Y la Iglesia declaró la guerra a la República

Arturo del Villar

HACE 85 años, el 1 de julio de 1937, está firmada la indignante Carta colectiva del Episcopado español, una declaración de guerra en toda regla de la Iglesia catolicorromana a la República Española. Tomaba partido decididamente por los militares monárquicos sublevados contra la legalidad constitucional, y convocaba a los catolicorromanos de todo el mundo a reconocerlos como únicos representantes de España. La oposición del Vaticano y sus secuaces a la República era antigua, se había demostrado incluso antes de su proclamación. La antigua alianza entre  el altar y el trono se deshizo con la huida del rey Alfonso XIII, y la clerigalla temió que el nuevo régimen popular limitara sus enormes privilegios seculares.

La carta tenía un único redactor en su integridad, el fanático cardenal arzobispo de Toledo y primado de las Españas, Isidro Gomá, y un único corrector de estilo, Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, apodado El Obispo Azul después de la guerra, por el color de la camisa falangista, debido a su implicación con los vencedores, que le premiaron su fervor fascista con innumerables cargos políticos bien remunerados.

Constituyó un arma política muy útil para los sublevados, ya que existía una opinión pública internacional que les era adversa, debido a la colaboración que les prestaban los estados nazifascistas europeos, la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista, más otros grupos de extrema derecha. Fue un arma propagandística importantísima, puesto que inclinó la opinión de algunos indecisos hacia el bando rebelde, al saberlo bendecido por el presunto Estado Vaticano.

Impresa en Pamplona por Gráficas Bescansa, en un folleto de 32 páginas, fue inmediatamente traducida y editada en los idiomas más hablados del planeta, por lo que alcanzó una tirada que debió ser enorme: solamente en 1937 se imprimieron 36 ediciones, según datos de la Oficina de Prensa rebelde, que en este caso seguramente eran ciertos. De la difusión se encargaban los episcopados de todo el mundo, eficaces colaboradores. Fue el arma propagandística más poderosa a favor de la rebelión entre los seguidores del catolicismo romano, lo que la convierte en una declaración formal de guerra de la Iglesia vaticana a la República Española, en un momento en que el resultado de la guerra se hallaba indeciso.

CON APROBACIÓN VATICANA

Casi toda la jerarquía catolicorromana española suscribió los términos denigrantes de la carta. Firmaron dos cardenales, Isidro Gomá y Eustaquio Ilundain; seis arzobispos, 35 obispos y cinco vicarios capitulares. En total, 48 jerarcas de la Iglesia que desde aquel momento se convirtió en nazionalcatólica. Negaron su firma únicamente dos, el cardenal Francesc Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona, y Mateo Múgica, obispo de Vitoria—Gasteiz, exiliados en Italia. No se piense que su actitud se debió a simpatía republicana, porque no la sentían. Su actitud contraria estuvo motivada porque el catalán y el vasco no querían aparecer integrados en el Episcopado español firmante del documento.

Se echa en falta un nombre decisivo en el enfrentamiento entre la República Española y la Iglesia catolicorromana, el del cardenal archimonárquico y protofascista Pedro Segura. No se contó con él porque se hallaba expulsado de España por el Gobierno provisional de la República, precisamente por sus actividades políticas antirrepublicanas. Refugiado en el supuesto Estado Vaticano, ostentaba un cargo en la Curia, y no estaba adscrito a una diócesis española, por lo que podía discutirse la oportunidad de su firma; sin embargo, Múgica había “renunciado” también a su diócesis, obligado por las amenazas de muerte hechas por los rebeldes contra él, a consecuencia de su patriotismo vasco.

Por tratarse de un documento que comprometía a toda la Iglesia catolicorromana con uno de los dos bandos enfrentados en la guerra librada en España, antes de su difusión se sometió al criterio del cardenal secretario de Estado del presunto Estado Vaticano, el superfascista Eugenio Pacelli, que se haría tristemente célebre con su apodo de papa Pío XII, al ser elegido en 1939, a tiempo para bendecir la victoria de los militares rebeldes. Como era previsible, la encontró muy oportuna y aprobó el texto en su integridad.  Cuando fue papa bendijo reiteradamente al dictadorísimo genocida, al que llegó a conceder la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo, un supremo sacrilegio inolvidable e imperdonable. De manera que aunque la carta sea un documento español estrictamente, implica de hecho a toda la catolicidad y al llamado Estado Vaticano.

LA GUERRA SANTA

Todos los tópicos acumulados contra a República se hallan presentes en la carta, con una redacción agresiva, propia de un escrito bélico, pero inadecuado para una epístola aparentemente cristiana. Se nota la mano del cardenal Gomá, predispuesta a empuñar un arma con preferencia a impartir el perdón. Su espíritu agresivo le animaba a entrar en combate sin cuartel contra los milicianos defensores de la legalidad constitucional. Les declaró la guerra, santa, por supuesto, aunque este adjetivo se avenga mal con el hecho de matar. Por ello empieza por justificar la guerra cuando es el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia [catolicorromana], aun siendo hija del Príncipe de la Paz, bendice los emblemas de la guerra, ha fundado las Órdenes Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe.

Podía haber añadido las condenas a morir en la hoguera hechas por el sarcásticamente llamado Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición contra judíos, mahometanos, reformadores eclesiásticos, traductores o lectores de la Biblia, científicos bien informados, escritores con ideas propias, supuestos brujos, homosexuales y demás víctimas inocentes de su fanatismo. La Iglesia catolicorromana es la institución más criminal habida en toda la historia de la humanidad, y continúa realizando su mefítica labor destructiva, con nuevos métodos porque ahora no puede seguir quemando físicamente a sus contrarios, y no se atreve a excomulgar a nadir porque sabe que sería un gesto risible para la sociedad actual.

LA OBSESIÓN ANTICOMUNISTA

Está dedicado un capítulo entero a enumerar los considerados por los firmantes graves daños causados por el comunismo, su enemigo jurado, que en opinión de los firmantes infectaba a la República Española. Después pasaron a describir las dos tendencias políticas enfrentadas en la guerra española, según su opinión muy parcial, basada en una interpretación maniquea de la historia, pese a estar condenado por ellos el maniqueísmo como doctrina herética. El bien y el mal luchaban representados por los militares monárquicos rebeldes y por los republicanos constitucionales: la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima “civilización” de los soviets rusos.

Si se aceptara como verdad esta tesis no demostrada, la inmensa mayoría de los españoles, que votaba a partidos republicanos, mantenía un carácter único, “marxista, comunista o anarquista”. Probablemente sabían, pero con su habitual cinismo soslayaron el dato, que en las últimas elecciones generales, celebradas el 16 de febrero de 1936, a las que no concurrieron los anarquistas, siguiendo su costumbre, el Partido Comunista obtuvo 17 diputados, en un Congreso con 473 escaños. ¿Qué podrían intentar sus militantes con esa residual fuerza, para sustituir “la vieja civilización de España”, verdaderamente caduca, por un modelo soviético? Como no se realizara un milagro, nada, y los milagros solamente suceden en las derechas.

La realidad histórica demostraba lo contrario: era la Iglesia catolicorromana la que, al aliarse con el nazifascismo europeo, pretendía implantar un régimen político dictatorial en España, en el que sólo prevalecía la voluntad del líder sobre la del pueblo. Por eso sus jerarcas bendecían el armamento de los totalitarios, y hacían rogativas por sus jefes. Cuando lograron la victoria se demostró que pusieron en práctica un régimen de terror con la eliminación física de sus contrarios. Medio millón de españoles tuvo que exiliarse para salvar la vida, y el territorio conquistado se convirtió en una inmensa prisión carente de todos los derechos humanos.

Prosiguiendo con ese falseamiento de la realidad histórica, más adelante los firmantes añadían que el pronunciamiento militar tuvo un “sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión”. Es decir, que era una cruzada de unos píos de la secta catolicorromana, aunque no se comportan nunca como cristianos, contra los infieles, en el mismo sentido que las medievales contra los musulmanes bendecidas por los papas.

Para apoyar sus criminales propósitos aniquiladores de los contrarios, facilitaron unas cifras de iglesias destruidas y sacerdotes muertos mediante violencia que son absolutamente imposibles, y narraron historias delirantes cometidas por los “sin—Dios”. Lo mismo que hicieron en la Edad Media al inventar historias de niños asesinados por los judíos, para justificar los pogromos. Los recursos de estos fanáticos son siempre los mismos: acusar a quienes desean aniquilar de cometer los crímenes ejecutados por ellos.

DOS INTERPRETACIONES

Debieron reconocer que en el bando de los sublevados se habían cometido “excesos”, como denunciaban los corresponsales de guerra imparciales al informar sobre asesinatos colectivos y salvajes, pero los disculpaban, ya que “tiene toda guerra sus excesos”. Añadían “que va una distancia enorme, infranqueable, entre los principios de justicia, de su administración y de la forma de aplicarla entre una y otra parte”. Eso era cierto porque en el bando republicano los “excesos” eran cometidos por bandas incontroladas, mientras que en el rebelde eran ordenados por los militares ocupantes del poder convertidos por su voluntad en jueces y verdugos.

También rechazaron las objeciones puestas en alguna publicación catolicorromana europea, sobre el comportamiento criminal de los rebeldes con los enemigos, alegando que eran falsas, debidas a la mala información de los autores. Asimismo, reprobaron la acusación de que la Iglesia española estuvo siempre unida a los ricos e ignoraba a los pobres.
Los jerarcas catolicorromanos acumularon todo el odio rencoroso contra la República, considerada satélite de Moscú en opinión del primado y sus colegas. Por el contrario, les parecía muy bien que los estados totalitarios de Alemania, Italia y Portugal colaborasen con los sublevados. Es un escrito sectario, equívoco y parcial, como redactado por quien estuvo predicando la cruzada años antes de la rebelión militar. La carta demostró que la Iglesia catolicorromana española, con la aprobación del supuesto Estado Vaticano y su dictador supremo, se unía a los regímenes nazifascistas. Debido a ello, el papa Pío XI felicitó a Gomá con cierto retraso, el 5 de marzo de 1938, por la redacción del nauseabundo documento.

Es preciso reparar en un párrafo que no es posible dejar de citar, porque demuestra que Gomá preveía lo que iba a suceder en el caso de ganar la guerra los sublevados con sus ideas totalitarias, pero deseaba enmascarar la realidad  para que alcanzasen la victoria:

Sí que afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un Estado autócrata sobre una nación humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos viejos. Confiemos en la prudencia de los hombres de gobierno, que no querrán aceptar moldes extranjeros para la configuración del Estado español futuro.

La cita demuestra que Gomá conocía las intenciones del dictadorísimo, con el que se había entrevistado, y sospechaba que si ganaba la guerra implantaría un régimen totalitario, semejante al de sus patrocinadores nazifascistas. Se atrevió a lanzar esa advertencia a sus defendidos, para que meditasen sobre ella. El resultado fueron 36 años de feroz dictadura fascista, amparada en el nazionalcatolicismo, que incluso le relegó a él por considerarle desafecto al régimen que contribuyó a crear.

Con esta carta la Iglesia catolicorromana española declaró la guerra santa a la República. Una guerra que sigue alimentando con la beatificación continua de los llamados “mártires de la cruzada”. No ha terminado, por lo que estamos obligados los republicanos a finalizarla, hasta destruir a esta secta servidora del Anticristo.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

Comentarios
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waldo   |2022-07-03 12:55:44
la iglesia fue uno de los puntales de la "cruzada" que consistió en
devolver todo el poder a ricos y poderosos, a través de las armas y de la
religión
Pep   |2022-07-03 13:01:14
la iglesia no ha cambiado, se ha adaptado, si en un futuro tuviera que volver a
optar por un bando, siempre lo haría con el fascismo, en cuyo seno viven de
maravilla
Anónimo   |2022-07-03 13:01:38
ciertamente, son tales para cuales
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