Cómo acabar con la dinastía borbónica

Arturo del Villar

EL 25 de abril de 1930 pronunció Indalecio Prieto una conferencia en el Ateneo de Madrid, con el título de “El momento político”. En su opinión era un momento de gran efervescencia política, porque el pueblo español se hallaba avergonzado ante la actitud de su rey Alfonso XIII, por superar los escándalos sexuales y económicos habituales en la dinastía borbónica, pero exagerados en él. Creía haber llegado el momento de acabar con la dinastía borbónica, ya expulsada en la persona de la golfísima Isabel II en 1868,  pero restaurada por un militar traidor a su palabra y a su patria en 1874.

El pueblo echaba cuentas sobre la fortuna del monarca, bien colocada en bancos extranjeros, calculada por los beneficios de las empresas que admi-nistraba. Además se irritaba ante sus reiterados escándalos sexuales: era público que la reina Victoria Eugenia había cortado toda relación con él, harta de sus aventuras extramatrimoniales, y sólo le hablaba lo imprescin-dible en público, para mantener un paripé con el fin de preservar la conti-nuidad de la dinastía. Las barraganas reales y los hijos bastardos eran obje-to de toda clase de comentarios, chistes y canciones.

Monumento en Madrid, por Pablo Serrano.

Estaba claro que Alfonso de Borbón no era digno de ser rey, y en conse-cuencia se imponía derribarlo del trono, para que se marchase con sus ami-gas entrañables a disfrutar de un dorado exilio: el pueblo español no adopta medidas extremas ante los reyes corruptos, como sí han hecho el Reino Unido, Francia o Rusia, entre otras naciones más contundentes. Incluso permitió a Isabel II llevarse las joyas de la Corona, que como indica su mismo nombre pertenecían al tesoro nacional.

UNA FAMILIA FATÍDICA

Don Inda, según era conocido popularmente, consideró necesario plan-tear en público la cuestión borbónica. El día de la conferencia le faltaban cinco para cumplir 47 años, de modo que se hallaba en la plenitud  de sus facultades físicas y mentales. La pareció llegado el momento de hacer un llamamiento al pueblo, para denunciar la corrupción intolerable de la mo-narquía, bien conocida por todos los vasallos, pero aguantada por la inac-ción de una sociedad anestesiada y acobardada ante la brutalidad de las fuerzas policiales represoras, formadas por muchachos del pueblo, embru-tecidos en las academias militares para enfrentarse a sus propios compañe-ros de clase social como perros de presa. 
El discurso se halla recogido en el volumen titulado Con el rey o contra el rey, recopilación de Eusebio Rodrigo, editado en México, D. F., por cuenta de Oasis, en 1972. Vamos a leer algunas de sus afirmaciones, contenidas en las páginas 300 a 302. Para Don Inda, la situación decadente de España de-rivaba de tiempos pasados, al haber vinculado su suerte a la de esa familia que llegó en 1701 con una guerra civil, y después organizó otras guerras civiles por sus disputas dinásticas entre isabelinos y carlistas: 

España es una nación pobre, modesta, desventurada, sumida en la desventura por haber vinculado su suerte con exceso al destino de una familia (Muy bien.); pero, al fin y al cabo, una nación, y el trato que se nos ha dado y acabamos de ver solamente lo puede soportar una colonia que no ha llegado a las lindes de la civilización.

Bajo la monarquía, el reino de España era un territorio colonial todavía sin civilizar. Cierto que España fue un Imperio cuando reinaba la Casa de Austria, pero la de Borbón lo había destruido. El primer Borbón, Felipe V, era un loco que gustaba de pasearse desnudo por palacio pegando alaridos, por lo que debía encargarse de la gobernación del reino su consorte, auxi-liada por consejeros dedicados a su propio beneficio. Esa familia tenía de-mostrada históricamente su ineptitud, y Alfonso XIII la aumentaba con su conducta entregada a incrementar su fortuna personal y disfrutar de la compañía de unas amigas entrañables pagadas por los impuestos del vasa-llaje. Ningún pueblo decente puede consentir esa actitud al jefe del Estado.

UNIDAD REPUBLICANA

Tenía muy claro Prieto que para derribar la monarquía se precisaba la unión de todas las fuerzas republicanas. Su propio partido, el Socialista Obrero, se hallaba dividido en tres corrientes, una encabezada por él, otra por Francisco Largo Caballero y la tercera por Julián Besteiro. De hecho se produjo una escisión interna, que se consiguió contener para no descalabrar a la organización, cuando Largo Caballero se declaró partidario de colabo-rar con la dictadura de Primo, formando parte de sus instituciones, a lo que se opuso Prieto sin éxito. En el mes de agosto de ese mismo 1930 se re-unieron en San Sebastián las fuerzas opositoras a la monarquía, con el fin de tomar decisiones prácticas para combatirla: asistió Prieto a título perso-nal, porque el Partido Socialista no consideró oportuno involucrarse.
Por todo ello, en su discurso en el Ateneo de Madrid propugnó algo tan lógico como es la urgencia de agrupar a todas las corrientes de opinión an-tidinásticas, para expulsar al ocupante indigno del trono:

Nos hallamos en el momento político más crítico que ha podido vivir, en cuanto respecta a España, la presente generación.
Yo creo que es preciso desatar, cortar un nudo; este nudo es la monarquía. Para cortarlo vengo predicando la necesidad del agrupamiento de todos aque-llos elementos que podamos coincidir en el afán concreto y circunstancial de acabar con el régimen monárquico y terminar con esta dinastía en España. (Muy bien.) Pero el agrupamiento no debe originar confusiones. Estos agrupa-mientos, a mi juicio –hablo sin más representación que exclusivamente la mía personal--, no deben dar lugar a confusiones, como dije en cortas palabras en Irún en el homenaje a D. Miguel de Unamuno. Hay que estar con el rey o co-ntra el rey. El rey debe ser el mojón que nos separe. (Página 300.)

Con su dialéctica convincente, que desarmaba a sus opositores, Prieto manifestó algo tan lógico como es la unión de cuantos se sienten involu-crados en una misma opción política. Se vio obligado a aclarar que cuanto decía era una opinión personal, por saber que no sería compartida por algu-nos compañeros de su propio partido: es la trágica característica española, que alienta la desunión interior y con ello favorece a los enemigos.
Resumió el discurso en una disyuntiva absolutamente lógica: ante una monarquía corrupta, sustentada en los escándalos financieros y sexuales, resulta imposible permanecer neutral, hay que estar con el rey o contra el rey. Y todas las personas con dignidad, pundonor y vergüenza necesaria-mente han de colocarse contra el monarca, para expulsarlo del trono.  

POR LA REPÚBLICA

Ciertamente la monarquía había alcanzado con Alfonso XIII un grado de degradación difícilmente igualable. Había superado a su abuela Isabel II en la degradación sexual y económica. Resultaba intolerable para cualquier pueblo sensato deseoso de poder compararse con los restantes países euro-peos, para quienes España representaba un oprobio despreciable. Comer-ciaban con el reino porque les convenía, pero consideraban a los españoles unos apestados, por tolerar una institución depravada que servía de rechifla en los medios de comunicación internacionales. Hoy no entendemos cómo fue posible que aquel pueblo tolerase durante tantos años la permanencia en el trono de un sujeto tan infame como Alfonso XIII, al que su propia mujer detestaba y sus hijos contemplaban con vergüenza.
El rey había superado las escalas de corrupción tolerables. Ya se sabe que los monarcas van a lo suyo, que es vivir cómodamente enriqueciéndose al margen de la situación depauperada de sus vasallos, pero el último Borbón acogió en su persona todas las perversiones de la dinastía. Por todo ello  consideró Don Inda que era llegada la hora de actuar con decisión:   

Vamos a derribar la monarquía. Vamos a abrir el palenque a la ciudadanía española, que nunca se sintió verdaderamente liberta y que últimamente llegó al grado de mayor oprobio; y cuando hayamos derribado el régimen monárqui-co, cuando hayamos instaurado una República, que cada cual, dentro del ruedo amplísimo de la democracia, propugne por el triunfo de sus ideales con todo el ímpetu que quiera; porque en el agrupamiento de fuerzas para derribar el régi-men y acabar con la dinastía de los Borbones a nadie se pide la abdicación de sus ideales. (Muy bien. Grandes aplausos.) (P. 301.)

La República admite todas las opiniones políticas, no se basa en la solita-ria de una persona investida de todos los poderes por ser hijo de un padre que en su día también heredó el poder soberano. Los monárquicos resumen en la persona del rey todas las características del Estado monolítico. Y los discrepantes inevitablemente serán detenidos por los policías monárquicos,  acusados por fiscales monárquicos, condenados por jueces monárquicos, y custodiados por carceleros monárquicos. Para evitar esa mísera situación Prieto debió exiliarse ya en 1917, acusado de organizar la huelga general revolucionaria, un nombre demasiado rimbombante porque no pasó de ser una huelga laboral. La revolución era otra cosa mucho más seriamente ra-dical, no ensayada por los huelguistas.  

A LAS BARRICADAS

Eso fue lo que terminó proponiendo a sus oyentes, organizar un movi-miento revolucionario, bien preparado, no como la huelga de 1917. Los aplausos acogedores de sus palabras indican que los ateneístas estaban de acuerdo en el deseo de terminar con la monarquía disoluta del último Bor-bón. Es muy cierto lo que les relató, porque la historia demuestra que a los regímenes totalitarios se los derriba de una manea violenta. A Carlos I Es-tuardo le cortó la cabeza el verdugo londinense, a Luis XVI de Borbón lo guillotinó el verdugo parisiense, a Nicolás II Romanov lo fusilaron los re-volucionarios soviéticos. Es la única manera de poner fin a una dictadura:   

Desterrad la ilusión de que una mayoría adversaria al régimen pueda en un debate, y tras él en una votación, derribar la monarquía. Eso ha podido suceder en circunstancias muy excepcionales de nuestra historia; pero ordinariamente no cabe que se dé tal suceso. A una monarquía se la derriba con un movimiento revolucionario, y no con una votación en el Parlamento. (Muy bien. Aplausos.) (P. 302.)

Esto se dijo en el Ateneo de Madrid en abril de 1930, y no se cumplió. No estuvo acertado Don Inda en esta ocasión, porque la monarquía borbó-nica fue derribada con una votación no precisamente en el Parlamento, sino en la calle. En diciembre se produjo en Jaca un golpe de Estado militar no secundado por los partidos políticos implicados en la conjura, lo que llevó ante el pelotón de ejecución a los valerosos capitanes que lo organizaron. Fue un crimen que colmó la paciencia de los vasallos de su majestad el rey católico e implacable con sus opositores.
Por eso, en abril del año siguiente unas lecciones municipales demostra-ron al rey corrupto, apodado Gutiérrez, que el pueblo lo despreciaba y se burlaba de él, por lo que decidió marcharse rápidamente del país, no fuera a pasarle como a sus colegas descabezados. El hecho de que Prieto no acerta-se en su consideración final no invalida, como es lógico, lo sustancial de su discurso.
En 1931 el pueblo español era mayoritariamente republicano, debido a las manipulaciones corrompidas del monarca. Por ello acordó poner fin a  la dinastía que lo oprimía y avergonzaba con sus depravaciones. Son histo-rias del pasado, aunque conviene releerlas de vez en cuando, por si se repi-ten las circunstancias, si volviera a darse el caso de un monarca vicioso y desvergonzado, con un harén de amigas entrañables y unas cuentas corrien-tes milmillonarias en bancos extranjeros. En el supuesto de que tal cosa improbable sucediera, el pueblo debería seguir los consejos de Indalecio Prieto, y ponerlos en práctica. Es una suposición, naturalmente.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO





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