SACAR AL SANTO

Agustín Vega Cortés

La democracia muere por dentro cuando es percibida por los ciudadanos como algo que no les incumbe, y llegan al convencimiento de que solo se trata de un manual de instrucciones para alcanzar el poder de una manera más o menos civilizada.Un país como el nuestro, en el que resulta casi imposible encontrar a alguien que no repudie a los que nos gobiernan tanto como a los que amenazan con hacerlo, padece de una enorme debilidad democrática. Se puede argumentar que, a pesar de todo, la mayoría vota en las elecciones, pero eso es como confundir tener libros en casa con leer. Antes, al comprar un mueble para el comedor, te regalaban una caja de cartón que simulaba una fila de libros para adornarlo.

En sus falsos lomos figuraban títulos clásicos como Don Quijote, La Celestina, Los Miserables, o Guerra y Paz. Lo mismo ocurre en el plano religioso; rara es la familia española que no celebra la primera comunión de sus hijos, pero eso no significa que sean católicas. Por eso la iglesia, siempre tan astuta y condescendiente con tal de mantener el aforo, ha determinado que todos somos católicos salvo manifestación expresa en contrario. O sea, que somos católicos por defecto. Es curioso lo anticlericales que son los miembros de las cofradías. Puede que tengan mucha fe en los santos que sacan, pero ninguna confianza en los curas. Bajo los faldones de los pasos, los costaleros tejen conspiraciones secesionistas, y claman contra el párroco, como si fueran jornaleros de la CNT de los años 20.

Nuestra democracia va camino de ser algo así. Una simulación de cartón piedra que provee al país de buena apariencia. Sus ciudadanos, demócratas por defecto, cumplen mayoritariamente con lo único que les exige el poder: el rito de ir a votar periódicamente para refrendar como diputados o alcaldes, a aquellos que los caudillos ya han decidió que lo sean. Es como sacar al santo en procesión. No importa si mientras votan o desfilan abjuran de todo lo que hay detrás.

Votamos, pero no a favor de unos, sino en contra de los otros. Los programas electorales no importan a nadie. ¿Quién sabe la diferencia que hay entre las propuestas de la derecha y las de la izquierda? ¿Cuántas leyes cambian o derogan cuando se turnan en el mando? Los debates no se hacen sobre lo que cada partido propone, sino sobre la interpretación que cada uno hace de lo que el otro no ha dicho. Precisamente por esa ausencia de ofertas políticas diferentes sobre las cosas que importan, existe esa radicalidad en el enfrentamiento partidario. Solo se confrontan diferentes grupos que aspiran al poder por el poder, y que usan la política como una tapadera. Por eso tienen que mentir, tergiversar, exacerbar y negarle al otro hasta el derecho a existir. Presentarlo no como alguien que piensa de otra forma sobre cosas concretas, sino como alguien amenazador, cuya intención última es causar el mal.

Tenemos una democracia en la que los partidos no intentan persuadir a los electores con la razón, sino comprarle con prebendas, o asustarle con la amenaza del contrario. El miedo puede ser un programa político muy eficaz, pero no es democrático.

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