La República amada y asolada

Arturo del Villar

AQUEL 11 de febrero de 1873 se encontró España con la posibilidad de superar una historia secular de sumisión a la monarquía impuesta “por la gracia de Dios”, según se afirmaba de sus reyes en las monedas en las que se reproducían sus efigies. Una historia desdichada, en la que el pueblo cumplió la tradicional misión de pagar impuestos y entregar a sus hijos para hacer las guerras declaradas por los monarcas, respecto al poder civil, y además sostener al clero y pagar diezmos y primicias a la Iglesia catolicorromana, por sumisión al poder religioso.

De pronto, sin esperarlo, aquel 11 de febrero de 1873 recibieron los españoles el regalo de su libertad. Habían tenido que conquistarla cinco años antes, mediante una Revolución, justamente conocida como la Gloriosa, en la que el pueblo y la mayoría del Ejército de Tierra y la Armada acordaron el 18 de setiembre de 1868 mandar al exilio a la corrupta reina Isabel II de Borbón y Borbón, apodada Isabelona, con su repulsiva Corte de los Milagros, según ha quedado definida para la posteridad, como ejemplo de lo que no puede ser un reinado digno de tal nombre.

Es verdad que ella no hizo  más que continuar el mal ejemplo de sus predecesores, empezando por su desvergonzada madre, la que fuera reina regente María Cristina de Borbón, convertida en la mujer con mayor capital oculto de la nación, gracias a los chanchullos económicos de su marido morganático y secreto, Fernando Muñoz, aunque conocido por todos, lo que le facilitaba realizar las malas acciones necesarias para hacerse con las rentables acciones de las empresas.

En cuanto a su padre, Fernando VII de Borbón y Borbón, el más despreciable de todos los monarcas, solamente comparable con los peores tiranos de la antigüedad, se hizo con el reino rebelándose contra su padre putativo, que probablemente no lo era biológico, Carlos IV; se humilló ante Napoleón Bonaparte para intentar conservarlo, juró acobardado la Constitución y la incumplió ayudado por los invasores franceses, abandonó la gobernación del reino en manos de servilones incapaces, y aplicó la pena de muerte implacablemente a quienes osaron enfrentarse a su absolutismo criminal: por ello ha recibido en la historia el apodo de El Rey Felón, aunque sus sufridos vasallos le llamaban Narizotas y Tigrecán, y celebraron con júbilo la noticia de su muerte.

UNA DINASTÍA MALÉFICA

En esa situación la dinastía borbónica se había hecho imposible en España. Los militares revolucionarios deseaban poner fin a la  continuada corrupción dinástica, porque los reyes tenían muy demostrada su ineptitud, debido a las taras heredadas del primer Borbón sentado en el trono español, Felipe V, un demente furioso al que debían mantener encerrado los cortesanos, siguiendo las instrucciones de la reina, aconsejada por los médicos, para evitar que se paseara por palacio desnudo y pegando gritos.

Sus sucesores heredaron la locura y la incapacidad para desempeñar cualquier ocupación normal, por lo que el reino quedó en manos de secretarios ambiciosos, y fue desbaratando lo que restaba del antiguo Imperio español. Así hasta llegar a Isabelona, superadora de los vicios inherentes a la dinastía, agravados en su caso por ser una ninfómana insaciable, que cuando no se refocilaba en la cama con agradable compañía mandaba de real orden incrementar los impuestos para cumplir sus caprichos. De esa manera  España se convirtió en una vergüenza internacional, lo que obligó a los militares sensatos a organizar la Gloriosa, recibida con general aplauso por los paisanos, hartos de sufrir tantos abusos borbónicos durante más de un siglo aberrante.

Los militares son conservadores por su naturaleza, y así al tiempo en que lograban terminar con la detestable dinastía borbónica intolerable, se pusieron de inmediato a buscar entre las casas reales europeas a un príncipe digno de ocupar el trono. En lo que coincidían todas las opiniones era en que no se le entregaría a un Borbón, habida cuenta de su despreciable historia.
El general Juan Prim, héroe de las guerras coloniales y uno de los impulsores de la Revolución Gloriosa, lo manifestó muy enfáticamente el 22 de febrero de 1869 ante las Cortes Constituyentes que discutían a qué príncipe ofrecer el trono español, y algún diputado disparatado apuntó el nombre del hijo de Isabelona, llamado Alfonso y falsamente apellidado Borbón y Borbón, ya que todo el mundo sabía que su padre biológico era el teniente de Ingenieros valenciano Enrique Puig Moltó. Manifestó el sanguinario héroe de Castillejos: “La dinastía caída no volverá jamás, jamás, jamás”, y fue incansablemente aplaudido por los constituyentes.

Esos tres jamases iban a convertirse en balas que terminaron con su vida, sin poder recibir a su recomendado para ocupar el trono vacante, Amadeo de Saboya: lo primero que hizo al llegar a Madrid fue visitar la capilla ardiente en la que se velaba su cadáver. ¿A quién benefició su muerte? A los borbones, que jamás hubieran recuperado el trono mientras él viviera.
Privado de su mentor, desconocedor de todo lo relacionado con los españoles, incluso el idioma, Amadeo se cansó de sufrir los desaires coordinados por los clérigos que le acusaban de masón, y renunció al trono al mediodía de aquel 11 de febrero de 1873. Hubiera sido un buen monarca, desde luego mucho más sensato que todos los borbones, como también lo pudo ser José I Bonaparte, pero la clerigalla muy contenta con los borbones les acusó a los dos de ser extranjeros, como si Felipe V no hubiera venido de Versalles a alterar las tradiciones hispanas.

LA REPÚBLICA DE NADIE

Comenzó así una nueva era en España, liberada de la opresión borbónica. El entusiasmo popular fue tan excesivo que no lo supo controlar. Todo lo que estuvo negado con la dinastía expulsada se hallaba ahora al alcance de cualquiera. No se acertó a encauzar el fervor público. Cada paisano se creyó un rey, sucesor del abdicado. Se desencadenó un huracán redentor, que propugnaba la abolición de la propiedad. Ya el día 12 comenzaron los motines en varias localidades andaluzas, reclamando la posesión de la tierra. Se instituyeron juntas revolucionarias que se adueñaron del poder político. En Barcelona se proclamó el Estat Catalá.

El Poder Ejecutivo quedó absolutamente desbordado por los acontecimientos, sin medios para poder controlarlos. El ministro de la Gobernación, Francisco Pi y Margall, remitió telegramas a los gobernadores civiles aconsejándoles mantuvieran en calma a la población: “Orden, libertad y justicia: tal es el lema de la República”, les decía, pero el pueblo entendía de otra manera el ideario republicano. La Milicia Nacional, de tendencia monárquica, intentó sublevarse en Madrid, aunque la firmeza de Pi lo impidió. Una huelga general promovida en Alcoy terminó con asaltos, violaciones y muertos. El 30 de junio Sanlúcar de Barrameda se adelantó en declararse cantón independiente, ejemplo seguido por muchas otras poblaciones, en lo que resultó un disparate incomprensible.

Dimitió Estanislao Figueras como presidente del Poder Ejecutivo, y después su sucesor, Pi y Margall, y a continuación lo hizo también Nicolás Salmerón, y así se llegó al 6 de setiembre, cuando fue elegido Emilio Castelar, quien hizo que el día 20 el Congreso aplazase sus sesiones hasta el 2 de enero de 1874. Comenzó efectivamente la reunión tal como estaba prevista, pero a las seis y media de la madrugada del día 3 el general Pavía ordenó a las tropas asaltarlo y disolver la sesión a espadazos. No es cierto, como se dice, que Pavía entrara a caballo en el Congreso: ni a caballo ni a pie, porque no se movió de su despacho en Capitanía General en toda la noche. El inventor del cuento sabía que sería creíble en aquel desbarajuste generalizado, y acabó convirtiéndose en una historia aceptada.

HUBO CULPABLES

Parece una aventura bufa imaginada por algún humorista mal intencionado. La breve historia de la I República es una sucesión de necedades incomprensibles en una nación europea con un pasado notable. Y mucha culpa de lo sucedido recae sin duda sobre los republicanos, porque se hallaban divididos en grupos enfrentados entre sí. Los más opuestos eran los unitarios y los federales, que se odiaban como los mayores enemigos, sin considerar que tenían un enemigo común a combatir en la monarquía.

El 6 de marzo de 1870 se celebró en Madrid la I Asamblea Federal presidida por Pi y Margall, que no sirvió para unificar las opiniones de los asistentes. Al revés, el 7 de  mayo se materializó públicamente la escisión, que sería definitiva, entre los seguidores de la República Federal y los partidarios de la República Unitaria. Lo menos importante parecía la palabra República, que debiera ser precisamente la aglutinante de todas las tendencias, en vez de convertirse en motivo de discusión incendiaria.

Durante la II Asamblea, en 1871 se originaron dos tendencias, calificadas de benevolentes e intransigentes por su relación con un Gobierno radical, y también entonces su oposición fue total. La ruptura de los restos del Partido Republicano Federal se completó a consecuencia de un discurso de Pi pronunciado en el Congreso el 15 de octubre de 1872, en el que desautorizó la insurrección republicana organizada en El Ferrol tres días antes, alegando que al existir la libertad de opinión “la insurrección deja de ser un derecho para convertirse en un delito”. Como era de esperar, los intransigentes le llamaron traidor, abandonaron el partido y fundaron otro contrario a sus tesis. Se trata de una constante republicana repetida a través del tiempo

Pi convocó una Asamblea General en noviembre, que solamente sirvió para que presentara su dimisión el Directorio. Una nueva Asamblea señalada para el 15 de febrero no llegó a celebrarse, porque ya era España una República.

¿Qué clase de República? No se había concretado al proclamarla en la Asamblea Nacional el día 11. Ninguno de los republicanos había previsto que tal suceso fuera previsible, y por ello no se tomaron las medidas lógicas para estar preparados ante esa posibilidad. La República nació sin la apoyatura de un partido fuerte. Por el contrario, los republicanos se hallaban enfrentados en discusiones programáticas estériles. Debido a esta circunstancia todo se complicó y acabó en fracaso, con el fin inevitable de la República, al parecer ansiada por la totalidad de los republicanos, pero cada uno a su manera.

La coyuntura histórica de 1873 se parece a la actual. Ahora coexisten muchos, demasiados grupúsculos republicanos, incapaces de ponerse de acuerdo para formar un partido consolidado, con la fuerza suficiente para ser capaz de concurrir a las elecciones y conseguir representación en las Cortes. La situación es peor que la vivida en febrero de 1873, dado que ahora hay más de 200 grupos registrados con el apelativo de republicanos.

Si acaso ocurriera, como entonces, que su majestad el rey nuestro señor decidiera renunciar al trono para él y su familia, nos sorprendería en plena discusión intestina, y tendríamos que rogarle: “No, por favor, majestad, quédese medio año más, a ver si para entonces hemos tenido la facultad de afianzar el Partido Republicano que se haga cargo de la gobernación del Estado.” Si no fuera trágico resultaría cómico.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO





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