La reina y sus obispos lacayos

Arturo del Villar

EL telediario de las tres de la tarde emitido por La 1 de TVE este 9 de junio de 2019 ha presentado un reportaje sobre el aborto, ilustrado con de-claraciones del propietario y el director de la Clínica Dator de Madrid. La elección del centro estuvo bien hecha, porque es uno de los más distingui-dos, tanto que allí abortó Letizia Ortiz Rocasolano el 27 de octubre de 2002, cuando era una simple locutora de televisión y no podía imaginarse ni en sus sueños más superrealistas que llegaría a convertirse en reina de España. Las facturas por 300 euros en total a su nombre fueron reproduci-das por su primo favorito, David Rocasolano, en su muy bien documentada biografía titulada Adiós, Princesa, publicada por Akal en Madrid en 2013, páginas 186 a 188.

 

 

El feto no había sido procreado por su primer marido, del que estaba di-vorciada desde el 7 de marzo anterior, sino por alguno de sus compis yo-guis. Los cronistas del reinado apuntan el nombre de un compañero de pro-fesión, que es preferible no citar en evitación de demandas judiciales. Según sus biógrafos no autorizados, no era la primera vez que se sometía a un aborto, porque al menos lo hizo otra anterior en 1996 en el Hospital Médica Sur, durante su agitada existencia en México, en donde además de vender tabaco por las calles, como lo demuestran las fotografías, y de posar desnuda para el pintor Waldo Saavedra, como lo demuestra el cuadro, ejer-ció otras actividades, como lo demuestra el embarazo no deseado.

Nadie puede criticarle que tomara esas decisiones personales. Lo intole-rable es que la Conferencia Episcopal Española, presidida por un tal carde-nal Blázquez, pertinaz acusadora de quienes abortan o facilitan un aborto, acepte que la reina de España sea una abortista, pese a disfrutar del apelati-vo de reina católica, por regalo del inmundo papa Alejandro VI en 1496 a Isabel y Fernando y sus sucesores.

Pero es imposible ser abortista y pertenecer a la secta catolicorromana, porque así lo prohíbe el canon 1398 del vigente Código de Derecho Canó-nico, por el que se rige la secta desde su promulgación por el tristemente célebre papa Juan Pablo II, hecha en Roma el 25 de enero de 1983. Este canon es muy expeditivo, se encuentra en el libro VI, “De las sanciones en la Iglesia”; parte II, “De las penas para cada uno de los delitos”; título VI, “De los delitos contra la vida y la libertad del ombre”, escrito sin hache, pero la errata no invalida el precepto, y proclama: “Quien procura el abor-to, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae.”

La excomunión implica echar fuera de la Iglesia catolicorromana, de ma-nera que el reo, o la rea en este caso, no puede participar en ninguna de las actividades eclesiásticas. Y eso sucede desde el mismo instante de la reali-zación del aborto, sin necesidad de que actúe ninguna autoridad de la Igle-sia catolicorromana, según lo dispone el canon 1314: “La pena es general-mente ferendae sententiae, de manera que sólo obliga al reo desde que le ha sido impuesta; pero es latae sententiae, de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito, cuando la ley o el precepto lo establecen así expresamente.” Luego la reina no pertenece a la Iglesia catolicorromana.

Una de dos: o ese tal cardenal Blázquez es una bestia ignorante del Códi-go por el que se rige la secta que le concedió la dignidad cardenalicia, o es un taimado hipócrita que lo conoce pero no se atreve a aplicarlo, al tratarse de la reina titulada católica, aunque evidentemente excomulgada, de Espa-ña. En cualquiera de los dos supuestos este miserable no merece ser carde-nal, y la Conferencia Episcopal debiera expulsarlo ipso facto de su seno, si no estuviera formada por chusma farsante de su misma ralea.

Y ese tal granuja cardenal Blázquez no puede alegar ignorancia acerca de las andanzas abortivas de su reina, porque yo mismo le envié fotocopias de las facturas reproducidas en Adiós, Princesa, con anotaciones pertinentes para recordarle su obligación ante el calificado como delito por el Código.

El apóstol Pablo escribió de su puño y letra en la Epístola a los gálatas: “Dios no hace acepción de personas” (2:6), de manera que quienes afirman ser sus representantes en la Tierra tampoco debieran hacerla, sino tratar iguales a reinas y obreras. Bien es verdad que los obispos y cardenales no han leído la Biblia, por continuar la prohibición de hacerlo bajo pena de muerte en la hoguera durante veinte siglos de historia criminal de la secta, aunque la constitución dogmática Dei Verbum, aprobada por el Concilio Vaticano II y promulgada por el desvergonzado papa Pablo VI el 18 de no-viembre de 1965 recomendó su lectura, “con notas convenientes” (VI, 25). Y también a estos depravados los estamos manteniendo a nuestra costa.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MIL

Comentarios
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Anónimo   |2019-06-10 12:29:13
virtudes públicas, vicios privados
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