La fe de un testigo de cargo

Arturo del Villar

TUVO mucha suerte Antonio Ruiz Vilaplana por ser testigo de la sublevación de los militares monárquicos en la mismísima Burgos, titulada “Cabeza del Alzamiento” y otras lindezas fascistoides, porque logró librarse de las detenciones arbitrarias de aquellos días, con su secuela obligada de muertes en cualquier lugar, tanto en las tapias del cementerio como en las cunetas. Aterrado ante lo que veía, aprovechó la oportunidad de escapar de la zona rebelde el 30 de junio de 1937 y exiliarse en París, en donde escribió un tremendo libro testimonial, Doy Fé… Un  año de actuación en la España nacionalista, publicado en la capital francesa por Éditions Imprimerie Coopérative Etoile, con 257 páginas. Carece de fecha de edición, pero pudo aparecer el mismo año 1937.

Bajo el nombre del autor se indican sus cargos en la portada: “Abogado, Presidente Decano del Ilustre Colegio de Secretarios Judiciales y Secretario del Juzgado de Instrucción de BURGOS (Capital de la España Nacionalista), Secretario Instructor de la Comisión de Incautación de Bienes y del Tribunal Industrial de BURGOS, Oficial Letrado del Tribunal de Cuentas de la República.”

Desde el 27 de noviembre de 1935 actuó como secretario judicial en Burgos, por lo que fue testigo de la sublevación, encabezada allí por el exgeneral Dávila, el exteniente coronel Gavilán y el excomandante Pastrana. Cuenta que celebraron su primera reunión en el Gobierno civil incautado en la madrugada del 18 de julio de 1936, y al concluirla se marcharon a escuchar una misa, como cristianos convictos que eran, a su manera nada evangélica. El general Batet fue detenido.

Vio y escuchó decir a Pedro Sainz Rodríguez que él y José Calvo Sotelo tenían asignada esa región para sublevarla (página 27), lo que demuestra que el plan de la rebelión estaba acordado desde hacía tiempo, sin que la muerte de Calvo Sotelo por un grupo incontrolado fuese la señal para iniciarla, como se continúa afirmando por algunos comentaristas.    En el capítulo IV, “La limpieza social”, páginas 35 a 48, describe los llamados “paseos” a personas de izquierdas, sacadas de sus casas violentamente para asesinarlas en cualquier lado, simplemente a causa de sus preferencias políticas, la mayor parte de las veces sin someterlas siquiera a un conato de juicio. Acerca de los continuos consejos de guerra advierte:

Estos Juzgados, estos Tribunales, constituidos, no para juzgar delitos militares, sino para actuar de envoltorio “legal” en las persecuciones, represalias y “delitos” puramente políticos, sociales o ideológicos, no los conocía, ni mi imaginación pudo jamás presentir su existencia… Formados, en ambiente de odio y pasión política desatada, en actuación constante y ciega obediencia al Mando que los designaba y podía suprimirlos, estos pseudo—Tribunales han unido a los vicios de la Justicia profesional, la carencia de virtudes (página 160, y en las siguientes detalla sus actuaciones totalmente ilegales).


Las instrucciones dadas por el conocido como El Director, el exgeneral Emilio Mola, recomendaban actuar con suma violencia contra el pueblo, para imponer un régimen de terror que impidiera actuar en contra de ellos. A esa sugerencia se unió el sadismo innato de los sublevados, para ensangrentar toda España, mientras los curas y frailes colaboraban en las depuraciones, señalando a los que no acudían a los templos para que los ejecutaran sus cómplices uniformados. La Iglesia catolicorromana decretó que la rebelión era una cruzada religiosa contra los infieles pecadores, y desde el papa romano hasta el último cura de aldea todos bendijeron a los rebeldes y a su armamento, para que cometieran un genocidio contra los españoles.

Nada mejor en estos días de la llamada semana santa, que leer con fervor y recogimiento el testimonio relatado por Antonio Ruiz Vilaplana a partir de lo que vio y oyó en la capital de la sublevación:

“Con la ayuda de Dios y de su representante Franco, ganaremos la guerra”, tal es el lema que campea en la zona nacionalista.    
La Iglesia asiste, presidiendo, a todas las manifestaciones bélicas, bendice las armas y los trofeos; organiza constantes Te Deums y rogativas, no por la paz sino por el triunfo y el exterminio del contrario.
La Iglesia, que pudo ser la única y verdadera mediadora en este conflicto entre el Ejército y el pueblo, es solamente la inspiradora sibila de aquél, y llevada de un instinto sanguinario y atávico de defensa, se ha colocado hábilmente frente al pueblo.
Ella (no la Iglesia de Cristo, sino la curialesca organizada en España, con su Papa Negro, el Cardenal Segura), es la que asiste y reconforta a los reos, “víctimas” de la represión.
Ella, infiltrada en los mandos y organizaciones de la mujer, su gran palanca social, ha confeccionado esas trágicas listas de “ateos, liberalotes y masones”,  que han muerto sacrificados por sus ideas.
Ella, ha levantado en Bilbao y Cádiz esos grotescos autos de fe, empujando  a una muchedumbre inculta a la destrucción vesánica del pensamiento y de la cultura; y ha organizado e inspirado a esas Cruzadas de hipócrita lujuria sobre la “moral y decencia en el vestir” que en titulares vergonzosos de la Prensa, incitan a la ofensa y a la acción directa a la masa contra las “mujeres de vestir poco recatado”, llegando a injuriar a las mujeres que van “sin medias”, como expresa el bando del Gobierno de Burgos, publicado el 19 de julio último y que puede leerse en la Prensa local de esa fecha.  
Y, finalmente, ella en horrendos sarcasmos de evangelización, ha organizado en las cárceles y penales de la zona, esas misas y comuniones, colectivas y obligatorias, para los millares de reclusos que la pasión y el fanatismo han encerrado entre sus muros (páginas 196 y siguiente). 

Todas esas instrucciones de defensa de la moral y las buenas costumbres aplicadas al comienzo de la sublevación, continuaron en la posguerra, como atestiguamos cuantos la sufrimos. La cerril censura prohibía el estreno de películas consideradas procaces, y las autorizadas estaban calificadas en cuatro grupos de edades. Las obras de teatro debían haber sido autorizadas previamente a su estreno, pero además antes de la primera función se presentaban unos censores para examinar los trajes, principalmente de las actrices, para medir el largo de las faldas y el tamaño de los escotes. En las playas los trajes de baño femeninos tenían que llevar una falda corta.

Todo ello lo ordenaba la autoridad militar en la guerra y civil en la posguerra, de acuerdo con las instrucciones de la jerarquía catolicorromana. Se hacían campañas contra los bailes, considerados incitación al pecado, mediante unos dibujos alusivos en los que uno de los miembros de la pareja era un demonio o una demonia con cuernos y rabo. Ellos, los clérigos lujuriosos entregados a la violación sistemática de seminaristas y monaguillos, como al final se ha publicado, y en todo el mundo, imponían unas normas de moralidad extrema a la sociedad, sobre la que ejercían un mando absoluto. Quienes padecimos la enseñanza en un colegio frailuno los detestamos.

La alianza entre los militares monárquicos sublevados y los obispos trabucaires queda atestiguada en las fotografías en las que aparecen juntos haciendo el saludo fascista brazo en alto. Pese a ello, la Conferencia Episcopal se niega a pedirnos perdón por sus crímenes. Pues bien, no los perdonaremos. Los demócratas contrarios a la dictadura tuvimos forzosamente que renegar de la Iglesia catolicorromana, y no fiarnos de sus intentos de renovación, ya que sufrimos sus engaños durante tanto tiempo. Libros como el de Antonio Ruiz Vilaplana nos confirman en nuestra opinión.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

Comentarios
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inquisidores siempre   |2021-04-02 15:39:26
aterradora época, con la iglesia católica, a la que solo le faltó restaurar
la Inquisición formalmente, porque de hecho se restauró
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