La última traición a la República, hace 80 años

ARTURO DEL VILLAR

MADRID había gritado “¡No pasarán!” a los militares fascistas sublevados contra la República, y es verdad que les impidió el paso, hasta que otros militares que debían defender la capital se sublevaron también contra la República, y organizaron una segunda guerra interna dentro de la gran guerra nacional. Hace 80 años de la incomprensible traición, más repugnante que la llevada a cabo el 17 de julio de 1936 por los militares monárquicos, porque éstos se rebelaron contra un régimen que nunca aceptaron, mientras que los doblemente traidores del 5 de marzo de 1939 se sublevaron contra el Gobierno legítimo por el que estuvieron combatiendo hasta entonces. Por su causa el Ejército Popular tuvo que desdoblarse, y además de combatir contra los monárquicos y sus patrocinadores nazifascistas europeos, luchar contra los nuevos rebeldes que hasta entonces formaron parte de él, lo que impidió cualquier posibilidad de victoria.

Los nombres del excoronel Segismundo Casado, comandante jefe del Ejército del Centro; el exgeneral José Miaja, inspector general de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, y el excoronel Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo del Ejército del Centro, tienen un lugar destacado en la historia universal de la infamia, y merecen el desprecio eterno de los republicanos.

Y con ellos el del civil despreciable que secundó esta tercera rebelión antirrepublicana, el falso socialista Julián Besteiro, sublevado contra un Gobierno legítimo presidido por su compañero del Partido Socialista Obrero Juan Negrín. Él fue el encargado de dirigir la Consejería de Estado en el llamado Consejo Nacional de Defensa creado por los traidores, y de organizar la represión contra los madrileños leales. No hay suficientes insultos en el diccionario para calificar su abyecta conducta, más vil que la de los militares monárquicos, puesto que se rebeló contra su partido integrante del Frente Popular, y contra un compañero con el que debiera haberse solidarizado. Es indignante que tenga un busto en el Congreso de los Diputados, y que su nombre ampare instituciones del partido que se dice Socialista y Obrero, aunque haga mucho que fue abandonado por los obreros.

FALSEDADES E INMUNDICIAS

Tropas leales al único Gobierno leal de la República se enfrentaron a los neosublevados, y comenzó una guerra civil en Madrid. El diario Abc, incautado desde el inicio de la sublevación para que no publicara informaciones a favor de los rebeldes, fue incautado ahora por los neosublevados, y convertido en su boletín oficial. El 9 de marzo publicó un editorial inmundo en su primera página, sin duda redactado por Besteiro, porque el estilo así lo delata. Estaba lleno de mentiras, en el que achacaba al Gobierno legítimo del doctor Negrín las lacras propias de los rebeldes:

[…] la creación del Consejo Nacional de Defensa ha sido acogida en todo el territorio de la España leal con evidentes pruebas de que el nuevo organismo del Estado era una necesidad indiscutible […] no le quedaba al desaparecido Gobierno del doctor Negrín más que una fórmula para poder seguir subsistiendo: erigirse en árbitro de todas las conciencias antifascistas, obrando sin escrúpulo alguno en la manigua [sic] del propio egoísmo y conveniencia, atento sólo a su prurito de supervivencia para el que no estaba capacitado en modo alguno. 

Era completamente falso que el Consejo Nacional hubiera sido acogido favorablemente en toda la zona leal, como lo demuestra la constatación de que los milicianos se enfrentaron a los neosublevados, en lo que constituyó un enorme desastre, puesto que debieran estar combatiendo a los fascistas. En cuanto a que Negrín se hubiera erigido “en árbitro de todas las conciencias antifascistas”, eso era precisamente lo que decían hacer los consejeros, en representación de “todo el territorio de la España leal”.
Está documentado que desde finales de enero de 1939 el quintacolumnista Antonio de Luna, en representación de la Junta Nacional de Burgos, inició conversaciones con Casado para negociar la entrega de Madrid sin lucha, y el 1 de febrero se fijaron los planes. El 20 de febrero Casado recibió a los enviados de la Junta de Burgos, el exteniente coronel José Centaño de la Paz y Manuel Guitián, con los que acordó la fórmula de la alta traición que aceptó cometer.

LA GRAN TRAICIÓN

El domingo 5 de marzo se reunió el Consejo de Ministros en Elda (Alicante), la llamada Posición Yuste. El presidente había enviado un avión a Madrid para que recogiese a los todavía generales Miaja y Casado, pero ellos se negaron a trasladarse a Elda, pese a las reiterada órdenes telefónicas de Negrín. Por el contrario, reunieron en los sótanos del Ministerio de Hacienda, en donde se había instalado el Cuartel General del Ejército del Centro, a los miserables que aceptaron sublevarse contra el Gobierno por el que estuvieron combatiendo hasta entonces, siguiendo el modelo de los que se anticiparon el 17 de julio de 1936. Allí se consumó la traición final contra la República.
Todavía se luchaba en las calles de Madrid entre los dos bandos, cuando el día 11 el diario Abc publicó un editorial titulado “Juicio ante la Historia”, con seguridad redactado por Besteiro, porque tiene su estilo ramplón, en el que proseguía la tarea de desinformación con una sarta de falsedades desmentidas por el mismo texto:

La totalidad de los partidos y organismos antifascistas –con una sola excepción— y las fuerzas de tierra, mar y aire, el pueblo entero, están identificados con su Consejo Nacional de Defensa, y así lo demuestran de manera expresa o tácita en cuantas ocasiones se les presentan. La ley de la democracia ha sido cumplida y la voluntad de tener un Gobierno que refleje los anhelos del pueblo, ha sido respetada.
No podemos comprender,  por tanto, la actitud de rebeldía frente al organismo supremo que representa hoy a la democracia española […]
Esto no debe continuar; no es posible que esta terrible equivocación persista. Llamamos a la conciencia de quienes la alimentan y sostienen para que depongan su pasión partidista en aras del interés colectivo. Esta pasión, condenada a trágica esterilidad, tendrá repercusión en la Historia; y habrá de ser condenada a apóstrofe de maldición.

Un estilo tan cursi tenía que ser obra indiscutiblemente de Besteiro, tan cegado por su traición que no era consciente de las contradicciones en las que incurría. Primero aseguraba contar con la adhesión de “la totalidad” de las organizaciones antifascistas, “con una sola excepción”, que era la del Partido Comunista, de fidelidad inquebrantable a los valores republicanos hasta el último momento, pero a continuación lamentaba “la actitud de rebeldía” de quienes se negaban a secundar la traición del Consejo, por lo que no contaba con “la totalidad”.
Después declaraba que la guerra interna provocada por su rebelión no podía continuar. Sin embargo, pretendía que los leales al único Gobierno legítimo de la República se rindieran a ellos “en aras del interés colectivo”. En aras de ese interés las tropas resublevadas debieran estar luchando contra las monárquicas y sus patrocinadores nazifascistas europeos, en vez de tener que dividirse en dos frentes para combatir a los traidores. Caiga sobre Besteiro y sus compañeros el apóstrofe de maldición eterna que él mismo invocó. 

MADRID NO SE RINDIÓ

El 12 de marzo los neosublevados triunfaron en Madrid, en medio de un baño de sangre en el que asesinaron a los republicanos leales. El coronel Luis Barceló, jefe del I Cuerpo del Ejército del Centro, que se negó a tomar parte en la conjura, fue fusilado: los consejeros actuaron exactamente igual que los militares monárquicos iniciadores de la guerra. 
La traición estaba “condenada a trágica esterilidad”, como escribió el tránsfuga Besteiro con otra intención. El día 27 los tres cuerpos del Ejército que dominaban Madrid desertaron en su totalidad. A las 23 horas los traidores se dirigieron a los madrileños por los micrófonos de Unión Radio, invitándoles a rendirse a los próximos invasores de la capital sin ofrecer resistencia.
Y así el 28 de marzo los sublevados del 17 de julio tomaron  Madrid sin lucha, gracias a la traición de los judas encargados de su defensa. Los madrileños no se rindieron, sino que cumplieron su promesa de no permitir el paso a los rebeldes. Fueron vendidos por militares y civiles perjuros al enemigo. Se había apodado a Madrid “Capital de la Gloria”, y bien mereció el calificativo, por la gloriosa defensa que opuso a los invasores, a los que impidió pasar desde octubre de 1936, cuando la cercaron y bombardearon continuamente. Contra todas las adversidades perduró el heroísmo de los madrileños.
Los consejeros habían salido ya en avión para Valencia, excepto el renegado Besteiro, que se quedó con la esperanza de recibir el premio de su traición por parte de los rebeldes monárquicos conquistadores de Madrid. No tuvo en cuenta que los traidores no son necesarios cuando la traición está consumada, y acabó en una cárcel de la dictadura que él contribuyó eficazmente a implantar en la España vencida: justo castigo a su felonía.   

COMENTARIO MILITAR

Merece una lectura el comentario del general Vicente Rojo sobre el Consejo Nacional de Defensa, tal como aparece en su libro de memorias ¡Alerta los pueblos! Estudio político—militar del período final de la guerra española, citado por la edición de Ariel de 1974, páginas 171 y siguiente:

El golpe de Estado pudo tener intenciones honradas, pero fue torpe. En esencia se trataba de dirigir una acción contra un partido del que estaban celosos, es decir, de una ruptura del Frente Popular. […]
Lo que tanto tiempo se había querido evitar que plasmase en realidad, la lucha que estaba latente entre los partidos, iba ahora a ser provocado en condiciones catastróficas, cuando los odios habían de tener su máximo desarrollo, destruyendo la capital que con tanto tesón habían defendido unos y otros como hermanos, y hundiendo en el horror de otra guerra civil una causa popular que a costa de tantos sacrificios se había dignificado. He aquí el lamentable error del Consejo de Defensa.

Por supuesto, el partido del que estaban celosos era el Comunista, por ser el único bien organizado gracias a los asesores soviéticos, que transformaron las milicias en el Ejército Popular capaz de enfrentase con éxito a los militares monárquicos y sus patrocinadores nazifascistas. El pérfido Besteiro, catedrático universitario y militante del Partido Socialista Obrero, sin ser socialista ni obrero, se hizo el portavoz de la tercera gran traición contra la República, después de las organizadas en julio de 1936 por los militares monárquicos, y en mayo de 1937 por el llamado Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), que tampoco era ni obrero ni marxista ni intentaba unificar, sino destruir. La tercera se consumó en marzo de 1939, por unos militares y civiles vendidos a los monárquicos, que tuvo su portavoz en Besteiro.    
Al cumplirse 80 años de la última gran traición a la República, es útil recordar el comportamiento de las gentes que la propiciaron, para que sus nombres sean reconocidos  por lo que hicieron, no por lo que traten de explicar los partidos políticos, para justificar a sus dirigentes. Caiga sobre ellos la maldición anunciada por el maldito Besteiro.




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