Álex de la Iglesia "Tenía una necesidad de ser extremista"

Carlos Reviriego

La creatividad de Álex de la Iglesia es monotemática. También lo eran las de Sergio Leone, Alfred Hitchcock y Federico Fellini. Es el estigma de todo creador de poéticas intransferibles. Pero Álex de la Iglesia siempre quiso dejar de ser él a pesar de sí mismo. “A mí me gustaría ser como Sidney Lumet o como Anthony Mann, que hacen cualquier tipo de película y además la hacen a la perfección. Pero cuando entro en el set me doy cuenta de que, joder, aquí estoy yo otra vez. ¿Cómo ha ocurrido? ¿Por qué no puedo salir de mí? No sé si es una cuestión de estilo, pero yo lo siento como una prisión”. Ese crónico intento de fuga de su propia cárcel creativa -una penitenciaría donde todo es violento y desmedido, donde la belleza hay que buscarla en los pliegues de lo grotesco, donde la demencia tiene hálito numantino, donde el patetismo nos define como seres humanos- se hizo más manifiesto que nunca en su anterior largometraje. Los crímenes de Oxford era un encargo, una adaptación literaria reconvertida en su fuga británica, allí donde quizá le fuera más fácil ser otro. Y vaya si lo fue. Entregó su película más aséptica, más neutra, más fría, quizá la más perezosa. Podría haberla firmado con heterónimo y nadie se habría dado cuenta.

Su siguiente gesto fue el de una reivindicación. Se encerró en un plató televisivo para rodar la desatada serie de ciencia-ficción ibérica Plutón B-R-B Nero, una suerte de regreso al útero de Acción mutante. “Aparte de haber disfrutado como un niño, he desarrollado mucho oficio [104 días de rodaje], pero desde el punto de vista del negocio ha sido un verdadero fiasco”. Eso sí, le deparó el encuentro con dos actores cruciales para realizar Balada triste de trompeta: Carlos Areces y Carolina Bang.

-La idea de un payaso homicida la tenía ya en mente antes incluso de ver Clowns asesinos (Stephen Chiodo, 1988). Tenía una fijación por el personaje supuestamente cómico que en realidad es un asesino. Cuando conozco a Carlos Areces es cuando lo veo más claro. Hay películas que arrastro en mi cabeza desde hace tiempo, pero no veía la manera de integrar ese punto de cine mudo que quería. Buscaba a alguien que fuera como Lon Chaney y Buster Keaton, y que tuviera la expresividad de López Vázquez. Cuando encuentro a Carlos, lo veo claro. Podía ver en él a ese payaso carcomido por la rabia y el dolor enamorado de la trapecista del circo. Carolina Bang fue el otro aliciente para lanzarme de cabeza a hacer la película. Su ambigua belleza me sedujo por completo y enseguida la imaginé en el papel de Natalia.

-Es curioso, porque siendo un proyecto antiguo, parece una película en la que ha puesto más vísceras que reflexión, más instinto que cálculo...
-La película es un exorcismo, sacar de la cabeza lo que te preocupa y ponerlo en pantalla para ver qué ocurre. Es una película muy automática, realizada a gran velocidad. Una película de pulsiones. He tratado de no arrepentirme de nada durante el proceso, de dejar que las cosas fluyeran. Creo que eso ha sido bueno para la película, porque hay muchas cosas en ella que si me hubiese permitido pensar más, igual no las habría introducido. Me refiero a toda una serie de excesos que a algunos espectadores los podrá parecer inconvenientes. Decidí contar la historia tal como la siento. Pensé que tenía que recuperar esa sensación de dejarme llevar por los instintos hasta el máximo. Es sin duda una película de extremos.

El ruido y la furia
Los extremos se disputan en el circo de la España de los años setenta. Grand-guignol donde dos payasos, Sergio y Javier, se enfrentan por una misma mujer, la trapecista Natalia, de perversa sexualidad. Un payaso que ríe, superdotado sexual, fuerte y perverso (Antonio de la Torre); y otro que llora, romántico, débil y demasiado bueno (Carlos Areces). “Pero lo definitivo es que uno tiene gracia y el otro no”, puntualiza Álex de la Iglesia. Tras un brillante prólogo situado en el estallido de la Guerra Civil, salpicado de sangre y machetazos, el filme presenta la eterna dualidad española con el trazo gordo de unos personajes que son ante todo símbolos y artefactos de demencia. Es entonces cuando Balada triste de trompeta se lanza con todo el ruido y la furia que caracteriza al cine del autor de El día de la bestia a un desenfrenado enfrentamiento que se prolonga durante años, en los cuales De la Iglesia (que esta vez ha escrito el guión en solitorio, sin su habitual colabrador Jorge Guerricaechevarría) ejercita una suerte de memoria histórica pasada por el esperpento valle-inclaneso y la lectura macabra de nuestro pasado reciente. La alegoría transparente y el exceso amenazan en cada secuencia con devorar el alma de una película desalmada.

-Es como una fábula cruel para niños. Con su violencia y su inocencia. Tenía una necesidad extrema de ser extremista. Al principio quise hacer una película más coral, que “explicara” la Historia, pero pronto entendí que la historia es la de ellos tres, y lo que les rodea es sólo el contexto.

-Hay una especie de contradicción en el reconocimiento internacional que ha recibido la película [León de Oro al Mejor Guión y al Mejor Director] al estar tan arraigada a la cultura española...
-Sí, pero todo se entiende perfectamente. Me preocupé mucho de que la película se comprendiera aunque no supieras quién fue Carrero Blanco o quién es Raphael. Pero también me preocupé mucho por que funcionaran la historia de amor, el retrato de una época y la relación de los personajes. He tenido cuidado de que se entienda a todos los niveles. Aunque eso no quita para que la película tenga un nivel político e ideológico muy claro y que sea mucho más rica para el espectador español.

Paisajes siniestros
Álex de la Iglesia maneja la ecuación Buñuel + Fellini para encajonar Balada triste de trompeta en un departamento estanco de referencias ilustres. Pero es más fácil pensar en Berlanga frente al siniestro paisaje de dos payasos despellejándose en lo alto del Valle de los Caídos, escupiendo odios y rencores adquiridos. Y de todos los Berlanga posibles, acude a la mente el que hizo La vaquilla, el de la España eternamente enconada. “Absolutamente -concuerda el cineasta vasco-. La vaquilla es quizá la película más amarga de Berlanga, como posiblemente también lo sea esta película en mi filmografía. Es amarga porque no deja alternativa, no hay lugar para la redención. Es un retrato brutal y contundente de España y los españoles”. Como la vapuleada vaquilla berlanguiana, la trapecista de Balada triste de trompeta adquiere el valor metafórico de una nación desgarrada a pedazos por dos bandos irracionales. ¿También irreconciliables?

-En este país todo es dual. Tengo la sensación de que somos dos personas con dolor de cabeza que van a entrar en una farmacia, no se ponen de acuerdo sobre qué pastillas comprar y siguen con ese dolor de cabeza durante miles de años. La película proviene de un hartazgo, es un grito demencial preguntando: “¿Os dais cuenta de lo ridículos que somos? ¡Basta ya de estar siempre así! Somos así de ridículos. Yo también.

Comentarios
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Fran   |2010-12-18 11:47:41
este tipo es un genio.
anonimo   |2010-12-18 11:53:39
de acuerdo que es un genio, pero no es una pelicula para estas fechas, en las
que a los padres les apetece ir al cine con sus hijos, y claro no los puedes
llevar, asi que o vas a verla solo , y que haces con los niños, o no vas...
Punkys  - Cultos   |2010-12-18 13:10:53
Un gran tío Alex, lo conozco personalmente, es un punky culto de bilbao y le va
la fiesta cosa fina
Fran   |2010-12-18 13:18:37
PUÉS LLEVA A TUS HIJOS A VER bLANCANIEVES Y LOS SIETE CACIQUITOS, NO CREO QUE
SEA LA ÚNICA PELÍCULA EN CARTEL
Anónimo   |2010-12-19 14:03:13
Este tio es amigo de Sindescargas. De Friki a "cejalisto". Por supuesto
es sano separar al autor de sus obras.
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