Nadie felicita al rey caído

Arturo del Villar

LA onomástica del rey decrépito Juan Carlos de Borbón ha caído en el olvido. Como no le haya felicitado su sufrida mujer, que lo aguanta todo, no se habrá acordado de él ninguna de las 1.500 barraganas que le contó el hispanista Andrew Morton. Si tuviese alguna cultura recordaría que ya Jor-ge Manrique, grandísimo poeta y valiente militar muerto en combate, por-que él sí luchaba, no como otros que se cuelgan medallas en sus uniformes impolutos, advirtió en sus Coplas que “Estos reyes poderosos / que vemos por escripturas / ya pasadas, / en casos tristes, llorosos, / fueron sus buenas venturas / trastornadas”, como le ha pasado a él.

 

 

He revisado mi hemeroteca borbónica para encontrar a su ya exmajestad en uno de sus momentos de gloria, cuando era un rey todopoderoso como sucesor designado por el dictadorísimo para perpetuar su régimen genoci-da. En el diario barcelonés entonces llamado La Vanguardia Española fe-chado el 25 de junio de 1976, páginas primera, quinta y sexta, se encuentra la amplia y fervorosa crónica de las celebraciones habidas en Madrid y Barcelona el día anterior. Aquel 24 de junio, festividad catolicorromana de san Juan, fue el primero declarado de fiesta nazional para celebrar la ono-mástica real, por decreto servilón del Gobierno presidido por Carlos Arias Navarro, apodado El Carnicero de Málaga por sus actuaciones sanguinarias en esa provincia, aprovechando la rebelión de los militares monárquicos.

Toda la primera plana está dedicada al festejo de la víspera, con tres grandes fotografías, bajo este titular: “La onomástica de Su Majestad el rey don Juan Carlos”. En la primera, a todo lo largo de la cabecera, aparece la familia irreal con el Gobierno en pleno y empleados civiles y militares del palacio de la Zarzuela. Recoge la segunda el momento en que los trabaja-dores encargados de ampliar el palacio entregan sumisamente al rey una preciosa carabela de plata, adquirida por suscripción entre todos ellos. Y en la tercera se ve a Juan Carlos dando la mano a diestro y siniestro, en medio de una entusiasta multitud, que según explica el pie corresponde al momen-to en que “vemos al Rey recibiendo las muestras de adhesión del pueblo barcelonés, cuando se dirigía al Instituto Barraquer para visitar y felicitar a su padre, el conde de Barcelona, para lo cual el Monarca se trasladó desde Madrid.” Pues sí que eran monárquicos los barceloneses en 1976, sí, a juz-gar por la fotografía. Todo espontáneo, muy espontáneo.

EL DÍA DE SAN JUAN

Comenzó la mascarada el día 24, como Dios manda, con una misa en la capilla del palacio, a la que asistieron devotamente la familia irreal y los ministros con su jefe el Carnicero al frente, además de los empleados y demás bufones. A las 10 llegaron los componentes del Consejo del Reino, presididos por su jefe Torcuato Fernández Miranda, que como fieles vasa-llos rindieron pleitesía al sucesor a título de rey designado por el dictadorí-simo, el mismo al que ellos habían servido fielmente antes de producirse la evolución del régimen fascista por muerte natural del ancianísimo titular.

A continuación su majestad el rey nuestro señor recibió a los trabajadores que le ofrendaron la citada carabela de plata, y después con su mujer Sofía y su hermana Margarita tomaron un Mystere de la Subsecretaría de Avia-ción Civil para trasladarse a Barcelona. Al llegar al mediodía al aeropuerto fueron cumplimentados por las autoridades civiles y militares, entre ellas el presidente de la Diputación, el siempre fiel falangista Juan Antonio Sama-ranch, el que sería elegido presidente del Comité Olímpico Internacional en 1980 como pago a los servicios prestados al fascismo, en una de las esce-nas más vergonzosas del régimen. 
Inmediatamente se trasladaron al Centro Oftalmológico Barraquer, en el que convalecía Juan de Borbón de una operación de desprendimiento de retina. Por una feliz casualidad, a sus puertas estaba congregada una multi-tud de personas, que al descubrir con sorpresa a los reyes, porque no los esperaban, los vitoreó y aplaudió. Son coincidencias que les pasan a los re-yes, cuando tienen un buen servicio de protocolo.

PERSEGUIDOS POR LA LLUVIA

Terminada la visita, las reales personas fueron invitadas a comer en su casa por el doctor Barraquer, “una comida sencilla, al estilo catalán”, co-menta el diario, lo que traducido al román paladino significa que comieron butifarra hasta hartarse. Al salir a la calle para dirigirse al aeropuerto se produjo otra circunstancia accidental sorprendente, según leemos en la pá-gina 6 del diario: “Pese a la torrencial lluvia que caía en aquel momento sobre Barcelona, en la calle había congregadas unas trescientas personas, que reiteraron a los Reyes de España las muestras de simpatía de que les habían hecho objeto a su llegada.” Porque diluviaba, que si no hubieran si-do trescientas mil. No hay quien gane a los barceloneses en borbonidad.

Ya en Madrid tuvo lugar la recepción oficial, en los jardines del Campo del Moro, junto al Palacio Real. Felicitaron a su majestad el rey católico nuestro señor el Gobierno en pleno, aunque ya lo había hecho por la maña-na; los miembros del Consejo del Reino, que también repetían; el Cuerpo Diplomático, las autoridades civiles y militares, políticos y tiralevitas de toda laya, toreros, deportistas y académicos. En total se sentaron a las me-sas para cenar 1.500 enchufados, que no pudieron ponerse las botas de co-mer, porque el diluvio de Barcelona se trasladó entonces a Madrid, y todos salieron corriendo a refugiarse en palacio, dejando las viandas a medio consumir.
Así lo cuenta La Vanguardia Española con toda seriedad, aunque parezca el argumento de una película cómica. Y es que al ser la monarquía una ins-titución anacrónica, todo lo que se relaciona con ella resulta disparatado, y no puede sorprender ver a una dama con vestido largo y un collar de di-amantes corriendo a la pata la llana con medio pollo en la boca y una copa de vino en cada mano. Si llega a estar invitado Berlanga, vaya película de humor negro tendríamos ahora.

Todo eso sucedió el 24 de junio de 1976, para festejar la onomástica de Juan Carlos I de Borbón, sucesor a título de rey del dictadorísimo. Han pa-sado 43 años, Juan Carlos I sigue siendo rey pero decrépito, su onomástica no sólo dejó de ser fiesta nazional, sino que ya nadie se acuerda de ella ni de él, y lo peor de todo es que Berlanga no hizo una película sobre su chus-co reinado. Hay que esperar a que algún discípulo de Valle--Inclán escriba un esperpento semejante a los inspirados por la reina castiza y su corte de los milagros. Tema hay de sobra para otro, y mucho más gracioso. Era tan poco gracioso el reinado de Isabelona, que terminó en la Gloriosa Revolu-ción de 1868. Tema hay de sobra para otra.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

Comentarios
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no hace falta   |2019-06-27 12:54:22
se felicita a sí mismo por la vida de crápula, caprichoso y comisionista que
ha llevado toda su vida
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