Honrosos los que no obedecen a ningún rey

Arturo del Villar

EL afán de dominio se da en las sociedades de animales, en las que el macho más fuerte impone su poder sobre el resto de la manada, y lo man-tiene hasta que otro macho más joven y fuerte se lo disputa. Lo mismo su-cede en las primitivas sociedades humanas, semejantes en todo a las de animales. En éstas el macho supremo recibe el nombre de rey, con el que ejerce el dominio sobre sus vasallos más débiles.

Las monarquías son los eslabones que unen a los primitivos seres huma-nos con los animales. A media que las sociedades humanas prosperan en conocimientos y cultura, rechazan las potestades salvajes ganadas por los reyes debido a ser los más brutos de la tribu, sustituyéndolas por acuerdos civilizados por parte de los pueblos, para designar entre ellos libremente a la persona más capacitada para dirigirlos. Así nacen las repúblicas.

La mayor alabanza que puede hacerse de un pueblo consiste en resaltar que en su historia no se ha doblegado al dominio de un rey. Resulta difícil, ya que los pueblos empiezan a formarse en una primera fase primitiva, cuando la fuerza bestial del más forzudo somete a su voluntad a los demás. Es el elogio que hizo Alonso de Ercilla de los primitivos pobladores de Chile, en su grandioso poema épico La araucana, compuesto en octavas reales distribuidas en 37 cantos.  Se ha convertido en el poema nacional chileno, glosado elogiosamente por Pablo Neruda. Puede apuntarse en su favor que Cervantes hizo que el cura manchego lo salvara de la quema en el capítulo VI del Quijote.

UNA CRÓNICA EN VERSO

Ercilla fue a Chile como soldado, para combatir a sus habitantes, alzados contra los conquistadores españoles para defender su libertad, su indepen-dencia, sus costumbres y su religión, atacadas por el fanatismo imperialista de los invasores. Fue testigo presencial de la conquista, y la describió en toda su crueldad, como lo que hoy podríamos denominar un testigo de car-go, obligado a un comportamiento militar con el que nos parece deducir que no estaba siempre de acuerdo.

Prueba de ello es que se entretuvo en ensalzar el valor de los indígenas, pese a estar asustados por aquellos extraños seres montados sobre unos animales desconocidos, y armados con unos instrumentos insólitos capaces de causar la muerte. Los araucanos no podían comprender por qué motivo aquellos invasores fabulosos entraban a sangre y fuego en sus tierras. Ac-tuó como un cronista, con una diferencia muy notable sobre los clasificados en las historias literarias de cronistas de Indias, debido a contar aquellas escenas en octavas reales en vez de hacerlo en prosa.


Según él mismo explicó, esta vez en prosa, redactó el poema para que los españoles residentes en su casa conocieran lo que sucedía en aquellas leja-nas tierras, y quedase un memorial para el futuro de cómo fueron  conquis-tadas. Fue el motivo que le impulsó a redactar el poema, el cual porque fuese más cierto y verdadero se hizo en la misma guerra y en los mismos pasos y sitios, escribiendo muchas veces en cuero por falta de papel, y en pedazos de cartas, algunos tan pequeños que no cabían seis versos, que no me costó después poco trabajo juntarlos.

De modo que Ercilla se comportó como un corresponsal de guerra, escri-biendo sobre el terreno los acontecimientos en el momento mismo de pro-ducirse, aunque no le asediaba la prisa por enviar la crónica inmediatamen-te al periódico. Ignoro si se le habrá otorgado el merecido título de primer corresponsal de guerra en América, probablemente no, debido a que el tra-bajo de los poetas suele ser ignorado, pero bien lo merece, además de figu-rar en las historias literarias y en las antologías poéticas. Y trabajó, según el testimonio citado, en las peores condiciones, careciendo de los medios más elementales para ejercer la profesión, y por si fuera poco participando él mismo en las batallas.

El cronicón poético se publicó en tres partes, en 1569, 1578 y 1589, por lo que la escritura sobre el terreno anunciada en la cita debió de ser poste-riormente retocada, para otorgar un carácter literario a la improvisación. Eso no le privó del tono original de breve nota comunicativa, en la que dio cuenta de un suceso real. Téngase en cuenta que Ercilla se había educado en la Corte, y poseía una cultura muy superior a la de los conquistadores. 

VALEROSO PUEBLO SIN REY

Este prólogo sirve para introducir el comentario a la segunda octava real de La araucana, en la que Ercilla hizo una descripción general del pueblo opuesto a la conquista española para proteger su cultura ancestral. Una cul-tura, según la describen los versos 9 a 16, digna de elogio:

Cosas diré también harto notables
de gentes que a ningún rey obedecen,
temerarias empresas memorables
que celebrarse con razón merecen;
raras industrias, términos loables
que más los españoles engrandecen,
pues no es el vencedor más estimado
de aquello que el vencido es reputado.

Pone como nota preferencial de aquel pueblo luchador que no obedecía a ningún rey, sino que era libre, y para seguir siéndolo se enfrentaba a los in-vasores colonialistas, pese a encontrarse en clara inferioridad con sus arcos y flechas contra las armas de fuego imperialistas. No obedecer a ningún rey era, pues, la mayor distinción que podía hacerse de un pueblo, que estaba demostrando un valor indomable frente a sus enemigos. Era un pueblo tan bravo que no necesitaba ser mandado por un monarca para defender sus libertades, libertades poseídas precisamente por no obedecer a ningún rey.

Sabía muy bien lo que escribía, puesto que en su juventud sirvió en la Corte del rey emperador Carlos, como paje del futuro Felipe II. Aquella experiencia le sirvió para sentir lástima de los pueblos que obedecen a re-yes, y ensalzar la fortuna de quienes evitan ese mal. La Corte imperial era la más degradada de todas las europeas de su tiempo, de modo que tenía motivos para detestarla y preferir ser un soldado vulgar lejos de ella.

Sin embargo, sabía que aquella crónica iniciada en los apurados descan-sos del combate contra los araucanos era muy valiosa,  por lo que deseaba publicarla. De modo que en 1559 regresó a Madrid, la ciudad en la que había nacido, para dedicarse a poner en orden literario su obra, además de casarse. El soldado fue sustituido por el intelectual, reconocido pronto co-mo gran poeta épico, aunque no faltasen quienes le acusaran de resaltar el valor de los indígenas al rechazar la conquista, y quien redactase otro poe-ma en oposición al suyo: Arauco domado se titula el escrito por Pedro de Oña, editado en 1596, en el que los indígenas son presentados como salva-jes necesitados de ser conquistados y doblegados a la religión cristiana.

Siempre preferiremos el canto a los pueblos que no obedecen a ningún rey, que no aceptan ser domados y defienden su independencia.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MLENIO

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