La caridad bien entendida empieza por uno mismo

Antonio Reyes
Porque el hecho de nacer aquí implica en la gran mayoría de los casos que tus padres han pagado con sangre, sudor y lágrimas unos grandes impuestos para confeccionar, poco a poco, el Estado del Bienestar que disfrutamos. Pero ante los beneficios sociales deberíamos hacer todos una reflexión.

Hoy ya no lo puedo resistir. Tengo que escribir sobre un tema, que por silencioso, no menos preocupante. Y además políticamente incorrecto.

Esto va levantar ampollas, pero tal como me lo han explicado, puede ser un conato de injusticias y estallido social. Al tiempo.

Hay un pueblo en Extremadura (no voy a dar mas pistas) que tienen o tenían hasta hace bien poco, unas viviendas sociales listas para la entrega, con sus jardincitos y cocheras totalmente terminados, vamos, que no le falta de nada. ¿De nada? Bueno, según me han comentado, faltaba la autorización del ayuntamiento.

Y no es porque estén mal hechas o incumplan cualquiera de las normativas vigentes, no. Es más prosaico, más vulgar, o sea, como la vida misma.

Resulta que estas viviendas sociales, según me cuentan, se hicieron para el pueblo. Para la gente del pueblo. Para sus jóvenes y para quien tenía infravivienda. Unos cuantos casos de cada tipo. Y, además, sobraban unidades.

Y en esto empezaron  a inscribirse todos aquellos que creían tener derecho y posibilidades para alcanzar el preciado bien. Preciado bien y bien subvencionado.

Fue un éxito total. Un montón de inscripciones y sueños de vivir en cada formulario. Todos contentos.

Las obras se emprendieron con prontitud inusitada, ligereza en el desarrollo y calidad de materiales. Algo digno de encomio a todos los participantes, incluidos  constructores y ayuntamiento.

Se inició el proceso de calificar todas las inscripciones. A cada epígrafe sus puntos.   Así hasta acabar con todas. Un trabajo agotador y lento, pero ¿satisfactorio? Pues por el resultado final, parece que no.

La lista de puntuación dio un giro inesperado. Vamos, mas que un giro, un revolcón a la idea original (ya saben, viviendas para los jóvenes del pueblo y quitar las infraviviendas). Todos los puestos de la lista eran para inmigrantes.

Y el alcalde paralizó la entrega de las llaves.

Ahora me tengo ya que explicar. No tengo nada en contra de los inmigrantes, yo mismo lo soy, y mis padres y abuelos lo fueron en su momento, como millones de españoles. Y mis mejores amigos han cruzado el charco para venir aquí. Viven y trabajan en España.

Dicho esto, no puede dejar de ser extraño que en el reparto de beneficios sociales se premie o se puntúe con lo mismo a alguien que acaba de llegar o a quien lleve veinte años viviendo o haya nacido aquí.

Porque el hecho de nacer aquí implica en la gran mayoría de los casos que tus padres han pagado con sangre, sudor y lágrimas unos grandes impuestos para confeccionar, poco a poco, el Estado del Bienestar que disfrutamos. Pero ante los beneficios sociales deberíamos hacer todos una reflexión.

 

Naturalmente todo el mundo tiene derecho a una vivienda, pero en el reparto de viviendas sociales, de algún modo, se debe primar la cantidad de años que se viva en España. Hasta un tope máximo que igualaría a un español de nacimiento.

 

Esto debería ser aplicable también al costo de los medicamentos comunes.

Y así a los distintos beneficios sociales. Medidas progresivas y progresistas

 

Estado de Bienestar no significa despilfarro organizado. Significa medidas antiexclusión social. Y con la que está cayendo, con miles y miles de familias arruinadas que lo han perdido todo, y en la mayoría de los casos, sus viviendas están en el juzgado o embargadas, se debería  anular desde cualquier tipo de Administración todo lo que pudiera favorecer un estallido social.

 

“Doctores tiene la Iglesia” para madurar lo dicho.
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