¿Cuál es el futuro de Europa? ¿El seguidismo de USA?

Cándido Marquesán

La Ilustración surgida en Europa  introdujo la creencia de la idea de progreso, entendido como el continuo mejoramiento de las condiciones de vida en el futuro a nivel político, social y económico, al liberar la razón del yugo de la tradición y de la autoridad.   Negándose a dejarse dictar su comportamiento por una ley exterior, salió de la esclavitud mental anterior que sometía a los hombres  al pasado, a la comunidad o a una figura trascendente (Dios, Iglesia, Monarquía). Kant definió la Ilustración como la salida del hombre “fuera del estado de minoría de edad en el cual se mantenía por su culpa” y la conquista por cada uno de su propia autonomía, es decir, del coraje de pensar por sí mismo sin estar dirigido por otro.

A partir de este momento, la cultura europea, en torno al discurso de los derechos humanos y del uso de la razón como instrumento para organizar las sociedades humanas, fue el referente para el resto de las culturas del mundo.

En este nuevo mundo globalizado y del discurso posmoderno, todos esos valores de la Ilustración, representados en la democracia, los derechos humanos,  el constitucionalismo, el Estado de bienestar, Europa no ha sabido defenderlos, creyendo ingenuamente que por su esencia positiva eran incuestionables, y por ello se ha producido un duro golpe a nuestra creencia en la idea de un progreso permanente. No obstante, la concepción del progreso reflejada hasta ahora es cuestionable y parcial, ya que supone la invisibilización de las víctimas. Así nos lo advirtió Walter Benjamin en  sus tesis Sobre la Filosofía de la Historia, en la  IX titulada El ángel de la Historia: lo que para él son cadáveres y escombros es para nosotros progreso. Para los oprimidos y explotados el estado de excepción es una situación permanente. Eso que llamamos progreso se ha hecho sobre las espaldas de una parte de la humanidad. Y si no hay derecho para unos, aunque fueran pocos, que no lo son, la justicia de todo el derecho queda en suspenso. Lo incuestionable es que el derecho se suspende a voluntad de los poderosos, las guerras producen muertos y la riqueza, miseria.

Sin saber cómo ha sido, de repente  nos hemos apercibido  de que el futuro  no solo no se ve mejor, sino que es la imagen de toda clase de malos augurios. El pasado está mejor iluminado que el futuro: lo vemos más claramente. El futuro se ha derrumbado sobre el propio presente. No sabemos qué mundo van a heredar nuestros hijos, pero ya no podemos seguir engañándonos con la suposición de que se parecerá al nuestro. Por ello, nuestra tarea del presente se ha convertido en tratar de que no llegue ese futuro que vislumbramos: un futuro en el que Europa ya no es un modelo a imitar, que está perdiendo competitividad; en declive demográfico compensado por la llegada de emigrantes, lo que no impide la xenofobia mostrada con incendios de los albergues de refugiados; el cuestionamiento de Schengen y los ultranacionalismos muestran la fragilidad del proyecto de la UE; un futuro en el que nuestros hijos y nietos no tendrán, como nosotros hasta hace poco, garantizados ni un puesto de trabajo, ni una digna pensión ni unas adecuadas prestaciones del Estado de bienestar. La tarea del presente no es pensar en un futuro mejor, sino en mantenernos como estamos.

Hace unas décadas todas las manifestaciones en las calles y las huelgas de la clase trabajadora-hoy sentimos vergüenza de tal denominación, al hacernos creer que éramos clase media- en Europa estaban orientadas para conquistar algo; ahora, las mismas acciones son para evitar que no nos arrebaten las conquistas alcanzadas, y, que ingenuos llegamos  a pensar que iban a ser sempiternas. Como señala Fernando Vallespín, una imagen muy explícita que representa el presente actual es la de una alumna de un liceo francés en una manifestación en tiempos de Sarkozy portando la siguiente pancarta “Queremos vivir como nuestros padres”. Este es el fracaso de Europa, al no tener garantizado el progreso de las generaciones futuras.

Por tanto, hoy Europa no somos el modelo a imitar, somos una más de tantas culturas. Es más, tendemos a imitar la cultura norteamericana, proceso que se intensificará con la firma del Tratado de Libre Comercio USA y UE. Debemos saber hacia dónde vamos. Según el sociólogo Robert Putnam, se ha producido un auténtico declive del capital social en los Esta¬dos Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, pero sobre todo a partir de los años setenta, lo que significa un empobrecimiento generalizado de las relaciones sociales, asociado a problemas claros de cohesión cívica y de individualización de la vida cotidiana. Todo ello lleva a la soledad y aislamiento como manifiesta en su obra Solo en la bolera; descripción de esa sociedad civil americana cada vez más fragmentada, indivi¬dualizada, solitaria e  insolidaria,  a la vez, que menos interesada por las insti¬tuciones de gobierno, el sistema político o la acción colectiva, al quedar encerrada en su propia privacidad.

Los juicios de Robert Putnam sobre el declive del capital social en los Esta¬dos Unidos son extrapolables a Europa, ya que en este continente  obnubilados tendemos a imitar todo lo que provenga de los Estados Unidos.  Lamentable. Pero la realidad es la que es. Todavía muchas personas consideran a los Estados Unidos su referente político, social, económico y cultural. Es el país de la democracia, de los derechos humanos, que los exportan por todo el mundo; del sueño americano, de los avances científicos con prestigiosas universidades y premios Nobel, de la llegada a la Luna, de la NBA y de Hollywood. El apoyo a dictaduras, la injustificable invasión de otros países con el pretexto de “llevar la democracia”; su extraordinario gasto militar  a costa del social y su contribución masiva al calentamiento del planeta  les resultan irrelevantes.

Hago un pequeño recordatorio de sus actuaciones en política exterior. Derrocar a Mossadegh para imponer el tirano Reza Pahlavi en Irán;  armar a los Saudíes en contra de los progresistas árabes; apoyar a las dictaduras fascistas de Franco en España, Salazar en Portugal y de los coroneles en Grecia; usar a los fascistas de Europa occidental para montar el Gladio; apoyar al tirano Batista en Cuba, el apartheid en Sudáfrica, a la Rodesia racista (futuro Zimbabwe);  asesinar a Lumumba para imponer al tirano Mobutu; instalar la dictadura de Suharto; apoyar al dictador Pinochet para derrocar a Allende, a los generales asesinos en Argentina, al nazi Stroessner en Paraguay, a los dictadores Banzer en Bolivia y Duvalier en Haití; quitar a Bosch en Santo Domingo y a Zelaya en Honduras; armar a Bin Landen  y a los talibanes en Afganistán; financiar y armar a la “contra” en Nicaragua; invadir Granada; financiar a Mubarak en Egipto; apoyar  y financiar los crímenes de  Israel en contra de los palestinos; e invadir Irak… No está mal el currículum. Todo justificado, ya que según Bush II su país ha sido destinado por Dios para realizar una misión histórica. Por ello, no sorprende que en 2001 con una simpleza rayana en la estupidez, si no fuera por el cinismo que esconde, dijera “Me confunde ver que hay tanto malentendido de lo que es nuestro país y que la gente nos pueda odiar… Simplemente no puedo creerlo, porque yo sé cuán buenos somos. Tenemos que explicarnos mejor. Tenemos que explicar a la gente de Oriente Medio que es contra el mal contra el que estamos luchando, no contra ellos”. De Trump vale más no hablar sobre su actuación en estos momentos hacia Venezuela.

Ahora quiero referirme a algunos hechos de su política interior, muy esclarecedores de su decadencia  irreversible. 

En cuanto a su democracia ejemplar, don Dinero es el principal elector, donde 158 familias, por supuesto multimillonarias, son los principales donantes en la campaña de demócratas y republicanos para ganar la Casa Blanca en 2016. Juan Williams, un analista político de Fox News Channel, en su artículo, "Política, un deporte para multimillonarios", recoge la imagen que ilustra la actual puja por el gobierno.

Racismo. Xenofobia. Palizas a los refugiados. Una interminable y vergonzosa sucesión de asesinatos y maltratos  de ciudadanos negros por la policía. Todo ello a la vista de cualquiera. Y en los mítines de todo el país, los candidatos republicanos –sobre todo Donald Trump– fueron vitoreados  por multitudes blancas por decir cualquier barbaridad sobre negros, latinos, musulmanes.  Puede encontrarse en la red  un vídeo ubicado en Staten Island, ciudad de Nueva York, en el que unos policías detienen a un afroamericano Eric Garner sin ningún tipo de razón, y que muere estrangulado por una llave que estaba ilegalizada desde hace tiempo; ya en 1993 el Departamento de Policía de Nueva York la prohibió. Eric se quejó amargamente en el suelo, además de ser s asmático, advirtiendo que no podía respirar. Y murió en la calle, sin haber recibido atención alguna. Todo un ejemplo de racismo institucional.

En Nueva York 57.000 personas viven en las calles, los llamados homeless, un triste atractivo de la "ciudad de los rascacielos", donde la miseria contrasta con la reluciente riqueza, y miles de personas, incluso niños y ancianos, carecen de una casa. En las cercanías del edificio de la ONU un anciano, con la piel quemada por el frío, trata de sobrevivir sobre un respiradero de la calefacción que sale desde las alcantarillas y recibe limosnas de los transeúntes.

En su blog la guatemalteca Ilka Olica Corado. Crónicas de una inquilina,  publica el artículo Miseria en la yugular del capitalismo, donde señala la dramática situación de atención sanitaria de los parias: los olvidados y explotados del sistema.  Ilka es uno de ellos, como su salario por indocumentada no le da para pagar una clínica privada y no tiene seguro médico para ir a un hospital del sistema, acude a unas “clínicas” con largas horas de espera, en estancias con -18º en lo más crudo del invierno, con paredes manchadas y la pintura descascarándose, puertas oxidadas, sillas despintadas. Un aspecto lúgubre y deprimente, que le recuerda los hospitales públicos de su sufrida Guatemala, donde las medicinas las compra el paciente.

Y como colofón. Un mes después de los atentados del 11 de septiembre, un alto funcionario del FBI, Ronald Dick, advirtió a la Cámara de Representantes: “Debido a la importancia crucial del agua para todas las formas de vida… el FBI considera un peligro grave amenazar con atacar el suministro de agua”. En 2003, un artículo de United Press International informaba que un agente de al-Qaeda “(no descarta) utilizar gas sarín y envenenar el agua potable de Estados Unidos y ciudades de Occidente”. El ataque contra el suministro de agua que los terroristas no lograron realizar, lo realizó con éxito el estado de Michigan. Los hogares de la ciudad de Flint con mas del 60% de afroamericanos han estado abastecidos con agua contaminada con plomo desde 2014, para ahorrar 5 millones, lo que ha provocado enfermedades y posible daño cerebral a los habitantes más jóvenes. El activista Michael Moore lo ha calificado de “crimen racial. “En otro país se le llamaría limpieza étnica”. “Esto no hubiera ocurrido en ciudades de predominio blanco”.




Comentarios
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Urbano   |2019-05-20 12:33:56
siniestro pero realista panorama
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