Ensayo fracasado de una República Española

ARTURO DEL VILLAR. COMO dice la letra de una canción popular, “Entre todos la mataron y ella sola se murió”, una buena descripción de lo sucedido con la I República Española, muerta con la intervención decidida de todos los republicanos. Cuenta el conde de Romanones en su biografía de Amadeo de Saboya, el rey efímero, que cada vez que un secretario le contaba alguna actuación de sus incómodos vasallos el monarca importado decía: “¡Estamos en una casa de locos!” Con mayor razón lo pensaría tras su abdicación, instalado en su país natal, no se puede decir exilio por ello, al enterarse de los sucesos acaecidos en la República proclamada a causa de su renuncia al trono.   ¿Podemos celebrar el aniversario de aquel 11 de febrero de 1873 en que fue proclamada la República Española?

Solamente significa un pequeño paréntesis en la historia de España, once meses de República democrática y otros once meses de República militarizada, para volver a la monarquía borbónica desplazada por la Gloriosa Revolución del 18 de setiembre de 1868. Un brevísimo período de libertad mal entendido por la inmensa mayoría de los españoles, tanto los políticos como el pueblo analfabeto, con la animadversión de los eclesiásticos que veían peligrar sus privilegios.
El momento histórico en que se produjo la proclamación era muy negativo, porque España mantenía una guerra colonial en Cuba desde el 10 de octubre de 1868, para defender los intereses de los industriales azucareros y los esclavistas. Otra guerra se libraba en la península, iniciada el 21 de abril de 1872 por el pretendiente al trono autodenominado Carlos VII de Borbón. Por ello debía mantenerse una economía de guerra que lastraba cualquier proyecto encaminado a mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, sin que el nuevo régimen republicano pudiera conseguirlo en tan escaso tiempo y con tantas dificultades interpuestas. 

EL PODER POPULAR MAL ENTENDIDO

Así que la noticia de la proclamación de la República fue interpretada como una invitación a cambiar todo el sistema político monárquico por otro de libertades ilimitadas. Ya el día 12 se instauró en Barcelona el Estat Catalá, no reconocido por el Poder Ejecutivo instalado en Madrid, motivo de incidentes que animaron al capitán general de Cataluña a renunciar a su cargo el día 20, y marcharse sin esperar a su sucesor. La indisciplina mandaba en los cuarteles, hasta el punto de que los soldados se divertían haciendo bailar a los mandos al son de sus charangas.

Estallaron a partir del mismo día 12 motines revolucionarios en varias provincias andaluzas, porque los braceros entendieron que la República les permitía adueñarse de las tierras arrendadas por ellos. Se establecieron juntas revolucionarias que se consideraban el único poder político reconocido. Aunque la proclamación de la República se había hecho por la Asamblea Nacional pacíficamente, algunos la consideraron un acto revolucionario, y se erigieron en poder popular.

Los políticos quisieron aprovecharse también en beneficio propio de la sorpresa provocada por el cambio estructural en todas las instituciones. El 23 de febrero intentó Cristino Martos, presidente de la Asamblea Nacional, una insurrección movilizando a las fueras armadas, que fracasó gracias a la diligencia de Francisco Pi y Margall, ministro de la Gobernación, una de las pocas personas sensatas en aquel guirigay falsamente republicano.

El 20 de abril falleció la esposa del presidente del Poder Ejecutivo, Estanislao Figueras, sustituido interinamente por Pi. Otra vez tuvo que actuar con firmeza contra una sublevación político—militar el 23 de abril en la que estaban implicados el alcalde de Madrid, Juan Pablo Marina, y los concejales, además de militares como el general Serrano, quien huyó de Madrid disfrazado de mujer para evitar la detención. 
En este ambiente revoltoso se celebraron elecciones solamente al Congreso, los días 10 y 13 de mayo, ganadas ampliamente por los republicanos federales con el 91 por ciento de los votos, lo que significaban 343 escaños. Con ese resultado hubieran podido gobernar cómodamente, de haberlo permitido la efervescencia social, pero no lo consintió.

SORPRENDENTES DECISIONES

Las Cortes proclamaron el 8 de junio la República Democrática Federal, por 219 votos favorables y dos negativos, de los republicanos unitarios, feroces enemigos de los federales. El 9 dimitió sorprendentemente el presidente del Congreso, José María Orense, al día siguiente de ser elegido, y el 10 se produjo un acontecimiento insólito, que fue la dimisión del presidente Figueras y su huida apresurada a París aquella misma noche. El motivo que alegó para ese extraño comportamiento fue más extraño todavía: la “frialdad impenetrable” con que le saludó Pi. 
Si se comportaban así los próceres republicanos, poco podía esperarse del pueblo en su mayor parte analfabeto, porque a los monarcas no les interesaba que adquiriese cultura y se preguntara por qué debía sostener a una familia inútil y muy costosa. Los militares se hallaban desconcertados, y los curas y frailes predicaban contra el nuevo régimen político.  

LOS CANTONES

El mes de julio de 1873 resultó fatídico para la Republica, porque se sucedieron las proclamaciones de cantones independientes en ciudades y pueblos que no aceptaban la autoridad del Poder Ejecutivo instalado en Madrid, y se declaraban alegremente la guerra unos a otros. Una locura colectiva contagió al país, fiándose de la libertad autorizada por la República, entendida según la corta mentalidad de gentes incultas y desinformadas. Inauguró el esperpento Alcoy el día 8, con una huelga general legítima en sí misma, pero que degeneró en motines revolucionarios con asesinatos y violaciones. El 12 se constituyó una junta revolucionaria en Cartagena, aceptada por la marinería del arsenal y el puerto, en donde se hallaba la mayor parte de la flota, lo que dejaba al país indefenso por mar. El afán independentista contagió a otras localidades, que fueron proclamándose cantones gobernados por juntas revolucionarias ignorantes.

Pi y Margall, presidente entonces del Poder Ejecutivo, había demostrado en escritos y discursos el deseo de implantar la República Federal de arriba abajo, es decir, desde las Cortes Constituyentes a los ayuntamientos, siempre de manera ordenada, acogiéndose al pacto sinalagmático voluntario entre las partes. Por ello estaba en contra de los cantones, pero sus convicciones le impedían enviar al ejército a terminar con las revueltas, como le exigían los diputados en el Congreso.

No encontró otra solución para su conflicto interior que dimitir, como lo hizo el día 18. Le sucedió Nicolás Salmerón, por poco tiempo, ya que él también dimitió el 6 de setiembre, para no tener que firmar unas sentencias de muerte. El nuevo presidente del Poder Ejecutivo fue Emilio Castelar, un orador de palabra fácil rococó, que en aquel tiempo gustaba a los oyentes. Sin embargo, en esta ocasión no pudo lucirse, ya que él mismo hizo que el 20 de setiembre el Congreso suspendiera sus sesiones hasta el 2 de enero de 1874, cosa incomprensible, porque tres meses y once días de vacaciones en aquellos momentos revolucionarios y con dos guerras activas eran un error.

LA TRACA FINAL

A partir de aquel día Castelar gobernó por decreto, como un dictador. Los cantones fueron vencidos por el ejército, al que muchos ciudadanos consideraron por ello el salvador de la patria. Su intervención más espectacular tuvo lugar en la madrugada del 3 de enero de 1874, cuando el Congreso votaba para elegir un nuevo presidente del Poder Ejecutivo. Eran las cinco y media de la madrugada cuando el hemiciclo fue invadido por fuerzas armadas comandadas por el general Manuel Pavía, capitán general de Castilla la Nueva, región a la que pertenecía Madrid entonces.
Suspendieron la sesión y ordenaron marcharse a los diputados, lo que todos hicieron apresuradamente, incluido Castelar, pese a haber gritado enfáticamente: “Yo declaro que me quedo y aquí moriré”, antes de ponerse a saltar sobre los bancos para huir a más velocidad. Aunque se cuenta que Pavía entró a caballo en el Congreso esa noche, es falso, porque no se movió de su despacho en Capitanía, desde donde impartía las órdenes.

Desde ese momento la República quedó militarizada, hasta que el 28 de diciembre otro general traidor a su palabra, Arsenio Martínez Campos, se sublevó en Sagunto y proclamó rey a Alfonso de Borbón y Borbón, hijo de la golfísima Isabel II y de su amante eventual Enrique Puig Moltó, por lo que el nuevo monarca era apodado El Puigmoltejo, siguiendo la costumbre impuesta con Juana la Beltraneja.
Así de corta y de extravagante es la historia de la I República Española. ¿Debemos conmemorar su aniversario, cuando resulta un ejemplo de lo que no debe ser una República? Sí, porque a pesar de tantos fallos y defectos como tuvo, dio a los ciudadanos un anuncio de libertad  que ellos no acertaron a equilibrar con sus imaginarias apetencias. Además, nos sirve a nosotros como aviso para no caer en sus errores cuando proclamemos la III, que está llegando henchida de esperanzas.  

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO



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