¿En qué idioma (o idiome) escribo?

Arturo del Villar

Estaba convencido hasta ahora de escribir en castellano, pero ya no ten-go la seguridad de hacerlo asi. El idioma que aprendí leyendo a Cervantes, Quevedo, Pérez Galdós, Rubén Darío, Machado y tantos otros estilistas re-conocidos por utilizar un castellano magistral está en desuso. Ahora se practica un argot nuevo, impuesto por la ignorancia de unas mujeres deci-didas a tomar el mando de la sociedad, secundadas por algunos políticos masculinos que quieren ser femeninos.

También pensaba que era una moda española, debida a la ignorancia de algunas socialistas presuntamente politizadas, las que en sus discursos alu-dían a las jóvenas, como hizo la diputada Carmen Romero en 1977, o la ministra Bibiana Aído en 2008 al referirse a las miembras de las socieda-des. Con ello demostraban no ser socialistas, sino sociatontas.

Pero el diario de Bogotá El Tiempo, el de mayor circulación y prestigio de Colombia, ha publicado unas fotografías el 2 de setiembre demostrativas de que la destrucción del idioma castellano por las feministas se practica también al otro lado del océano, asimismo por impulsivas féminas. Fueron tomadas con ocasión de una protesta mujeriega contra la negativa de un juez de Cartagena de Indias a celebrar el matrimonio de dos mujeres, ale-gando motivos de su conciencia.

El fundamento inspirador de la marcha es lo de menos ahora. Lo llamati-vo en que en las pancartas feminoides estaba escrito: “JUNTES marchamos por los derechos de TODES” en una, y en otra: “JUNTES podemos”. In-ventan ese género neutro hasta ahora desconocido en el castellano de nues-tros clásicos, lo mismo que en el del pueblo actual, para significar que además de las mujeres también algunos hombres comparten sus agresiones contra el Diccionario de la lengua española.

Es todavía más ridículo que la costumbre cada día más extendida en Es-paña de referirse a “todos y todas”, como si el “todos” no incluyera tam-bién a todas, según explicó muy bien Darío Villanueva, el director de la Real Academia Española, al comentar los dislates orales de las políticas sociatontas. Como era previsible, no le hicieran ningún caso, e incluso es muy posible que le tildaran de machista, un calificativo muy en boga. Des-pués de tantos siglos de uso del castellano, tanto para hablar con el vecino como para crear una obra de interés lingüístico, ahora unos grupos de muje-res airadas pretenden obligarnos a destrozarlo para utilizar una jerga ridícu-la. Y nos aseguran que así defienden los derechos de “todes”, lo que sin duda es una exageración, puesto que no han realizado una encuesta popular  para conocer la opinión de toda la sociedad española.

¿Qué debemos hacer los escritores para no recibir la censura de las gue-rreras del idioma? Escribir como el pueblo es una aspiración muy arraiga-da, tanto que en los albores de la poesía castellana la expresó Gonzalo de Berceo en versos que no olvida el tiempo. Si tal es el modelo que debemos seguir, ¿desdeñaremos las obras literarias, en prosa y en verso, que han hecho del castellano uno de los idiomas más cultos de la historia humana? ¿Qué pauta van a seguir las escritoras para comunicarse con sus lectores, o lectoros, que los tienen, además de lectoras? ¿Hay que crear academias de la lengua, no como la Real elitista, sino como las aulas del bachillerato, pa-ra empezar a aprender las reglas de este nuevo castellano, que ya se ha de llamar castellane para no ofender la sensibilidad de las mujeres en pie de guerra idiomática? Un terrible dilema, si queremos evitar que las doñas nos acusen de machistas por no obedecer sus instrucciones lingüísticas.

No sé qué debo hacer. Con más de un centenar de registros en mi ficha en la Biblioteca Nacional, me resulta molesto empezar a estudiar el nuevo cas-tellane de inspiración femenina. Para ver si se me aclaran las ideas voy a releer la comedia que Molière estrenó en 1659, sobre unas damas que se pasaron de listas, Les Précieuses ridicules. Ya entonces algunas mujeres pretendían implantar un idioma a su medida, en este caso francés, convir-tiéndose en el hazmerreír de los parisienses. ¿Y si nos reímos también no-sotros de las feministas lenguaraces? Puede resultar más sencillo que em-pezar a estudiar el castellane que tratan de obligarnos a compartir nuestras preciosas.  




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