Felipe VI habló de su padre

Arturo del Villar.

EN las últimas semanas se ha especulado mucho acerca de si el rey decrépito Juan Carlos I regresaría a Madrid para celebrar aquí la Navidad, esa fiesta tan familiar que a él le gusta tanto, porque sabido es que para él lo más importante del mundo es la familia, después del dinero y las barraganas, como es natural, y dejando aparte a su legítima esposa según dos ritos religiosos, catolicorromano y ortodoxo, a la que no soporta ni en fotografía. Existía expectación acerca de si volvería con la actual barragana que le acompaña en Abu Dabi, con la que ha sido fotografiado de lejos, a pesar de los palos que pegan sus escoltas, pagadas por el reino, a quienes sorprenden en acción de intentar retratarlos.

Pero su hijo y sucesor a título de rey, su majestad católica Felipe VI, lo ha evocado em su discurso navideño, y eso ha sido lo único destacable en una aburrida, monótona y vacía disertación, con acumulación de vulgaridades mostrencas. Qué caro nos resulta en su inutilidad real. Pues así dijo:

Debemos tener siempre presentes los intereses generales y pensar en los ciudadanos, en sus inquietudes, en sus preocupaciones. Debemos estar en el lugar que constitucionalmente nos corresponde; asumir cada uno las obligaciones que tenemos encomendadas; respetar y cumplir las leyes y ser ejemplo de integridad pública y moral.

Aquí sonarían grandes aplausos en el caso de estar leyendo el mensaje ante el público. Porque todo cuando ha dicho debemos suscribirlo, y exigir responsabilidades a quienes incumplan las normas elementales de convivencia. Nadie lo ha hecho más que el rey decrépito Juan Carlos I, quien durante su ominoso reinado no supo ni le convino estar en el lugar que constitucionalmente le correspondía, y no asumió nunca las obligaciones que tenía encomendadas. Gracias a esa perversión acumuló una fortuna calculada en dos mil millones de euros, mediante el cobro de comisiones en todas las operaciones financieras llevadas a cabo por el reino, lo mismo la venta de laboratorios farmacéuticos que la construcción de ferrocarriles: ahí estaba él con la mano tendida para recoger “su parte”.

Nunca quiso estar en el lugar que constitucionalmente le correspondía, y sólo fue ejemplo de corrupción pública y moral, conforme a lo dicho por su hijo y sucesor en el último discurso que nos ha largado, que tal vez sea el último en verdad. Ha señalado, sin citar su nombre, las incorrecciones cometidas por su padre, de las que él es beneficiario. El calificativo con el que será recordado Juan Carlos I en los tratados de historia de España será el de enemigo público número 1 del pueblo.

Porque al dinero que obtuvo en su papel de comisionista real hay que añadir el que se ahorró permitiendo que el reino pagara los sobornos a sus barraganas, para que no contaran sus habilidades de kamasutreño en el lecho. Y el hispanista británico Andrew Morton calcula que han sido 1.500, en su ensayo Ladies of Spain. Hemos abonado, con cargo a los fondos reservados de varios ministerios, millones de euros a sus barraganas, desde Olghina di Robilant, que en paz descansa al fin con las piernas juntas, hasta la falsa princesa Corinna Larsen, que lo tiene ahora demandado en Londres, pasando por la apodada Bárbara Rey, la hija predilecta de Totana (¡cómo serán las otras!), a la que han puesto de actualidad los medios de comunicación social en estos días, ignoramos si será porque quiere seguir cobrando el silencio, y es sabedora de muchos reales secretos, no en balde (¡eso nunca!) los protagonizó ella misma.

Son incalculables los millones que nos ha costado la lujuria pertinaz del ahora rey decrépito Juan Carlos I, porque al tratarse de pagos con fondos reservados, también llamados de reptiles, no figuran en las cuentas oficiales del reino. Ha resultado peor todavía que su tatarabuela Isabel II, con la diferencia de que a ésa la destronaron el pueblo, el Ejército y la Marina en 1868, y la enviaron  al exilio para que no siguiera escandalizando al reino: entonces los españoles tenían dignidad y vergüenza. Los de ahora no tenemos nada. Mejor dicho, tenemos una familia irreal. Qué habremos hecho para merecerla.

Como gritaban los revolucionarios de 1868, ¡viva España con honra!

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

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