Cacarea, eaea

EL tercer ensayo del devaluado y manipulado Festival de la Canción de Eurovisión, celebrado en Liverpool el miércoles 10 de mayo, nos ha permitido escuchar con horror la muy promocionada intervención de la representante no de España, sino de Televisión Española, que no es lo mismo, conocida como Blanca Paloma. La canción de la que ella es coautora se titula “Eaea”, pero no es un zureo de una paloma, sino un cacareo de una Negra Gallina tonta perdida en un corral equivocado.

La participación en el Festival de la Canción nos cuesta alrededor de seiscientos mil euros, además de hacer el ridículo ante los espectadores europeos. Dada la aplastante deuda pública que padecemos, esa cantidad es una menudencia, pero al ser un gasto inútil debiera eliminarse.
El cacareo de la gallina televisiva es incomprensible en ningún idioma culto, aunque podemos intentar traducirlo poniéndole signos de puntuación en donde se presuponen. Comienza así:

Ya, ea,
ya, eaea, ole.
Ay, ven a mi, niño mío,
duerme a mi vera,
que en mi pecho hay abrigo,
abriguito pa tus penas,
ya, eaea, ya, eaea, 
ya, eaea, ya, eaea,
ya, eaea, ya, eaea.
Lagrimitas del Nilo,
noches en vela.
Mi niño, cuando me muera
que me entierren en la Luna
y toas las noches te vea,
y toas las noches te vea,
toas las noches menos una, ole.
Ay, ven a mí, niño mío,
ay, niño mío, chiquito mío,
chiquito de mis amores,
que en la noche me iluminan
tus ojos soles,
ya, eaea, ya, eaea,
ya, eaea, ya eaea.

Este cacareo se reproduce íntegramente dos veces más, sin que la Paloma ponga un huevo. La letra abracadabrante ofrece algún misterio, como adivinar en qué consisten las lágrimas del río Nilo, y más extraño todavía es que la autora dé a entender que tiene adquirida ya una parcela en la austera superficie de la Luna, con la intención de ser enterrada allí por los sepultureros lunares, con los que al parecer ella ha ajustado las cuentas.

Conforme dice el texto, la difunta lunática anuncia que de esa manera verá todas las noches a su niño chiquito, en lo que parece una confusión conceptual, debida a la cretinez innata de la letrista: la Gallina muerta y enterrada lógicamente no puede ver nada, por lo que es de suponer que su falta de sentido común pretendía decir lo contrario, o sea, que el chiquito contemplaría la envoltura lunar de su tumba, porque ver el cadáver sería excesiva imaginación. Y esto sucederá todas las noches menos una: ¿cuál será esa noche extraña en que resulte imposible admirar tan maravilloso acontecimiento? Quizá la autora algún día se decida a explicarlo y salgamos de esa noche sin luz, sobre todo la del entendimiento.

La noche gallinácea también es muy rara, ya que afirma que se halla iluminada por los ojos del chiquito calificados según una vieja y trillada metáfora soles. También ignora la astronomía la Oscura Gallina, porque si la noche lo es verdaderamente debe ser oscura, sin otra luz que la pálida del satélite.

Pues habrá quien califique de poesía este engendro, porque hemos pasado por casos semejantes. Lástima que la Cárcel de Papel de la difunta revista La Codorniz esté derruida, porque la convertiríamos en gallinero en el que pasara 30 años y un día la atrevida compositora cacareadora.

ARTURO DEL VILLAR 


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