Cineastas sin mordaza

 Rafa Videilla

Periodistas, directores y actores se cruzaban el pasado mes de septiembre por la soleada terraza del Hotel María Cristina de San Sebastián. Entre conversaciones cinéfilas, un tipo moreno y pequeño recibía más preguntas políticas que sobre películas: era el iraní Bahman Ghobadi.


Ghobadi, que presentaba Nadie sabe nada de gatos persas (se estrena este viernes), no estaba solo. Además de la compañía habitual en estas citas (empleados de la distribuidora de la película, un traductor...) se ocultaba, dando vueltas, un tipo con cierto parecido físico con el cineasta. ¿Un familiar? En absoluto. Según comentó Ghobadi en voz muy baja, un enviado del Gobierno iraní para vigilarlo.

Cine entre rejas

Ghobadi es sólo uno más de los directores de cine a los que un régimen autoritario pretende acallar. Su país, Irán, vive un momento convulso, donde cualquier manifestación artística crítica es sinónimo de castigo. "Me vigilan", dice el director, "pero ya no me importa. Tengo que decir la verdad. Antes mentía para que me dejasen filmar, pero ya no lo hago. Aunque en realidad... sigo autocensurándome. Temo que pueda ocurrirle algo a mi familia o a mis amigos, que están en Teherán".

Los temores de Ghobadi son cualquier cosa menos infundados. Uno de sus colegas y compatriotas, Jafar Panahi (autor de El espejo y El círculo) lleva más de un mes detenido. ¿Su delito? Manifestar públicamente su apoyo al líder de la oposición, Mir Hossein Musavi, y sacar su cámara para documentar las protestas callejeras de los últimos meses.

Muerte a las ideas

El cine, como medio de comunicación masivo, ha sido amordazado en múltiples ocasiones. El holandés Theo van Gogh fue asesinado en 2004 en Amsterdam:su delito, rodar un cortometraje, Sumisión, sobre la violencia contra las mujeres en las sociedades islámicas. Más reciente es el caso del hispano-francés Christian Poveda, asesinado en El Salvador en 2009, presuntamente a manos de una de las pandillas sobre las que giraba su obra La vida loca. También el documentalista escocés James Miller perdió la vida en 2003 mientras rodaba en Gaza, donde fue abatido por disparos del Ejército israelí.

Retrocediendo en el tiempo, hay muchos más ejemplos de directores cuya vida corrió peligro debido a sus ideas políticas y, por consiguiente, su forma de mostrarlas a través de una cámara. Quizá el caso más conocido fue el ocurrido en EE UU en los años cincuenta, cuando el senador Joseph McCarthy desató una campaña de paranoia persiguiendo a presuntos comunistas en Hollywood.

Guionistas como Dalton Trumbo o Dashiel Hammett, directores como Edward Dmytrik, y actores como Zero Mostel fueron incluidos en las "listas negras" que corrían por la oficina de McCarthy por sus actos "antiamericanos y comunistas". Charles Chaplin tuvo que dejar EE UU ante el acoso al que se vio sometido. Elia Kazan y Sterling Hayden delataron a decenas de compañeros de la industria para limpiar su nombre. Y Gary Cooper, Ronald Reagan y Walt Disney colaboraron encantados con el Gobierno para limpiar la "mancha roja" que amenazaba a su país. En cambio estrellas como Bogart, Kirk Douglas o Katherine Hepburn defendieron a los acusados.

Las cosas no estaban mucho mejor en el otro extremo del mundo, donde los rígidos gobiernos comunistas tampoco aceptaban de buen grado cualquier síntoma de disidencia. Encorsetado por el Gobierno polaco, el joven Roman Polanski no dudó en escapar a Londres para engrandecer su ascendente carrera. El checo Milos Forman dejó su país en 1968, tras ocupar los tanques soviéticos su país para acabar con la Primavera de Praga. El soviético Andréi Tarkowski fue censurado y estuvo a punto de ser encarcelado hasta que huyó a Suecia. Hasta Eisenstein, antes gran cineasta del comunismo, tuvo que irse a rodar a México al caer en desgracia entre los dirigentes de la por entonces Unión Soviética. Menos suerte tuvo el chino Xie Jin, que pasó diez años condenado a trabajos forzosos por ser considerado, durante la Revolución Cultural, un "humanista burgués".

Huyendo de los nazis

Pero la gran sacudida política experimentada por el cine mundial vino provocada por el ascenso del nazismo y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando algunos de los después grandes cineastas clásicos tuvieron que dejar Europa para refugiarse en los Estados Unidos.

Los maestros Billy Wilder, Otto Preminger, William Wyler, Douglas Sirk o Fred Zinnemann, todos ellos judíos, salvaron la vida escapando de las garras de Hitler y sus secuaces. Todavía más heroica fue la decisión de Fritz Lang, que rechazó una tentadora oferta de Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi, para llevar las riendas de la industria cinematográfica alemana. Lang no lo dudó: esa misma noche huyó a Francia, dejando a su esposa, Thea von Harbou, guionista de algunas de sus películas y bastante más afín a esvásticas y manos alzadas.

Fotogramas desde el exilio

La Guerra Civil y la llegada al poder de Franco también provocaron una purga en la industria del cine español. El caso más notorio fue el de Luis Buñuel, que en tiempos de la República llegó a trabajar como agregado cultural en la Embajada española en París. Tras unos años en EE UU, el aragonés volvió a dirigir en México, donde rodó obras maestras como Los olvidados (1950) o Él (1953). Buñuel no regresó a España hasta 1960, cuando dirigió Viridiana, que sorprendentemente superó la criba de la censura, causó un escándalo en Cannes y fue prohibida en nuestro país hasta 1969. Otros cineastas que desarrollaron su carrera lejos de Franco fueron el documentalista Carlos Velo y el guionista y director Antonio Momplet.

 

Comentarios
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Anónimo   |2010-04-13 15:21:34
Es el mismo caso o parecido que ha padecido la Plataforma ciudadana refinería
no en Extremadura. Pero a pesar de estos fascistas, Bahman Ghobadi hizo su
película y los de la PCRN han dejado con el culo al aire al PSOE y al PP que
apoyan la refinería de petróleo de sus amo Gallardo.
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