Los afectos de Azaña Recuerdo y homenaje en el 141 aniversario de su nacimiento

Arturo del Villar

LOS  políticos se hallan continuamente expuestos a la crítica, porque su papel en la sociedad les obliga a ello. El político más criticado, difamado, injuriado y caricaturizado durante la II República fue Manuel Azaña, porque todos los españoles sabían que él encarnaba los valores republicanos, y en consecuencia los contrarios al nuevo sistema de convivencia inaugurado el 14 de abril de 1931 buscaron el modo de anularlo. Para ello emplearon todos los medios a su alcance, que eran muchos porque disponían de dinero para dominarlos.

Pero Azaña sabía responder a esas agresiones verbales o publicadas, sin caer en los mismos métodos de sus contrarios. No sólo él era más refinado y poseía una cultura superior, sino que sabía estar en su sitio oportunamente en cualquier ocasión. El enfrentamiento dialéctico se extendió incluso entre los varios grupos republicanos, dado que no coincidían más que en el ideal político, y a veces ni eso siquiera, porque algunos partidos buscaban el modo de imponer otras ideologías de carácter social, para añadir un calificativo al sencillo nombre de la República.

La confluencia de estos caracteres contribuyó a formar la leyenda negra sobre Azaña, extremando los rasgos hasta la deformación: un hombre insensible, gélido, sin amigos, distante, carente de sentimientos, malhumorado sempiterno… Tal era la opinión difundida profusamente, en buena parte debida a las caricaturas y los chascarrillos que le dedicaban los humoristas. La sátira es más destructora que la crítica razonada, precisamente por basarse en una exageración que no necesita ser demostrada, con el aliciente añadido de resultar divertida.

Se diría que los ciudadanos españoles echaban de menos al dictador Primo, un hombre que presumía de simpático, un comunicador incesante de sus decisiones mediante notas enviadas a los periódicos, ególatra impertinente, charlatán hasta el agotamiento, presuntuoso de sus amantes, aficionado a las juergas en las que compaginaba sexo y alcohol, absolutamente frívolo y caprichoso. El pueblo se entretenía con el cuento de sus hazañas de señorito chulo, y pasaba por alto sus desastres como gobernante, porque resultaba muy simpático.

¿Será que el español anhela siempre las cadenas, como las que exigía que le echase al indeseable Fernando VII? La historia permite suponerlo. Es cierto que hay dos españas irreconciliables, porque una piensa y la otra embiste, según la definición muy justificada de Antonio Machado. La ubicación de Azaña sólo podía ser una, derivada de su carácter y de su formación cultural, por lo que debió morir en el exilio cuando España dejó de estar en España y tuvo que peregrinar por el mundo.

LA AMISTAD EN POLÍTICA

La verdad es que las declaraciones de Azaña contribuían a extender esa fama de huraño intratable. Dependía de cómo fueran interpretadas sus palabras, para deducir unas conclusiones a tono con lo que se deseaba demostrar. Los interesados en mantener que era un personaje adusto encontraban a menudo una confirmación en sus discursos o en las declaraciones a los periodistas, porque no utilizaba disfraces retóricos para edulcorarlos. Se expresaba con exactitud siempre, sin buscar aplausos fáciles propios de la demagogia, porque ni los quería ni los necesitaba para convencer a sus auditorios en el Congreso o en un mitin.
No obstante, los oyentes aplaudían sus discursos en los mítines y en el Congreso, porque sabían que sus palabras eran ciertas. Por ejemplo, las que pronunció en el Teatro Pereda de Santander, el 30 de setiembre de 1932, como líder de Acción Republicana, en un discurso histórico por llamar a la unidad de los republicanos. Ahora nos interesa evocarlo para destacar un comentario personal ovacionado y jaleado, y además reído cuando intercaló alguna frase humorística:

El partido de Acción Republicana jamás será un partido de amigos y mucho menos un partido de amigos del señor Azaña. (Muy bien.) El jefe del Gobierno me lo ha dicho a mí confidencialmente, y yo le creo. (Risas.) El jefe del Gobierno, en política, no tiene amigos, ni los quiere. (Ovación.) La amistad acaba antes que la política o empieza después que la política. La mayor desdicha de un gobernante o de un hombre público que quiere hacer algo útil en su país son sus amigos. Nosotros, en el partido de Acción Republicana, tenemos correligionarios, cooperadores, compañeros; amigos, jamás. […] De mí, personalmente, ni dentro del partido ni fuera del partido, nadie puede esperar nada, absolutamente nada: […] Los que estén dispuestos a militar en estas condiciones dentro de Acción Republicana, tienen las puertas abiertas; los que no lo acepten, es inútil que llamen a ellas, porque no se les abrirán. 

Todas las citas de Azaña se hacen por sus Obras completas, en siete volúmenes, editadas en  2007 por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, indicando en números romanos el volumen y en arábigos la página. En este caso, IV, 20.
Dejó bien claro que ni tenía ni quería amigos "en política", sin otras connotaciones, de modo que la vida social no quedaba incluida en la exención. Insistió en las menciones de los partidos políticos, para que todos entendiesen que aludía al comportamiento exigible al afiliado a cualquiera de ellos, y en especial a su líder. Cuando se refirió a su persona como presidente del Gobierno, advirtió que no caería en el nepotismo de favorecer a los amigos o correligionarios, porque consideraba esa predilección una desdicha para la buena administración pública.

Queda patente que no se proponía ganar adeptos con esas afirmaciones. Todo lo contrario: expuso un programa de honradez y servicio para los afiliados al partido que entonces dirigía, Acción Republicana, y explicó que los aspirantes a formar parte de sus filas debían poseer el mismo grado de entrega a la dignificación de la República que el suyo. No halagaba con promesas gananciosas de cargos en los que conseguir buenos dividendos, sino todo lo contrario: exigía austeridad en el trabajo, siguiendo el ejemplo que él mismo señalaba.

Por eso su partido no alcanzó a reunir una militancia numerosa, pero es igualmente cierto que sus afiliados no se mezclaron en asuntos turbios y nunca protagonizaron escándalos. He ahí la diferencia con otros grupos, ávidos de detentar el poder político para obtener beneficios económicos, característica muy destacada de los radicales, y en menor grado de los demás. En cambio el jefe del Gobierno y de Acción Republicana nunca transigiría con la corrupción política, por lo que ni tenía ni quería tener amigos en el desempeño de sus funciones como tal; los amigos quedaban para el ámbito privado, y todos eran íntegros probados. En los discursos a los correligionarios acentuaba la exigencia de actuar siempre con honradez, como la principal característica definitoria del partido. No solicitaba certificados de buena conducta a los aspirantes a ingresar en sus filas, ni era necesario, porque nadie que deseara entrar en política como negocio iba a tener la ocurrencia de afiliarse al partido de Azaña, conocido su talante escrupuloso al respecto. La honradez se demuestra en el hacer cotidiano, porque forma parte de la idiosincrasia de la persona aplicada a sus actos.

CRITICAR LO QUE FUERA

Sin embargo, esas declaraciones sirvieron para repetir las consignas acerca de su misantropía, recordándolas mutiladas con el fin de explicar que él mismo afirmaba no tener ningún amigo, sin más delimitaciones. Mejor no tratar con quien rehusaba la amistad, un sentimiento tan humanamente necesario para tolerar los inconvenientes de la vida. Por algo Aristóteles definió a los seres humanos como animales sociales, y aseguró que quienes rechazan convivir en sociedad sólo pueden ser o dioses o bestias. Claramente se veía que Azaña no era un dios, de modo que se le debía aplicar el segundo supuesto, y a ello se entregaron con júbilo sus adversarios políticos.

Modelaron así una imagen deformada, la de una persona intratable recluida perpetuamente en el agujero de su soledad, complacida por el desdén sentido hacia los demás. De esa manera resultaba comprensible que nadie buscase la amistad de ser tan insociable, como él decía que efectivamente lo era. Una frase fuera de su contexto y mutilada se presta a interpretaciones erróneas o malévolas, según la intención del comentarista.
Sus contertulios en los cafés, antes de recibir la carga responsable de gobernar, hubieran podido relatar anécdotas de su trato y conversación; pero ese tema no les interesaba comunicarlo a los periodistas, por no llevar implícita una noticia sorprendente para los lectores. Así que preferían difundir la imagen deformada y caricaturesca del perpetuo malhumorado intolerante, al que resultaba preferible no acercarse siquiera, para evitar sus exabruptos, de modo que mucho menos para pedirle un favor, que indudablemente jamás concedería.

Cuando se crea una imagen estereotipada nadie se arriesga a intentar modificarla, porque con ello se romperían los argumentos aceptados como reglas. Y a Azaña le correspondió la figura de la adustez para cierto tipo de gente enfrentada a su ideología. Ya que no le podían criticar corrupciones económicas en su gestión política, ni escándalos personales en su vida privada, se acogían a la aspereza de su carácter para intentar desmoronar su figura. Un dato poco convincente, pero no había ninguno aprovechable.

Por otra parte, la historia demuestra que tenía razón al considerar que los amigos de los políticos constituyen una lacra social. Hay constancia de tantos casos de corrupción, originados a consecuencia del amiguismo, que a los políticos debiera estarles prohibido constitucionalmente tener amigos. La veracidad de los hechos constata que las afirmaciones de Azaña son muy oportunas, entonces como siempre y en cualquier país. A un político tendría que resultarle excesivamente complicado situar en buenos puestos públicos a los amigos; pero la realidad demuestra lo contrario.

Los partidos presididos por Azaña, Acción Republicana primero y después Izquierda Republicana, han permanecido libres de toda sospecha de amiguismo, gracias a la previsión de su líder. En cambio, otros partidos denominados republicanos en aquel mismo momento, no estaban en condiciones de repetir esas palabras, porque los ejemplos en contra eran abundantes. Lo sabían los ciudadanos, pero muchos deseaban encontrarse con una distinción amistosa, de modo que no rechazaban votar a quienes ejercitaban descaradamente su práctica, pese a ser censurable.

Naturalmente, esto no implica que un político honrado haya de prescindir de los militantes de su partido para los cargos de confianza. En el supuesto ridículo de llevar esa idea hasta su extremo más fronterizo, tendría que dárselos a la oposición, que en pura lógica se dedicaría a torpedear sus acuerdos. Cualquier gobierno basado en esas condiciones resultaría inviable desde su formación. Un jefe necesita confiar plenamente en sus subordinados, lo mismo en una oficina que en un batallón, y también en un gabinete ministerial: sólo puede calificarse de disparatado escuchar a un ministro exponer planes contradictorios a los anunciados por su presidente, algo que ha de suceder inevitablemente en el caso de no ser un Gobierno homogéneo, como sabemos.

Se refería Azaña a lo que entonces empezaba a denominarse con mucha precisión el enchufismo, que es el otorgamiento de cargos sin responsabilidad a los amigos, colocándolos en la Administración, a menudo creando una burocracia innecesaria, y dilapidando el tesoro público nacional. En el diario de Azaña se encuentran censuras para algunos casos conocidos de amiguismo, patrocinados por partidos políticos paralelos al suyo, que no hace falta repetir, ni mencionar otros casos conocidos por todos.

Es cierto que el 25 de agosto de 1931 inventó un cargo oficial sin responsabilidad, creado expresamente para Ramón María del Valle--Inclán, con el deseo de ayudarle en una situación económica crítica, y a sabiendas de que era un funcionario imposible debido a la genialidad de su carácter independiente. Fue una actuación arbitraria, desde el punto de vista de la estricta legalidad administrativa. Pero hay que preguntarse si acaso no tenía obligación el Gobierno de auxiliar a un escritor insigne y pobre, un ingenio con muy mal genio, para que pudiera continuar su obra. Especialmente si se tiene en cuenta que ese escritor no se recataba de criticar al Gobierno provisional, y que iba a continuar haciéndolo, porque ni el cargo era un soborno ni él era sobornable. Incluso se dio el gusto de dimitir para así poder insultar al Gobierno como causante de todos sus males.

LOS ENOJOS DE LERROUX

Hubo una circunstancia histórica que invitó a Azaña a desnudar su intimidad en público, exactamente en el Congreso, y presentar sus convicciones más secretas a la consideración general. Sucedió durante el llamado debate de los enojos, el 3 de octubre de 1933, que está lleno de referencias personales, obligadas por las malévolas insinuaciones del entonces jefe del Gobierno, Alejandro Lerroux, el ejemplo más característico del político corrupto y corruptor, tanto que salió del Gobierno por un caso de fraude probado conocido como el caso del estraperlo.

Aunque habían sido compañeros en el comité revolucionario y en el primer Gobierno provisional, Lerroux detestaba a Azaña, y le negó la colaboración del Partido Radical en la formación de los gobiernos constitucionales, con el deseo de hacerle fracasar. Muy probablemente el odio visceral que le inspiraba Azaña se debía a un artículo sarcástico aparecido en el número 29 de su revista La Pluma, correspondiente a octubre de 1922. Es una gacetilla anónima, pero el estilo delata la mano de Azaña: ya al comienzo se descubre una frase en francés, un recurso de cita al que era aficionado, como se comprueba al leer sus textos. La sutileza en la ironía resulta además tan incisiva que señala su mano segura. Y en cualquier caso, si no era el autor, indudablemente lo aprobó, puesto que era el editor de la revista. Está recogido como escrito suyo en el segundo volumen de sus citadas Obras completas, en la página 120.

Titulado "La rana en la laguna", contiene una sátira feroz contra la reciente licenciatura en Derecho conseguida por el político radical, a edad insólita para las facultades universitarias, precisamente en la Universidad de La Laguna, famosa por su benevolencia en dar aprobados. El título de la gacetilla encierra, pues, una astuta intención maliciosa. Y los comentarios siguen en ese tono, como cuando se habla "del probable analfabetismo del Sr. Lerroux, que tan bien le sentaba cuando comía pan y cebolla con el honrado pueblo", alusión a su demagogia barata. Se desmenuza el discurso pronunciado por Lerroux en Canarias para escarnecerlo, con verdadera gracia y sin piedad. Lo más grave era que la crítica tenía razón, porque no estuvo acertado en sus palabras aquel día, de modo que nada podía replicar a la incisiva gacetilla muy mal intencionada.

Es seguro que alguien le llamó la atención sobre ese número de La Pluma, entre tantos correligionarios como tenía. Desde entonces conservó un rencor hacia Azaña que sacó a relucir cuando tuvo oportunidad de hacerlo, nada más verse investido de la presidencia del Gobierno, exactamente once años después de haberse publicado la gacetilla anónima. Es el motivo de que se conozca ese debate como el de los enojos, por habérselos lanzado Lerroux a Azaña, es decir, el nuevo presidente a su antecesor dimisionario. Pero con ello le incitó a responderle.
Empezó por exponer Azaña su sorpresa ante el tono utilizado en la intervención de Lerroux, ya que no parecía adecuado para un debate político, en el que debe imperar siempre la objetividad sobre las cuestiones personales, y seguir los impulsos de la razón dialéctica antes que dejarse empujar por los sentimientos, y menos aún por los resentimientos. Dispuesto a evitar caer en el mismo error, en su réplica usó la ironía, que es un modo más sutil para desarmar al contrincante, y que obtuvo buen resultado en este caso, dada la mordacidad de la oratoria azañista, cuando se veía obligado a aplicarla en legítima defensa:

El señor Lerroux se queja de mí, como si yo hubiera cometido con él una acción censurable o vituperable, y se lo explica el señor Lerroux, porque dice que yo no tengo corazón. Yo no lo he echado nunca de menos; yo creo que lo tengo. No me molestaría que se hiciesen apreciaciones sobre mi carácter, cuando en funciones públicas me he impuesto la disciplina, el deber y el sacrificio de tragarme mis sentimientos personales, mis inclinaciones y mis devociones más íntimas, para inmolar, como corresponde a un republicano, todo lo que es personal en aras del servicio público. Éste es el concepto que yo tengo de las funciones públicas y de los cargos en el Gobierno, y cuando se está ahí, señor presidente del Consejo, ni se deben tener afectos para ponerlos en relación con el Gobierno, ni se pueden tener amigos, ni enemigos, sino sólo el estricto cumplimiento del deber que la función le impone a uno mismo. (IV, 487 s.)

Idéntica seguridad a la que un año antes declaró en Santander, al rechazar el amiguismo como norma de actuación, quedaba expuesta con mayor énfasis entonces, más el añadido de que tampoco hay que tener en cuenta a los enemigos a la hora de plantearse una decisión. Para Azaña la única regla merecedora de estima era la que debiera imponerse con carácter general, consistente en el cumplimiento del deber individual por delante de cualquier otra consideración. Sin afectos ni rencores, de manera que quedasen al margen los amigos y los enemigos a la hora de tomar decisiones, porque de otra manera probablemente resultarán prevaricadoras.
En consecuencia, afirmó que había inmolado sus sentimientos personales al servicio del bien público, sin esperar ningún elogio por ello. Tenía que hacerlo así, sencillamente por ser la obligación de un republicano. Con el corazón no se puede gobernar ni siquiera un orfanato; hay que emplear el cerebro, para entender la razón de Estado y aplicarla sagazmente, lo que se traduce en lograr servir dignamente a la República. En el corazón se dice que reside la capacidad de amar, y debido a ello puede impulsar a cometer locuras. En cambio, el ejercicio de la política reclama un estilo de vida muy consciente, ajeno a los sentimentalismos.

UN POLÍTICO SIN DOMESTICAR

La intervención de Lerroux disgustó a Azaña, y con motivo, puesto                que no se atuvo al debate estrictamente político, y ni siquiera a la habitualmente respetada cortesía parlamentaria. No le importaba quebrar las reglas del juego político. El encono acumulado durante muchos años le incitó a comportarse de manera impropia de un parlamentario civilizado, al sacar a relucir unos torpes prejuicios personales impertinentes en el lugar en donde los exhibía. La cortesía parlamentaria obliga a evitar las rencillas con personas o partidos, para centrarse en los asuntos de alcance general. Claro está que lo sabía Lerroux, pero su inquina contra Azaña rebasó los deberes a los que debía ajustarse, y se dispuso a saldar un ajuste de cuentas demorado mucho tiempo, y por eso muy enconado.
Se produjo una tensión inevitable en tales circunstancias, que no quiso impedir el presidente de las Cortes, aunque parece que debía haberlo hecho, para eliminar las alusiones personales. En consecuencia se vio obligado Azaña a rebatir los argumentos del contrario, si no quería que los oyentes los creyeran ciertos en el caso de guardar silencio. Tuvo que utilizar un tono inusual en sus discursos parlamentarios, lleno de alusiones personales, para clarificar las expuestas por su antagonista:

El señor Lerroux quería domesticarme, digámoslo francamente. Había llegado a sus oídos que yo era un hombre semisalvaje […] en efecto, yo soy el hombre que no ha sido domesticado jamás por nadie. Yo no sé si necesitaré que me domestiquen; educado sí estoy, pero domesticado, jamás, ni por nada ni por nadie; esto es verdad. (IV, 488.)

Así se comportó, efectivamente, hasta el final de su vida, manteniéndose en su puesto con firmeza y sin abdicar de ninguna de sus convicciones, con la mente lúcida y la vocación de erigirse en servidor de la República. La arrogancia de su carácter frío le sirvió para servir, en vez de aprovecharse de su situación preeminente para medrar en lo personal en paralelo a lo político. Su alto concepto de la dignidad le vetó pactar arreglos incompatibles con ella, sin permitirle ninguna fuga. La deontología más estricta guió sus decisiones, adoptadas sin sumisiones ni componendas, y nadie pudo demostrar otra cosa.
No se dejó domesticar ni por sus colegas, aunque disfrutasen del favor popular, ni por el presidente de la República, ni por los jerarcas militares, ni por las consideraciones de conveniencia política que a menudo se le presentaron, lo mismo cuando ocupaba el poder que cuando permanecía en la oposición. Amaba a la República como sistema de gobierno por garantizarle la libertad y la democracia, de modo que no toleraba ninguna limitación. Tal vez su comportamiento ético indujese a algunos a calificarlo de semisalvaje, pero su cultura superior a la media en el Congreso descalificaba la suposición por resultar inverosímil.

También rebatió la acusación lanzada por Lerroux de que se había esforzado por entorpecerle su carrera política. Parece absurdo que se atreviera a presentar semejante suposición quien era apodado El Emperador del Paralelo, el barrio barcelonés de la prostitución, en donde Lerroux tenía su feudo. Nada podía importarle a Azaña la carrera de su colega,  puesto que sus respectivas trayectorias políticas eran muy distintas, las conocían perfectamente los ciudadanos, y con mayor motivo servían de comentario crítico en el Congreso. De hecho constituían dos personalidades opuestas en todos los aspectos vitales, no solamente los políticos.

No obstante, alegó unas intenciones maquinadoras de una conspiración dirigida contra él por parte de Azaña, para quitarle de la escena pública y evitar con ello un competidor peligroso. Una jugada a la que él mismo se hallaba muy acostumbrado en su historial corrompido. La réplica no facilita argumentos, sino que da nuevas pinceladas al autorretrato ético que estaba trazando, por obligación, en el debate:

Pero ¿cree su señoría que a mí me estorba? No; a mí no me estorba nadie, señor Lerroux, por dos razones: en primer lugar, porque yo, en el fondo, tengo de mi raza el ascetismo; todas las cosas de la vida las tengo ya echadas a la espalda hace muchísimos años, y habiendo gozado de casi todas, me son absolutamente indiferentes; en segundo lugar, porque tengo del demonio la soberbia, y a un hombre soberbio nadie le estorba. (IV, 495 s.)

Indiferencia y soberbia, dos rasgos más para la definición de su carácter, que en principio han de ser considerados negativos, aunque los sometamos a examen para comprobarlo. En su caso, la indiferencia hacia el poder significaba todo lo contrario que en el de Lerroux: era un desprendimiento de apetencias del poder soberano, aunque lo aceptase cuando así beneficiaba al sistema recién instaurado, y lo hacía muy a su pesar y en contra de sus deseos y conveniencia. De ningún modo implicaba una dejación de sus responsabilidades como servidor del Estado.  En cuanto a la soberbia, le incitaba a despreciar las cosas y a ignorar a las personas que no resultasen imprescindibles para el logro de la única finalidad anhelada: consolidar la República. Todo lo que contribuyera a reforzarla atraía su atención, pero lo restante pasaba a la zona oscura de la ignorancia. Para qué iba a perder el tiempo ocupándose de asuntos intrascendentes, cuando esperaban turno tantos otros importantes.

UN BUEN COLABORADOR

La soberbia reconocida y aceptada no implicó por lo general un desdén público por los demás colegas políticos, aunque alguna vez le irritaron tanto que demostró su impaciente malestar hacia ellos. Otra cosa era su opinión privada, expuesta en el secreto del diario, y motivada precisamente por alguna circunstancia concreta de un día determinado. Se declaró un colaborador de sus compañeros del Gobierno que presidía, y no su dictador, algo que todos sabían, y no hubiera tolerado lo contrario. Esto lo manifestó en el Congreso el 3 de febrero de 1933, en el curso de uno de los debates más violentos habidos en esa legislatura:

[…] he traído aquí seriamente un programa de Gobierno convenido entre todos, discutido por todos nosotros, porque yo no hago en el Consejo de Ministros ni en la Presidencia del banco azul el papel de Júpiter tonante, soy un colaborador o un consejero de mis compañeros o un guía de la obra común; no quiero ser más, no me corresponde ser más. (IV, 182.)

Esta declaración debe unirse a los alegatos contra la acusación de ser un dictador, una de las invenciones de los detractores para entorpecer su trabajo y desprestigiarlo ante la opinión pública. Ni era ni podía ni quería parecer un dios infalible al frente del Gobierno, pero es que tampoco los ministros se lo hubieran consentido. En ese momento gobernaba una coalición de los partidos Acción Republicana, Socialista Obrero, Republicano Radical Socialista, Esquerra Republicana de Catalunya, Organización Republicana Gallega Autónoma, y dos independientes. Como para doblegar a tantos olímpicos de opiniones muy firmes, por muy soberbio que fuera el presidente. No podía ser más que el primus inter pares del Gobierno, con la función de equilibrar tantas voluntades.

No, la soberbia la utilizaba con aquellos figurantes ocupados en representar un papel inadecuado, como Lerroux, un falso republicano, urdidor de corrupciones para obtener beneficios económicos. En su caso puede afirmarse que lo despreciaba olímpicamente, con plena razón, conocida la índole de su arrimo corrupto a la política, y si le proporcionaba la ocasión de demostrarle su menosprecio no iba a desaprovecharla
Sacadas de contexto sus confidencias, era factible arrojarlas contra él, para alegar que se describía en términos muy negativos, como hombre de carácter frío, sin amigos, indiferente y soberbio. Lo sabía cuando se presentaba así ante la opinión pública, sin importarle tales derivaciones mal intencionadas, por creer que su ejecutoria como gobernante había puesto en claro quién era y qué buscaba al entregarse por completo a la desgastadora tarea política tan absorbente.

Lo que define a Azaña en su papel de estadista es el respeto a la ética como norma de conducta, puesta al servicio del ideal republicano. No podía tolerar componendas atentatorias de los principios elementales inspiradores de su acción. Tenía que ser implacable con los enemigos de la República, displicente con quienes se decían indiferentes en materia política, y amistoso con los defensores del joven sistema estatal que él mismo había contribuido a implantar de una manera destacada. Era la imposición de su espíritu libre, dirigido a facilitar el bien común de los ciudadanos.
Así que para él la acción política dependía de una razón superior, a la que se amoldaba por encima de cualquier consideración. No le molestaba ser antipático, frío, inamistoso con las personas buscadoras de negocios en la Administración pública; su vocación le forzaba a repeler unas actitudes logreras en los demás, y no se recataba de manifestar el rechazo. Su afán consistió en implantar una limpieza absoluta en la Administración pública, para gratificar a la República.

Quizá le perjudicó su honradez, y es triste poder suponerlo, ya que demuestra el grado de corrupción a que había llegado la política durante la monarquía, a lo largo de todo el siglo XIX y los comienzos del XX. Una herencia tan tremenda no se dilapida en un corto lapso, como era el transcurrido en el nuevo régimen. Hubo que improvisar la implantación de un sistema político inédito a toda prisa.
La figura de Azaña presenta unos rasgos peculiares. Por eso a menudo se hallaba solo, pero tenía razón Marco Aurelio al escribir que "El hombre libre puede prescindir tanto de la soledad como de la sociedad", porque lleva en sí mismo la virtud de la grandeza ética. Así Azaña, al disfrutar de su libertad de espíritu, se hacía un nombre admirado por las multitudes, sin necesidad de rendirse a sus caprichos, ni de disimular sus opiniones. Su simple apellido le servía de propaganda.























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