El problema religioso español es político

Caciquito visitando al Papa

ARTURO DEL VILLAR. EL incomprensible jefe del Gobierno español, el presunto sociata Perico Sánchez, viajó con su séquito al Estado Vaticano este 24 de octubre de 2020, para entrevistarse durante media hora con su dictador, el papa Paco. Continuamos dependiendo de las órdenes papales, como en la mayor parte de nuestra historia. No en balde la actual monarquía borbónica fue instaurada por el dictadorísimo, y su actual preboste, nuestro señor Felipe VI, ostenta el título de rey católico por concesión del papa Alejandro VI en 1497 a los reyes Isabel y Fernando y sus sucesores.

El pueblo español soporta lo que hacen los gobernantes sin poder opinar, porque el ejército y las fuerzas brutas policiales no se lo permiten. De modo que mantenemos la monarquía católica con todos sus fastos, y la Iglesia catolicorromana con los suyos. Da igual que abominemos de la monarquía y de la Iglesia, porque estamos obligados a sostenerlas con los impuestos.

No es posible conocer con alguna seguridad el número de monárquicos existentes en el reino, porque el Centro de Investigaciones Sociológicas dejó de preguntar sobre la cuestión, debido presumiblemente a que la mayoría de los encuestados prefería la República como forma del Estado. Los medios de comunicación generalistas realizan encuestas privadas, sin que podamos fiarnos de ellas porque siempre se inclinan en los resultados por la ideología del que la encarga.

Sobre la religiosidad de los españoles sí pregunta el CIS. Por eso sabemos que en abril de 2020 el 61,2 por ciento de la población española se confesaba catolicorromana, el 36,4 declaraba carecer de religión, y el 1,8 seguía otras religiones diversas. Pero al sumar el porcentaje de los catolicorromanos con el de otros credos religiosos, se advertía que el 62,5 de sus creyentes no asistía nunca a oficios religiosos, como no fuera por obligaciones sociales, y solamente el 13,9 afirmó acudir a los templos todos los domingos y fiestas de guardar.

En la pregunta acerca del nivel de estudios conseguido por los encuestados, resultaba que solamente el 54,1 de los que poseían estudios superiores se declaraba catolicorromano, lo que demuestra que es una confesión mayoritariamente de personas muy poco instruidas. Continúa una tradición secular, puesto que en sus orígenes el cristianismo fue una religión mayoritariamente extendida entre los esclavos de Roma y sus dominios.
La población española en enero de 2020 ascendía a 47.329.981 habitantes. Según las estadísticas facilitadas por la Conferencia Episcopal Española, en la actualidad existen 29.170 religiosas y 9.518 religiosos, a los que se han de añadir 9.151 monjes y monjas ingresados en monasterios contemplativos. Esto significa que todos lo españoles mantenemos a 47.839 personas de uno y otro sexo dedicadas al servicio de la Iglesia catolicorromana.

UNA OPINIÓN DE AZAÑA

Lamenta la Conferencia Episcopal que haya tan pocas personas entregadas al servicio de la Iglesia, y tan pocos catolicorromanos que acudan a los templos. Los clérigos presumían durante la dictadura fascista de que España era un balarte del catolicismo. La identificación de la criminal dictadura con la Iglesia romana era tanta que el 21 de diciembre de 1953 el papa Pío XII concedió al genocida dictadorísimo la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo, la máxima distinción vaticana. Ahora los clérigos pretenden olvidar el contubernio entre la dictadura sanguinaria y la secta catolicorromana, pero quienes sufrimos aquella época de terror conservamos memoria histórica.

Ya antes se había planteado reducir la potestad catolicorromana sobre la política española. Por supuesto, solamente pudo tomarse en consideración con el final de la monarquía borbónica aquel 14 de abril de 1931. Lo explicó Manuel Azaña, ministro de la Guerra en el Gobierno provisional de la República, durante un trascendental discurso pronunciado en las Cortes Constituyentes el 13 de octubre de 1931. Sus argumentos se basaron tanto en la historia como en la actualidad de entonces, y conservan su vigencia en nuestro tiempo. Veamos algunos, siguiendo la publicación en el volumen 3 de sus Obras completas, publicadas en 2007 por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

En opinión de Azaña, una de las principales dificultades con las que se encontraba el nuevo régimen republicano era el enquistado problema religioso, derivado de la secular alianza entre el altar y el trono, que había obligado a la población española a financiar las guerras de religión declaradas por el fanatismo del emperador Carlos y su hijo Felipe II, y después a mantener su sumisión total a los dogmas catolicorromanos, por ser la religión oficial del Estado hasta entonces:

La premisa de este problema, hoy político, la formulo yo de esta manera: España ha dejado de ser católica: el problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica de pueblo español.        
Yo no puedo admitir, Sres. Diputados, que a esto se le llame problema religioso El auténtico problema religioso no puede exceder de los límites de la conciencia personal, porque es en la conciencia personal donde se formula y se responde la pregunta sobre nuestro destino. (P. 78.)

Parece obvio que el sentimiento religioso afecta la privacidad de cada persona. Era una aberración inhumana aquel asesinato en serie ejecutado por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, autorizado conjuntamente por los papas y los reyes, para torturar y quemar vivos en la hoguera a quienes disentían de la política religiosa del reino. A los monarcas les interesaba mantener la unidad política del Estado, y una de sus facetas más delicadas era la unidad religiosa. Así lo entendieron los Reyes Católicos y por ello la continuaron sus sucesores, mediante los sanguinarios autos de fe. Es incomprensible que personas con buen juicio puedan pertenecer a la secta catolicorromana todavía, conociendo su historia.

SEPARACIÓN DE IGLESIA Y ESTADO

Con el devenir de tiempo se modificó la estructura del Estado, y la Revolución Francesa motivó el comienzo de una nueva era histórica. La votación popular que el 12 de abril de 1931 demostró que el ideario predominante en España era republicano, lo que impulsó al monarca detestado a exiliarse voluntariamente, marcó también una revolución para nuestra historia, aunque en tono menor. Por ello debía terminar la alianza entre el altar y el trono al acabar el poder del trono. Era imprescindible adoptar una nueva política, que Azaña analizó así:  

Nosotros dijimos: separación de Iglesia y Estado. Es una verdad inconcusa; la inmensa mayoría de las Cortes no la ponen siquiera en discusión. Ahora bien: ¿qué separación? ¿Es que nosotros vamos a dar un tajo en las relaciones del Estado con la Iglesia, vamos a quedarnos del lado de acá del tajo y vamos a ignorar lo que pasa del lado de allá?
[…] buscamos una solución que, sobre el principio de la separación, deje al Estado republicano, al Estado laico, al Estado legislador, unilateral, los medios de no desconocer ni la acción, ni los propósitos, ni el gobierno, ni la política de la Iglesia de Roma; eso para mí es fundamental. (P. 80.)

Era absolutamente lógico que los dos estados mantuvieran su hegemonía, sin que uno pretendiera injerirse en las cuestiones del otro. Eso es algo que la Iglesia romana ha rechazado siempre, con la argucia de referirse solamente su actividad a temas de conciencia en sus encíclicas, gran falsedad puesto que en ellas se tratan asuntos políticos, hasta el punto de anatematizar a quienes se inscriben en partidos políticos de izquierdas: es lo que hace, por citar un solo ejemplo, la Quanta cura con el Syllabus promulgada el 8 de diciembre de 1864. Los clérigos mienten a su conveniencia. Por ser así continuó diciendo Azaña en otro momento:

Nosotros tenemos, de una parte, la obligación de respetar la libertad de conciencia, naturalmente sin exceptuar la libertad de la conciencia cristiana; pero tenemos también, de otra parte, el deber de poner a salvo la República y el Estado. Estos dos principios chocan, y de ahí el drama que, como todos los verdaderos y grandes dramas, no tiene solución. ¿Qué haremos, pues? […] lo que hay que hacer es tomar un término superior a los dos principios en contienda, que para nosotros, laicos, servidores del Estado y políticos gobernantes del Estado republicano, no puede ser más que el principio de la salud del Estado. (Pp. 81 s.)

En España se había instaurado un nuevo sistema político, que implicaba un nuevo orden. Los privilegios reconocidos a la Iglesia catolicorromana  por todas las constituciones monárquicas, incluida la considerada muy liberal de Cádiz de 1812, no tenían cabida en la Constitución que estaba discutiéndose entonces en las Cortes. Un orden nuevo requería nuevos conceptos y España había dejado de ser católica. Por eso, el resto de la intervención de Azaña aquel día memorable se refirió a las órdenes religiosas, con la disolución de los jesuitas por cumplir además de los tres votos canónicos un cuarto de obediencia absoluta al papa, que es un jefe de Estado extranjero. También se opuso a dejar la enseñanza en poder de las órdenes religiosas, como había hecho la monarquía, por el peligro de adoctrinamiento de las mentes infantiles y juveniles que entraña. De eso sabemos mucho los que tuvimos la desgracia de mal educarnos en un colegio de frailes durante la dictadura.
Varios momentos del discurso fueron interrumpidos por los aplausos de los diputados constituyentes, y al finalizar Azaña su intervención se repitieron, porque verdaderamente aquella sesión del 13 de octubre de 1931 se había convertido en histórica. Nos vendría muy bien tomar en consideración sus palabras y ponerlas en práctica.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO


Comentarios
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gordo oliventivo   |2020-10-26 22:47:01
hipócrita insuperable
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