Deberes del cristiano español

Arturo del Villar

PARA ser un buen cristiano y buen español es preciso leer las opiniones de Victoriano Guisasola y Menéndez, designado en 1914 cardenal arzobispo de Toledo, patriarca de las Indias Occidentales y canciller mayor de Castilla, ya que se preocupó por concretar el papel que le corresponde representar en la sociedad civil a quien se declara cristiano. Nada mejor puede hacerse en los piadosos días de la semana santa que estudiar los consejos de este tozudo servidor de la Iglesia catolicorromana.

La noticia de la triunfante Revolución Soviética en 1917 le inquietó enormemente, debido a que supuso que podía convertirse en un ejemplo para los trabajadores de todo el mundo, y los españoles se hallaban en una fase prerrevolucionaria. Desde su categoría de primado de las Españas debía señalar cómo debían comportarse los fieles sujetos a su jurisdicción, aunque él opinaba que sus opiniones obligaban a todos los españoles.

El Anuario Social de España, año III, 1917—18, publicado en Barcelona en 1918, inserta en las páginas 182 a 187 un notable documento titulado “Sobre algunos deberes de los católicos en las presentes circunstancias. Declaración colectiva del Episcopado español. Firmada el 15 de diciembre de 1917, por Victoriano Guisasola y Menéndez, cardenal arzobispo de Toledo, y todos los prelados españoles, con motivo de la huelga revolucionaria de agosto, y ante los sucesos de Rusia”. Equiparar la huelga sostenida entre el 13 de agosto y el 19 de octubre en España con la Revolución de Octubre soviética es una exageración, en primer lugar porque esa huelga fue un fracaso, en tanto la Revolución Soviética alteró la historia.

EL VERDADERO PUEBLO

El redactor de la declaración había sido Guisasola, pero invitó a sus subordinados a firmar conjuntamente para dar mayor solemnidad a sus palabras, y hacerlas más obligatorias para todos los españoles de cualquier diócesis:

España se ve empujada hacia el revuelto torbellino y en la inevitable confusión que invade todos los órdenes de la vida por causa de la guerra, […] hemos visto con entera claridad a los logreros de todas las desdichas, a los agitadores profesionales, a los que se arrogan la representación popular, porque el verdadero pueblo calla, prepararse un fácil triunfo de sus ambiciones o de sus pasiones insanas, tal vez de intereses extraños, torciendo el rumbo de España, su significación histórica, su misión providencial en la tierra.

Resulta gracioso que el máximo representante en España de la institución más agitadora de las conciencias, la perturbadora profesional durante los siglos de su existencia, la que se atrevía a hablar en nombre de todos los seres humanos, acusara a unos políticos de sus defectos. Más divertido incluso es que proclamase que “el verdadero pueblo” permanecía callado, precisamente cuando a lo largo de aquel 1917 se habían sucedido las huelgas en España, por lo que fueron suspendidas las garantías constitucionales el 28 de marzo y el 26 de junio. Ese ambiente culminó en la huelga general indefinida comenzada el 13 de agosto, que motivó la declaración del estado de guerra por el Gobierno de Eduardo Dato.

Al arzobispo le parecía que esas huelgas no fueron convocadas por “el verdadero pueblo”, aunque el Ejército lo reprimió violentamente, según su costumbre secular bajo la monarquía borbónica, causando 71 muertos y 200 heridos, y llenando las cárceles con más de dos mil detenidos. Los militares dispararon contra los manifestantes, entraron en los domicilios particulares, bombardearon edificios, detuvieron indiscriminadamente, y en fin, se comportaron como enemigos del pueblo al que supuestamente debían pertenecer. Pero no, los militares al parecer servían al “verdadero pueblo”, que no se sabe en dónde estaba mientras ocurrían esos acontecimientos.

Sin embargo, lo que supera todos los grados del humorismo es esa afirmación respecto a que esos extraños seres indeterminados que se arrogaban la representación popular lo que hacían era torcer el rumbo de España, destruir su significación histórica como antiguo imperio colonialista sometido a guerras continuas perdidas siempre, en esos años contra los independentistas marroquíes, y poner impedimentos para que ejecutase la definida por el arzobispo como “su misión providencial en la tierra”. De manera que estaba seguro de que España había sido escogida por la providencia divina para llevar a cabo una misión especial, no explicada. Quizá fuese la de quemar herejes en las plazas públicas y organizar guerras religiosas.

LA AUTORIDAD DIVINA

El primado puso gran interés en asegurar que toda la autoridad civil es de carácter divino, porque lo decía él, y en consecuencia debe ser obedecida. Hizo una alusión al comportamiento despótico del rey Alfonso XIII, entregado únicamente a incrementar su fortuna personal, estuprar doncellas y practicar deportes, las tres obligaciones monárquicas de los borbones, y las disculpó como debilidades de la naturaleza humana, no tan poderosas como para anular el valor de la autoridad recibida del mismísimo Dios:

Estos elementos, incapaces de vencer en toda la nación sabia y fuertemente organizada –lo diremos con entereza apostólica— reciben entre nosotros fuerza y alimentos de múltiples e inconsistentes cooperaciones, que proceden del pueblo mismo. La primera es la del menosprecio en que se tiene la autoridad pública, a veces por sus debilidades y condescendencias, o porque no se ha ejercido por el bien común, pero, con demasiada frecuencia, por el sentimiento innato de rebeldía que abriga el corazón de todo hombre.

Se vio obligado a reconocer que el pueblo, se supone el verdadero, alienta a los revoltosos, y les anima a despreciar la autoridad real, cuando el monarca no sabe comportarse como debiera hacerlo, empujado por los vicios hereditarios. El espectáculo de la Rusia zarista era realmente inhumano, y debía concluir por la fuerza de los hechos como lo hizo, en revolución.
Lo que le inquietaba era que aquel ejemplo se adaptase a España, y la Iglesia tradicionalmente aliada del trono perdiera sus privilegios, si una revolución social cambiaba el panorama histórico. La huelga de agosto era una advertencia. Por eso él proponía un  remedio religioso:

La autoridad social o política viene de Dios, y de su autoridad suprema nace su virtud de obligar y la legitimidad de sus sanciones contra el transgresor; …] Resistir y rechazar toda palabra seductora que excite a la rebeldía, robustecer el principio de autoridad con el apoyo moral, con el ejemplo de una obediencia cristiana a las leyes y de una firme y leal adhesión a las instituciones del país, que encarnan la soberanía y el espíritu tradicional de nuestra patria, parécenos uno de los primeros y más urgentes deberes de los católicos españoles.

A una mayoría de españoles no parece que les gustase ese programa de sumisión a las tradiciones, fueran o no católicos. La adhesión a las instituciones puede reclamarse cuando ejercen fielmente su cometido, pero no cuando lo conculcan. Por eso votaron por el cambio el 12 de abril de 1931, y se puso fin a la monarquía tradicionalmente corrupta. Y al parecer Dios estuvo de acuerdo con el cambio y lo aceptó, aunque unos militares monárquicos decidieran sublevarse contra su autoridad y el deseo del pueblo.

ARTURO DELVILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

Comentarios
Añadir nuevo
Nombre:
Email:
 
Título:
Código UBB:
[b] [i] [u] [url] [quote] [code] [img] 
 
 
:angry::0:confused::cheer:B):evil::silly::dry::lol::kiss::D:pinch:
:(:shock::X:side::):P:unsure::woohoo::huh::whistle:;):s
:!::?::idea::arrow:
 

3.26 Copyright (C) 2008 Compojoom.com / Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved."

 

El Bueno

EL FEO

EL MALO

UNO QUE PASABA POR AQUI