Cancionero de Miguel Hernández

ARTURO DEL VILLAR

PROBABLEMENTE será Miguel Hernández el poeta español más musicalizado y cantado, lo que implica que es también el más popular. Realmente fue un poeta del pueblo, casi autodidacta, puesto que apenas acudió a la escuela en su infancia, y no tuvo más formación superior que la alcanzada mediante la lectura de libros mientras cuidaba las cabras, libros que debía ocultar para que no se los rompiera su padre. En su caso sí puede asegurarse que nació poeta, y por ello venció cuantas dificultades se le opusieron en su corta y triste vida.

Sus poemas resultan muy musicales gracias a las rimas sencillas. Los versos rimados siempre son fáciles de recordar, porque el primero tira de los demás. La poesía de Miguel Hernández es popular debido a que todo el mundo la comprende, es adecuada para la inmensa mayoría de los lectores u oyentes, que además se involucran en ella. Por eso tantos compositores e intérpretes han utilizado sus versos para envolverlos en la música que ellos mismos poseen. Sabemos cuántos son los que han grabado discos con sus versos, porque Fernando González Lucini los ha relacionado y comentado en un libro que acaba de publicar, titulado Miguel Hernández …y su palabra se hizo música, con la colaboración del Centro Cultural Generación del 27, la Diputación de Málaga y la Fundación Cultural Miguel Hernández.

Tiene 260 páginas de texto y 21 con las reproducciones en color de las carátulas de los discos. No es un ensayo de crítica literaria, sino una recopilación de datos acerca de las grabaciones realizadas entre 1967 y 2018, en 51 años, sobre poemas hernandianos. Solamente relaciona las grabaciones, porque explica que son innumerables las canciones que muchos intérpretes ofrecen en diversas actuaciones, lo que hace imposible enumerarlas. Suma una nómina de 248 intérpretes, con un repertorio de 168 poemas musicados, pertenecientes a los libros de poesía y también a las obras dramáticas.

LA MÚSICA DE LAS PALABRAS

El autor cuenta con una extensa bibliografía sobre música, que incluye libros dedicados a historiar la canción española, sobre pedagogía musical, y biografías de cantantes: con razón uno de ellos se titula Mi vida entre canciones (2017). Hemos comprobado con excesiva frecuencia que las letras de las canciones españolas son ripiosas o absurdas o ridículas. Al estudiar las basadas en poemas de Hernández adquieren un valor incomparable, que debe compensar la mediocridad de los letristas usuales. En cambio, algunas musicalizaciones no consiguen alcanzar la dimensión del texto original. Pese a todo, un recital de canciones basadas en poemas hernandianos tiene asegurada una alta calidad. Llevan la música en las rimas, de modo que invitan al canto.

El libro preferido por los músicos es el último compuesto por el poeta, terminado cuando se acabó su vida en la prisión de Alicante, en donde lo encerraron los vencedores de la guerra, contra los que había luchado con  versos. Su título señala ya una característica que lo hace idóneo para ser cantado, puesto que es Cancionero y romancero de ausencias, aunque Lucini lo titula Cancionero y romancero de la ausencia; también hace plural  erróneamente el título de Viento del pueblo, en las páginas 35 y 36.

Se pregunta cuál es la denominación más adecuada para este género literario—musical, entre las varias utilizadas habitualmente: canción de autor, nueva canción, canción social o el otro cantar, y propone como preferible la de nuevo canto solidario. En el caso de Miguel Hernández resulta exacto, ya que el poeta expresó unos sentimientos de clase, la situación de quien no posee más que su propio esfuerzo para abrirse camino en la vida. Él lo consiguió en parte, puesto que si logró realizar una obra literaria grandiosa, el vivir cotidiano le fue adverso, tanto como para escribir que tenía los huesos hechos a las penas, a causa de haber nacido bajo un sino fatal, que le condenó como al toro al luto.

POETA POPULAR Y PASTORIL

A veces se le relaciona con los poetas del grupo del 27, aunque era más joven que todos ellos y no compartió sus actividades líricas. Exageró Pablo Neruda al insultar a Gerardo Diego por no haberlo incluido en sus antologías poéticas editadas en 1932 y 1934, ya que hasta la aparición de El rayo que no cesa en 1936 lo publicado por él es de poco valor. Coincide con varios integrantes del grupo del 27 en esa común atención a la poesía popular habitual en él y también mostrada por algunos de los componentes del grupo. En realidad enlaza con toda la poesía popular de España. Si Garcilaso ponía sus églogas en boca de pastores, “Salicio juntamente y Nemoroso”, en el caso de Hernández no necesitaba disfrazarse de pastor, ya que realmente lo había sido en su niñez.  Con la diferencia de que él no reproducía “el dulce lamentar de dos pastores”, sino la crudeza de la vida para los desprovistos de fortuna.  En la historia de la lírica española existe un capítulo dedicado a la poesía pastoril, que tras un vacío sin cultivo debiera concluir en Miguel Hernández.

No obstante, difiere tanto de los poetas clásicos como de los llamados del 27 por su condición social: en realidad es un caso de poeta popular que por su tesón llegó a convertirse en un poeta culto. Los que forman el grupo del 27 pertenecían a la burguesía acomodada, incluso había un conde entre ellos, estudiaron en universidades y algunos fueron catedráticos. Aunque en su mayor parte se solidarizaron con el pueblo y sirvieron a la República, lo que les obligó a exiliarse al terminar la guerra, no pertenecían al pueblo por su nacimiento y condición, como era el caso de Hernández, que andaba por Madrid con su traje único de pana y en alpargatas, en busca de un trabajo adecuado para su escasa formación. No pudo ir a la Universidad, aunque ahora es objeto de muchas tesis doctorales, y los catedráticos explican su arte poética. Paradojas de la vida española.

Opina Lucini que las razones por las que se ha convertido en uno de los poetas más cantados y musicalizados son cuatro: en primer lugar la sencillez y la naturalidad de su escritura, cualidades vinculadas a su origen humilde; también a la circunstancia de su dimensión vocacional y soñadora, transformada en realidad gracias a su constante superación personal, que le hizo convertirse en un modelo para los jóvenes contestatarios durante la dictadura, cuando sus libros estaban prohibidos y debíamos copiar las ediciones argentinas que burlaban la censura; en tercer lugar debido a su extraordinaria capacidad para expresar los sentimientos colectivos, lo que dio lugar a unos poemas conmovedores, en los que llega a ser protagonista la miseria, como en las dolorosas “Nanas de la cebolla”, formalmente bellas y terribles a la vez; finalmente, su compromiso personal, político y literario, antes, durante y después de la guerra, con los valores de la República, sintetizados en el lema de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, por los que combatió.

POESÍA PARA TODO

La paciente labor recopilatoria de Lucini demuestra la atención continuada de los cantantes de diversos géneros a la poesía de Hernández, porque se adapta a todos los tonos, timbres y palos, desde los creados por los cantautores hasta el rock, el punk, el rap o el flamenco, y además alcanza a la música sinfónica. Parte de un día en París, porque en España no era posible, cuando Paco Ibáñez musicalizó, cantó y grabó su poema “Aceituneros” en 1967. Esa llamada a los andaluces de Jaén para que se preguntaran a quién pertenecen los olivos, llegó cantada al campo andaluz y se convirtió en un himno reivindicativo, dentro de las limitaciones impuestas por la censura en todos los órdenes de la vida.

Recuerda una triste anécdota relatada por José Ramón Pardo, acerca de aquella España que no era nuestra. Al enterarse un directivo de Televisión Española, la única existente entonces, arma propagandística del régimen, de que un cantante español triunfaba en París, decidió invitarle a actuar en un programa de máxima audiencia, “Gran parada”. Aceptó Paco Ibáñez, llegó, cantó “Andaluces de Jaén”, y tuvo que volver a exiliase y ya no volvió a actuar en la cadena oficial durante la dictadura.


Esta realidad anómala en aquella España censurada no impidió que los cantantes fueran incorporando poemas de Hernández a su repertorio, con las debidas cauteles propias de la época. Con la consecuencia de que algunos intérpretes, como Elisa Serna, Ismael o Pedro Faura, se vieran obligados a exiliarse. Mejor fortuna tuvo Juan Manuel Serrat, probablemente el más conocido y repetido de cuantos han cantado a Hernández, a quien dedicó un disco monográfico en 1972, titulado simplemente con el nombre del poeta, del que afirma Lucini que es “una obra que desnuda ideológica y sentimentalmente a Miguel Hernández y nos ofrece, en primerísimos planos, su inmensa humanidad y su ternura: diez canciones que emocionan y conmueven” (página 69).

No es posible en este comentario resumir los que hace el autor acerca de todos los discos con textos hernandianos, en España y en Latinoamérica. Ocupan la mayor parte del volumen, y ofrecen datos interesantes y curiosos acerca de ese continuado interés por la poesía de Hernández, cada día más valorada por una inmensa mayoría de personas de la más variada condición, tanto las que enseñan en universidades como las que apenas saben leer y se ocupan en diversos oficios en el ciudad y el campo.
Muy interesante es el capítulo en que se facilitan letras de canciones dedicadas a Hernández.  Nos conmueve de manera muy especial leer lo que le cantaba Víctor Jara, el mártir chileno por la libertad, que parecía hablar a sus verdugos:

No me asusta la amenaza,
patrones de la miseria, 
la estrella de la esperanza
continuará siendo nuestra.

La triste vida de Miguel Hernández le motivó los temas de su escritura, en la paz, en la guerra y en la cárcel. Son temas por eso tan humanos, que forzosamente hieren la sensibilidad de todos los seres de buena voluntad. Por lo mismo son perseguidos por los dictadores.



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