¿PARA QUÉ VOTAMOS?

Agustín Vega Cortés

En menos de tres años, tres elecciones generales, y ya se está amagando con la posibilidad de volver a repetirlas. Si se hubieran respetado los tiempos naturales de las legislaturas,  aún estaría en vigor el Parlamento  y el Gobierno surgidos  de las elecciones de noviembre de 2015, y   volveríamos  a votar el final de este verano. Nos hubiéramos  ahorrado, como mínimo,   más de 500 millones  de euros en gastos electorales, y tres años de inestabilidad política, que son los que llevamos de campaña electoral.

¿De verdad alguien puede afirmar en serio que de haber completado su mandato el Gobierno de Mariano Rajoy, que aún estaría en ejercicio, la situación de país sería peor de la qué es? Cuando Pedro Sánchez  le presentó la moción de censura, este le inculpaba por la perversión de su política económica, por los terribles efectos de su reforma laboral, y por su falta de capacidad para afrontar la crisis catalana. Pues bien; Pedro Sánchez  lleva un año gobernando con los mismos presupuestos,  no ha derogado la reforma laboral, y ya ha dicho que no lo piensa hacer.

Y sobre  la situación de Catalunya, hay que ser idiota para decir que está en vía de solución. Catalunya esta institucionalmente fuera de la ley. ¿Que hay que cambiar la ley? Pues que se cambie, pero ahora la que hay no se cumple. La moción de censura no tuvo nada que ver con esas razones. Solo con una ambición patológica por el poder que entiende la política como el arte de destruir al otro

Que el principal problema que perciben los españoles sean los políticos y sus guerras,  es algo de una enorme gravedad. Que esos mismos políticos hagan como que no se enteran, y sigan en lo suyo, lo hace aún más grave. ¿Para qué votamos si los diputados que elegimos no se hacen cargo de la voluntad democrática de la población, dando cauce a los resultados, sean los que sean, de forma que esa voluntad se vea cumplida con la formación de un gobierno?  Ahora hay varios partidos con fuerte representación parlamentaria, pero ninguno de ellos puede gobernar en solitario. Pero ¿dónde está el problema? Cuando votamos no elegimos un gobierno, elegimos un Parlamento para que este  designe a un presidente que nombrará después a sus ministros.

Ese es  el primer y principal  compromiso que adquieren personalmente con los ciudadanos que los han elegido,  todos y cada  de los 350 diputados que forman el Congreso. Para eso están ahí, les pagamos y gozan de toda clase de privilegios. Paro eso la Constitución les otorga a ellos, no a su partido ni a sus líderes,  el poder, el derecho, la protección y la inmunidad suficientes,  para que puedan hacer uso de su razón y de su libertad, y, de acuerdo con su conciencia, buscar los entendimientos  y los consensos necesarios entre ellos, para la mejor defensa de los intereses del conjunto de la nación. El problema es que no tenemos un Parlamento. Solo una asamblea corporativa donde 350 militantes de los partidos,  esperan pacientes  a que sus respetivos caudillos le digan lo que tienen que tienen que pensar, lo que tienen que decir y lo que tiene que votar. Los mismos caudillos que les pusieron en las listas electorales. No sé si eso será democrático, pero no es parlamentarismo.

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