podía utilizar el sarcasmo de agradecer una campaña insidiosa contra él, puesto que desdeñaba las censuras tanto como las alabanzas; sin embargo, tenía que salir al paso de los perjuicios previsibles que semejante maquinación tendenciosa iba a desencadenar. El asunto era proclive a las suposiciones disparatadas, debido a su origen conspiratorio.
La jugada de la oposición falló estrepitosamente, a pesar de que fue bien preparada: el secreto, imprescindible en un caso de contrabando de armas, propiciaba las acusaciones indemostrables. Su alegato consistía en explicar que no existían documentos acusatorios porque se trataba de un plan secreto, en el que era fundamental guardar el mayor sigilo. No se obtuvo ningún resultado práctico: los enemigos de Azaña mantuvieron sus acusaciones contra él, y sus partidarios creyeron en su fidelidad a la ética política. En resumen, por esta vez triunfó la cordura en el Congreso, lo que en aquellas circunstancias de radicalización política  ya era mucho pedir.

UN TESTIGO ANARQUISTA

Confirmamos estas apreciaciones con el testimonio del periodista Eduardo de Guzmán, redactor político del diario madrileño La Tierra, a punto de cerrar en esos días debido a las presiones gubernamentales. Por ser anarquista no simpatizaba con Azaña, así como Azaña no simpatizaba con los anarquistas, opiniones muy lógicas, dado el sentir político respectivo. Asistió a la sesión de las Cortes aquel 20 de marzo de 1935, para informar en su periódico, de manera que tomó notas acerca de cuanto allí se decía, y años después recordó así su observación fiel del acontecimiento, redactado en presente histórico, en el ensayo La Segunda República fue así, editado en Barcelona por Planeta en 1977 página 282:

Manuel Azaña pronuncia quizá el más hábil e inteligente de sus discursos. Está hablando durante varias horas y lo hace con elocuencia no exenta de ironía, argumentos convincentes, aplomo y serenidad y una superioridad despectiva sobre sus contradictores. Demuestra en forma irrebatible la torpeza de sus acusadores, y de acusado se transforma en acusador del juez que ha instruido un sumario parcial contra él; de Goicoechea, que persigue el descrédito de la República; de Samper, que le hace el juego; de Lerroux, que lo consiente con su silencio; de Anguera de Sojo, que se sienta en el banco azul, y del propio Gil Robles.

Se puede considerar que hubo una conspiración contra Azaña, en la que se implicaron los máximos dirigentes de aquella caricatura de República dominada por elementos anticonstitucionales. Si el presidente Alcalá--Zamora no está señalado en esa lista, sin duda le satisfacía la presunta aniquilación política de un personaje con el que discrepaba en casi todo, y por el que sentía un odio patológico.
No culminaron su propósito, porque lo desbarató la oratoria de Azaña, basada en datos probatorios de su inocencia. Se les pasó por alto esa posibilidad a los conspiradores, fiados en su número, pese a que la fuerza de la dialéctica azañista era muy conocida y la habían tenido que sufrir. El ataque se volvió contra ellos, descubiertos ante la opinión pública en sus enjuagues, según sigue relatando en presente histórico el mismo testigo imparcial del suceso parlamentario:

El intento de acabar con Azaña tiene efectos diametralmente opuestos a lo que pretenden sus enemigos. En lugar de hundirle, le ensalzan a los ojos de la opinión nacional. Consiguen algo todavía peor para su política: conseguir que las izquierdas políticas vayan agrupándose en torno a la figura del hombre tan torpemente acusado.
La conjunción republicano—socialista, totalmente rota en las elecciones de 1933, empieza a fraguarse de nuevo con mayor amplitud. En definitiva, son los monárquicos y la CEDA quienes en la sesión parlamentaria del 20 de marzo de 1935 ponen los cimientos del Frente Popular, que triunfará rotundamente en febrero de 1936.

Sí, pero fue a costa de sus padecimientos físicos y psíquicos, encarcelado primero y enjuiciado después, de forma ilegal por ser diputado, y de manera injusta por ser inocente. Fue un caso excepcional en la historia de la II República, porque de ser jefe del Gobierno pasó a estar procesado con cargos inventados por sus enemigos. Otro político que fue presidente del Ejecutivo, Lerroux, iba a dimitir de su cargo como ministro de Estado siete meses después, el 29 de octubre, al descubrirse el escándalo de la ruleta denominada popularmente estraperlo. Pero no se le expedientó, ni se le encarceló, ni se le persiguió: se limitó a abandonar la política, de la que ya había obtenido muy pingües beneficios económicos gracias a sus continuados chanchullos. El único político republicano perseguido y vilipendiado sañudamente antes, durante y después de desempeñar los máximos cargos administrativos fue Azaña, precisamente por tratarse del personaje que encarnaba el ideal republicano en su figura intachable. Ya que era imposible acusarle de ninguna corrupción, se recurría al escarnio desvergonzado, que no precisa demostraciones para ser aceptado por los predispuestos a creerlo y a propalarlo como verdad conocida.

INSULTOS FASCISTAS

Esa campaña alcanzó una virulencia extrema durante la guerra provocada por la sublevación de los militares monárquicos en 1936. En ella se enfrentaron las dos españas, con auxilios exteriores muy dispares. Los rebeldes volcaron todo su odio a la República en la figura del presidente, por ser su símbolo. Los escritores a sueldo le colmaron de epítetos injuriosos, como si sus colaboraciones les fueran valoradas según el número de insultos acumulados, cosa que parece probable. Para destruir a la República se consideraba preciso aniquilar el prestigio alcanzado por su presidente.
El calificativo más usual fue el de monstruo; por ejemplo, lo utilizó Joaquín Arrarás en sus malintencionados comentarios a las Memorias íntimas de Azaña, de las que se hicieron cuatro tiradas en 1939 por cuenta de las llamadas Ediciones Españolas: este dato confirma el afán de los militares sublevados por intentar a cualquier precio atacar su personalidad con todo tipo de argucias, incluidas las más soeces.
También Francisco de Cossío, en su rastrera apología de la rebelión titulada Hacia una nueva España, publicada en 1937 por la editorial fascista Castilla, se regodeó en el uso de ese término; hizo méritos para que se le concediese el título de periodista de honor, según el criterio de la dictadura. Y otros muchos autores de crónicas partidistas coincidentes en el afán de descalificar a Azaña, unos por sus convicciones, y los demás por congraciarse con los sublevados. 
Los obispos y los curas y frailes colaboraron en la condenación de Azaña al fuego del infierno. El más osado de todos ellos, el padre Isidoro Rodríguez Álvarez, animado por su fervor fascista, llegó a cometer la blasfemia de redactar un credo en homenaje al dictadorísimo de los rebeldes, parodia de los credos cristianos, que fue impreso en los periódicos de los lugares conquistados, y difundido en hojas volanderas, como si se tratase de una pieza literaria valiosa, o quizá teológica. En su desquiciado fervor fascista se atrevió a equiparar al exgeneral sublevado nada menos que con la Santísima Trinidad en pleno. Desde su faceta de Hijo le componía una pasión, en la que Azaña representaba el papel de Poncio Pilato, según se insertó en un volumen muy bien documentado y por ello importante para conocer ese período extraño, Le Christ chez Franco. Documents recueillis par Raymond Alcolea, traduction de Rolland—Simon, impreso en Villiers—le Bel para Denoël en 1938, donde se lee en la página 97:  

Creo en Franco, hombre todopoderoso, creador de una España grande […] Hijo del pueblo, vivió con el pueblo […] padeció bajo el poder tiránico de Azaña; fue atormentado por los miembros de un gobierno despótico y sectario […].

Es una muestra de los límites que puede alcanzar el odio, cuando se une a la estolidez, y pasa por unas manos consagradas para perdonar pecados, según la teoría catolicorromana. Sin embargo, eso no significa nada, porque la historia clasifica los escritos según sus verdaderos méritos, y tanto ése como los muchísimos otros de su estilo ocupan el anaquel de la propaganda fascista, devaluada ya entonces, excepto por sus seguidores, y en la actualidad intolerables. Quedan como muestra del fanatismo exacerbado, y nos harían reír si no fueran tan peligrosos por haber causado muchos crímenes y desastres, algunos ejecutados en nombre de un dios vengativo invocado por los fascistas.
Lo irreparable fue la represión ejercida contra los familiares de Azaña por el mero hecho de serlo. Su sobrino Gregorio Azaña, el único varón que podía prolongar el apellido familiar en línea directa, fiscal en la Audiencia de Córdoba, fue asesinado nada más producirse la rebelión militar, acusado del delito de ser sobrino del presidente de la República. Apellidarse Azaña constituía un crimen para los sublevados. Es sabido que llegaron a cambiar el nombre de un pueblo llamado así desde tiempos remotos, para borrar cualquier rastro de la existencia de Azaña, aunque no se diera la menor relación entre ellos. Una tarea inútil, porque la historia termina (casi siempre) revelando la verdad, y por eso el nombre de Azaña retiene el prestigio que su labor impulsora de la República Española merece.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO






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