Azaña ante el sacrificio del deber. Homenaje en su 139 aniversario

Azaña con el mayor de los traidores

ARTURO DEL VILLAR.LA finalidad buscada y encontrada por Manuel Azaña en el desempeño de sus cargos políticos, como ministro, jefe del Gobierno y finalmente presidente de la República, consistía en afianzar la estabilidad del nuevo régimen adoptado por el pueblo español. Sabía que se hallaba amenazado por muchos enemigos y defendido por escasos partidarios, al mismo tiempo que una mayoría procuraba aprovecharse de las circunstancias especiales  para realizar sus planes con intereses particulares. Puso todo su empeño en señalarse a sí mismo cuál era su deber, y a continuación en cumplirlo rigurosamente, de manera que fuese útil para la finalidad primordial.

Se sometió con disciplina al acatamiento del deber, con la esperanza de que su ejemplo fuese imitado por otros. Es verdad que su partido, lo mismo Acción Republicana primero que Izquierda Republicana después, secundó sus actuaciones, pero en ámbitos diferentes no alcanzó su objetivo, precisamente porque su manera de entender el arte de gobernar implicaba una entrega al deber como principio de una ética estricta, imposible de cumplir  por muchas personas.      

Este concepto nos obliga a recordar las propuestas de Kant, respecto a su definición de la ética del deber ser, como ley moral universal común a todos los pueblos y épocas. Formuló como imperativo categórico el obrar siempre de manera que el acto personal pueda servir como norma de conducta general. Es una definición sencilla, pero de compleja observancia,  porque no dicta modos de comportamiento, sino la adecuación al deber personal de cada individuo.                               
Para Azaña el deber común a los españoles de su tiempo residía en el afianzamiento del nuevo sistema político que habían elegido. En consecuencia, su propia norma de conducta tenía que concretarse en conciliar su voluntad con el servicio a la República. Así pondría en práctica la doble misión de asegurar la gobernabilidad de la República y demostrar a los demás cómo hacerlo, para que lo imitasen. Ejecutaba la razón práctica definida igualmente por Kant, con su hacer para ser imitado. Su conciencia le sujetaba a la obediencia plena al deber aceptado; ahora comprobaremos el verdadero alcance de su sentido del deber en la práctica política.

LA FUERZA DE LA NECESIDAD

Una persona que elige dedicarse a la política seguramente posee aspiraciones al mando para intervenir sobre la sociedad, imponiéndole las leyes y reglamentos que juzgue más adecuados. Los dictadores se ocupan de hacerlo desde su omnímoda voluntad, y los demócratas lo procuran colectivamente dentro de un partido. Cualquiera que compite en algo desea ganar, ya sea una carrera ciclista, una partida de dados o unas elecciones legislativas. Se quiere el premio, y se lucha por él, aunque resulte dificultoso, incluso peligroso.
Lo que llama la atención al leer el diario de Manuel Azaña en cualquiera de sus acotaciones es su despego del poder, al que se sentía atado inexorablemente, en contra de sus legítimas apetencias de libertad. Es cierto que se presentaba a las elecciones, animado por la necesidad de cumplir con el deber señalado por su conciencia, al servicio del ideal republicano; pero no aspiraba al poder máximo, representado primero por la jefatura del Gobierno y después por la presidencia de la República. Es más, intentó evitarlo cuanto pudo.
Su deseo de mandar se limitaba a tomar parte en una mayoría parlamentaria, que pusiera en ejecución los proyectos necesarios para sostener la República. Ya que esa mayoría no la alcanzaba su partido, se mostraba propicio a las alianzas con los grupos afines. Puesto que se definía como un  ministro técnico, le bastaba con aplicar sus conocimientos y sus deseos a la renovación de las estructuras sociales de la nación. Era bastante trabajo, para no tener que pensar en otra cosa por mucho tiempo.
Pese a ello, desempeñó con enorme habilidad los más altos cargos en la II República Española. Tuvo que aceptarlos por imperativo del deber, muy a su pesar. Es que tanto los políticos como el pueblo sabían que en él se habían encarnado los ideales republicanos, y que por ello se convirtió en el hombre imprescindible. También él lo reconocía, en contra de sus intereses, de modo que no tenía más posibilidad que asumir los cargos, por el bien de la República.

MANERAS DE GOBERNAR

No fueron las circunstancias del momento insólito las que motivaron el encumbramiento de Azaña. También para los restantes políticos las circunstancias eran nuevas. La causa se halla en la personalidad diferenciadora del único político capacitado para el sacrificio, y con una responsabilidad demostrada. La ocasión no se presentaba muy propicia para el lucimiento. Por eso mismo varios políticos preferían reservarse para mejor oportunidad.
Por ejemplo, Lerroux no aceptó formar gobierno en los primeros meses de la recién nacida República, porque adivinaba que no podría llevar a término los trabajos imprescindibles para consolidar el régimen. Así que unas veces dijo impertérrito que esperaba mejor ocasión, y otras desapareció en los instantes más conflictivos. Hasta mencionó que dejaría quemarse a Azaña en ese menester, para presentarse él después como el salvador de la situación y desempeñar tranquilamente el poder.
Otros sí apetecían conducir el país desde la jefatura del Gobierno, pero sus compañeros no confiaban en la idoneidad con la que pudieran intentarlo. Demuestra la historia que la presidencia de los gobiernos durante el bienio negro se comportó de manera nefasta, sin que necesitemos recordar los nombres que ocuparon el cargo. En cuanto a la presidencia de la República, constata igualmente la historia que Niceto Alcalá--Zamora no supo estar a la altura requerida, por lo que hubo de llegarse a adoptar una medida que nadie deseaba aplicar, para no dañar el prestigio de la República, pero que se hizo inevitable, y se le destituyó como solución menos mala entre todas las posibles.

UNA PRESIÓN MORAL IRRESISTIBLE

Hubo que obligar a Azaña, con razones de inexorabilidad política, para que aceptase presidir en un primer momento el Gobierno provisional, y la República más adelante. Era algo que comprendían los diputados, igual que los ciudadanos anónimos. A pesar de ello, lo asaetearon con sus críticas injuriosas. Al presentar resignado ante las Cortes, el 17 de diciembre de 1931, su nuevo Gobierno, el primero constitucional, y exponer los proyectos a realizar, hizo este recordatorio al Congreso:

Yo, señores diputados, dos veces he sido puesto a la fuerza en este sitio: la primera, notoriamente, el 14 de octubre, con la notoriedad de todo el Parlamento y con el testimonio irrecusable de los ministros y de algunos que no eran ministros, que sobre mí ejercieron una presión dramática e irresistible; y a pesar de ser tan notoria la fuerza que se me hizo moralmente para ponerme aquí, no faltaron imaginaciones fabulosas que pusieron en circulación especies estúpidas respecto del origen de aquella mutación ministerial; pero, es claro, yo no había perdido entonces mi buen humor, me sonreí y me encogí de hombros. Ahora, la fuerza moral que se me ha hecho para seguir en este sitio no es menor, aunque haya sido menos notoria. Naturalmente, los juicios que han circulado y circulan acerca de mi permanencia en el Gobierno son más claros y más adversos y más numerosos que la vez pasada, pero no tienen mayor fundamento. […]
A mí me gusta que mis adversarios políticos me censuren, y el día en que yo viese mi gestión política alabada por los que necesariamente tienen que ser opuestos a mí en el orden político, creería que había llegado el fin de mi existencia política (muy bien. Aplausos); porque la hora de las alabanzas del adversario –no hablo del enemigo, porque yo no tengo enemigos en política; hablo del adversario-, la tengo reservada para el día funesto de mi entierro; antes no  .

Como un inciso, recordaremos que ni siquiera en ese día funesto sus enemigos políticos –porque sí los tenía, y usurpaban entonces el poder en su patria-- fueron capaces de invocar su figura sin la saña y el odio acumulados contra él.
Por lo demás, en ese fragmento se destacan dos cosas: el recuerdo de cómo había sido obligado a aceptar la presidencia del Gobierno, el 14 de octubre y el 16 de diciembre  de 1931, para resolver cuanto antes una crisis que no podía permitirse el nuevo régimen, y la constatación de que a pesar de ello se le injuriaba con suposiciones absurdas, en las que no creían ni siquiera los mismos que las propalaban.

UTILIDAD DE LOS ADVERSARIOS POLÍTICOS

Es asombroso comprobar cómo ese dualismo se prolongó continuamente: por un lado, los grupos de izquierdas le exigían que se sacrificara, y aceptase los cargos de mayor responsabilidad en la República; por otro, los pertenecientes a los grupos de derechas pugnaban por censurar que desempeñase esos mismos cargos, y le acusaban de ser un dictador ansioso de poder personal que se aferraba al sillón y no lo dejaba, debido a sus malévolas ansias de mantenerse en el mando a cualquier precio. Puesto que ambas situaciones son contradictorias, una debía ser falsa por necesidad.
Pero es comprensible esa dualidad en el planteamiento político. No resulta absurda, por cuanto opinaban gentes situadas a los dos extremos ideológicos de la democracia, y por eso enfrentadas. Lo que para unas parecía positivo, tenía que ser negativo para las contrarias. Así que Azaña podía decir tranquilamente, como hizo en ese discurso, que se sonreía y se encogía de hombros. En cuanto a los españoles de la calle, es lógico que también se situaran en uno de esos extremos, según su ideología, y opinaran como sus líderes políticos.


Después Azaña se permitió un desplante jocoso, y manifestó su gusto por contar con adversarios políticos que le criticasen las actuaciones gubernamentales. Eso representaba una señal de que estaba obrando acertadamente al aplicar sus ideas en la gestión pública, porque de ocurrir lo contrario significaría que se había equivocado, ya que sería tanto como practicar una política contraria a la suya. Ahora bien: el caso que hacía a esos comentarios consistía en sonreír y encogerse hombros. De modo que consideraba útil que hubiese una oposición sólida en el Congreso, para juzgar sus proyectos legales, pero eso no significaba que debiera seguir obligadamente sus recomendaciones en materia de gobierno.
Seguramente los adversarios se molestaron, ya que demostraba considerarlos con escaso aprecio. Pero ello no varió mucho la estimativa de la oposición hacia los gobernantes. Aquella oposición tenía como consigna destruir, o si no era posible al menos obstruir cuanto hiciesen los republicanos.

EL DEBER Y LAS TENTACIONES

El encogimiento de hombros responde una situación de gran tranquilidad en diciembre de 1931. No obstante, los debates en el Congreso habían resultado durísimos hasta entonces, porque se discutía nada menos que la Constitución, y precisamente como consecuencia de la disparidad con uno de sus artículos dimitió Alcalá--Zamora de la presidencia del Gobierno provisional; pero las actitudes podían ser consideradas normales dentro de la lucha política. Más tarde los enfrentamientos aumentaron en virulencia, al ver los grupos de la oposición que el nuevo régimen se consolidaba, cuando le habían predicho una duración muy corta.
Hemos de comprobar enseguida que llegó un momento en que ya no fue posible el encogimiento de hombros, por lo que Azaña estuvo tentado de dimitir más de una vez, como lo hizo al fin el 8 de setiembre de 1933. Para él la conciencia y la dignidad que ella le inspiraba tenían más peso que cualquier otra consideración política. Se resignaba a desempeñar unos cargos de la mayor responsabilidad solamente por el imperativo del deber; los ataques personales le incomodaban tanto en algunas ocasiones especialmente feroces, que pretendía dejarlo todo y dedicarse a la vida privada. Escuchar calumnias groseras no permite sonreír y encogerse de hombros.
La sujeción al deber tiene un límite, en la propia estimación señalada por la conciencia. No todo es aceptable, aunque se esté dispuesto al sacrificio de ciertos valores, nunca los más altos. En el caso de Azaña, se sometía al deber de gobernar por amor a la República, ya que sabía, como todos los españoles, que si él desertaba se hundía el régimen. Cuando dimitió como presidente de la República, el 27 de febrero de 1939, la guerra estaba perdida para las armas y para la diplomacia, y el sistema político desintegrado, después del reconocimiento de los rebeldes por parte del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, lo que es comprensible, y de la traidora República Francesa, lo que carece de explicación lógica. Las instituciones republicanas se trasladaron al exilio, en el que ya estaba él instalado. Empezaba su errancia la España peregrina, por decirlo con el acertado título de una revista editada en México por los exiliados.
Debemos repasar esas secuencias de su vida política, para percibir cómo entendía el cumplimiento del deber en las diversas circunstancias de aquel período histórico singular. La figura de Manuel Azaña puede ser puesta como ejemplo de gobernante, sin más ambición que la de ser útil a la sociedad, en contra de sus intereses personales.

EL DEBER DEL SACRIFICIO

Antes de que se proclamase la República, aquel alegre 14 de abril de 1931, era líder del partido Acción Republicana. Por eso fue incluido en el Gobierno provisional aquel día memorable. Después, al producirse la crisis del 14 de octubre, con motivo de la dimisión del hasta entonces jefe del Gobierno provisional, Niceto Alcalá--Zamora, se le encomendó perentoriamente al presidente de las Cortes Constituyentes, Julián Besteiro, designar cuanto antes al sucesor. El momento político no permitía un vacío de poder, precisamente cuando se estaban debatiendo los artículos más conflictivos de la Constitución, la primera que iba a tener la República, puesto que los republicanos de 1873 no fueron capaces de aprobar una carta magna, por estar divididos en grupos irreconciliables. Todos los diputados coincidieron en juzgar que el único ciudadano existente en España capacitado para desempeñar ese cargo era Manuel Azaña Díaz.
Lo era, efectivamente, como lo demostró al conseguir el apoyo de todos los ministros, excepto el de Miguel Maura, del mismo partido que Alcalá--Zamora, dimisionario también por ser catolicorromano integrista y antiguo amigo del ex--rey. Le bastó sustituirlo por Casares Quiroga, y llamar a José Giral para que a su vez sucediera a Casares. En consecuencia, a las veinte horas y cuarenta y cinco minutos de la tarde pudo presentar ante los diputados al segundo Gobierno provisional, el primero presidido por él. Se vio obligado, dadas las circunstancias, a improvisar el consabido discurso protocolario, en el que se exponen las líneas generales previstas en su plan de gobierno por el nuevo Ejecutivo. Nada había podido preparar, puesto que los sucesos se precipitaron inesperadamente, pero sus dotes para la oratoria suplieron esa falta. Lo que ahora nos interesa recordar es la tremenda confesión que expuso sobre su estado de ánimo ante aquella urgencia política:

Y en esta situación, señores diputados, ha ocurrido una de esas pequeñas tragedias en la vida personal que no tienen interés para la vida pública, aunque constituyan una catástrofe en la vida interior de un hombre: el señor presidente de las Cortes me ha llamado a su despacho y me ha encargado de reformar, de rehacer el Ministerio. […]
Todo lo que un hombre puede hacer para evitar que caiga sobre él el derrumbamiento de un terremoto lo he hecho yo delante del señor presidente; pero el señor presidente […] me ha hablado y yo no he tenido más remedio que doblar la cabeza al sacrificio y venir aquí a sacrificarme por la República, al servicio vuestro y de la República misma. (III, 88.)

El deber patriótico le impidió rechazar un cargo que no deseaba. En aquellos momentos Azaña era el único capacitado para detener el naufragio de la jovencísima República, en aquel marasmo organizado por la malversadora dimisión del fanático catolicorromano Alcalá--Zamora. Sus respectivos talantes se hallaban en las antípodas: uno renunciaba al cargo de mayor responsabilidad gubernamental, empujado por su sectarismo religioso, en tanto el otro se sometía al imperativo del beneficio nacional para sucederle, en contra de sus deseos más íntimos. Ante todo, se imponía salvar a la República, y Besteiro, presidente de las Cortes Constituyentes, sabía bien que Azaña era el indicado para conseguirlo. Sus razonamientos tuvieron que ser muy contundentes, para obligarle a aceptar un puesto de enorme compromiso siempre, pero más todavía en pleno debate constitucional.

FIRMEZA EN EL CUMPLIMIENTO DEL DEBER

Dicho eso, precisamente ante su muñidor Besteiro, evitó Azaña las declaraciones simples de petición de gracia, y se mostró como lo que era y lo que se esperaba de él: un estadista fuerte, dispuesto a resolver la situación de crisis ministerial, y a hacerlo para mucho tiempo. Así que sus palabras inmediatas fueron de firmeza y convicción en sí mismo y en su capacidad política para ejecutar exactamente el encargo recibido, a pesar de su reciente incorporación a esas tareas, impensables durante la etapa monárquica para quien era un republicano íntegro:

[…] una vez apartada de mi corazón la amargura de este deber que se me impone y de este sacrificio al que voy sumisamente, una vez apartada de mí la consideración de esta gran tragedia personal, ya no queda más que el hombre político que sabe cuáles son sus deberes, y aquí estoy alegremente para cumplirlos, sin más apoyo que mi firmeza y la lealtad vuestra, mientras queráis prestarla a este Ministerio que tengo la honra de presidir. (III, 88.)

Aquí está el hombre de acción exponiendo con claridad y solidez sus intenciones. Hubiera preferido no tener que encontrarse en esa situación, pero ya que las circunstancias le habían señalado como indispensable, acataba el hecho y se ponía de inmediato a trabajar con entusiasmo, alegría y voluntad de servicio. Su primera obligación consistió en superar el sentimiento de tragedia recibido al conocer la noticia. Debía hacerlo, luego lo hizo.
Esta comparecencia ante el Congreso retrata perfectamente al hombre llamado Manuel Azaña, un intelectual que anhelaba entregarse a su vocación literaria, pero que se mostraba dispuesto a inmolarla, ante la convicción de que un imperativo patriótico le ataba a la acción política, al servicio de la República. Ante todo y sobre todo respetaba el ideario republicano, que llevaba años defendiendo teóricamente, bajo la dictadura compartida del rey y del general Primo, y que entonces debía poner en práctica. Puesto que tal era su responsabilidad ética, la asumía por encima de cualquier otra consideración personal, resignadamente, pero con alegría. No hay contradicción en los términos, habida cuenta del momento político, necesitado de soluciones urgentes. Así demostró la grandeza de su espíritu.

UNA ESCENA DRAMÁTICA

Este discurso fue pronunciado ante las Cortes Constituyentes, durante una sesión de lleno absoluto, no sólo en el hemiciclo, sino también en las tribunas de invitados, para no mencionar a los periodistas, porque era su obligación estar allí, pero ese día se mostraban ávidos de informaciones más allá de los debates políticos. Podría suponerse que Azaña habló para ese auditorio expectante, y que le dijo algo que él sabía sería bien acogido. Incluso es factible recordar que además de parlamentario era un autor teatral. No se conformaba eso con su carácter, pero es lícito suponerlo, porque entra en el juego político.
Sin embargo, disponemos de otro testimonio confidencial, en el que se repiten e incluso agigantan las protestas de Azaña para evitar la jefatura del Gobierno, y en esta ocasión sin auditorio al que conmover. En el secreto de su diario escribió en la noche de aquel 14 de octubre de 1931 sus impresiones sobre el suceso más notable de su vida hasta entonces, que él pretendió rehuir con sus mejores argumentos, aunque fue inútil su resistencia:

Yo me negué resueltamente. Y casi con violencia. Durante un rato, creí que tendría bastante fuerza para convencerlos, o para encerrarme en un no indiscutible. La escena fue a ratos dramática. Y, últimamente, abrumadora. Aquello no se podía resistir. Últimamente quise poner por condición inexcusable que Maura continuase; pero no logré nada. Les hice ver que era un ensalzamiento prematuro; que a mí me hundían, quizás sin provecho para la República, y que mataban una reserva para el porvenir. Yo sentía vivamente la enormidad de la aventura, y que se malograba un mañana más seguro. Nada me valió. No se habrá hecho con nadie lo que allí se hizo conmigo. Estaba disgustadísimo y de un humor negro, desesperado. Lo que habíamos calculado tantas veces, y pensado preparar con prudencia y oportunidad, llegaba de improviso, en las peores condiciones posibles; con un Gobierno gastado, y unos colaboradores que yo no he elegido, muchos de ellos fracasados. ¿Se puede entrar así a gobernar? (III, 772.)

La respuesta obvia a esa pregunta es que sí se puede, aunque no se debe hacer. Sin embargo, Azaña lo hizo, porque lo exigía la República. Lo hizo él, pero no los restantes miembros del Gobierno, entre los que se buscaba al presidente después de la temeraria dimisión de Alcalá--Zamora. Y se pensó primero en Alejandro Lerroux, porque presumía de ser el más antiguo republicano del país, un demagogo que en otros tiempos fue un ídolo de las multitudes, siquiera de las barcelonesas. Se negó, alegando que las circunstancias no eran aconsejables en ese momento, y prefería reservarse para otra ocasión, por lo que él mismo propuso a Azaña y le prometió la colaboración de los radicales.
Sabemos esto porque lo relató Azaña, en el párrafo anterior al que cuenta su designación. Y entendemos el disgusto y la desesperación que sentía, según sus palabras, porque a él le coaccionaban para que aceptase lo que su colega estimaba un fracaso seguro. Quizá la denominación exacta del comportamiento de Lerroux sea la de cinismo, algo que demostró poseer en grado sumo a lo largo de su biografía. No lo juzgamos, pero sí recordamos que Antonio Machado lo definió como "Un político nefasto, un verdadero monstruo de vileza, mixto de Judas Iscariote y caballo de Troya", en el que veía "un alma decrépita de ramera averiada y reblandecida, el llamado Lerroux"  . Todo el mundo sabe que Machado era un hombre generoso, ecuánime y tranquilo; su juicio exaltado en esta ocasión ha de ser verdadero.
Para Azaña, el interés de la República se hallaba por encima de cualquier otra consideración, mientras no estorbase a su conciencia. Sabía muy bien que aquel momento era el menos oportuno, que la situación invitaba al fracaso del Gobierno, y que tal fracaso le sería imputado a su presidente sin la menor duda. Es incluso más lo que pensaba, porque daba por cierto el fracaso. No obstante, el imperativo del deber le obligaba a consentir en colocarse en la situación que nadie deseaba, a recibir el poder cuando todos lo rehuían. Precisamente se confiaba en él por esa disposición generosa de ánimo, y por su  rígido sentido del deber.

EN EL DEBATE DE LOS ENOJOS

El talante de Lerroux con respecto a Azaña quedó patente en la última sesión de las Cortes Constituyentes, celebrada el 3 de octubre de 1933. Se la conoce como la de "el debate de los enojos", ya que Lerroux, entonces jefe del Gobierno, tuvo la ocurrencia de atacar a Azaña, echándole en cara la rapidez con la que había logrado ascender en el escalafón público. Con su censura pretendía insinuar, ya que nada podía demostrar, que Azaña era un oportunista ambicioso, falto de preparación para el mando, al que llegó de una manera inadecuada.
Le replicó Azaña, con argumentos tales que el líder del Partido Republicano Radical se vio obligado a dimitir como presiente del Gobierno, y con él todos los ministros, solamente tres semanas después de su designación, al volverse en su contra las palabras censorias con las que intentó anonadar a su oponente. Es que Azaña tenía demostrada su probidad, así como su eficacia decisiva para dirigir el camino de la joven República. Sus avales quedaban recogidos en el diario oficial, mientras que los de Lerroux permanecían ignorados, a causa de su política errática. Lo que se sabía de él con certeza era que perseguía el medro personal, conseguido sin duda, puesto que era propietario de casas, tierras, automóviles y acciones bursátiles muy rentables. De paso, procuraba también el beneficio de los afiliados a su partido.
Se trata de una de las mejores piezas oratorias de Azaña, un modelo de discurso. Fue desbaratando una por una las alegaciones de Lerroux, obligándole a reconocer la verdad de los hechos, y explicándole datos que él ignoraba, pero que otros ministros de los gabinetes anteriores conocían muy bien. El efecto fue demoledor. No en balde se enfrentaba el político más íntegro de la República con el más corrupto, en un duelo sobre honradez que forzosamente había de alzar como triunfador al único decente.

POR OBEDIENCIA Y SERVICIO

Tenía motivos Azaña para lamentarse de las campañas políticas de desprestigio impulsadas contra él por sus adversarios. Si en un primer momento le animaban a encogerse de hombros displicentemente y no darles importancia, con el paso del tiempo y la insistencia pertinaz en los ataques, comprendió la urgencia de defenderse, porque el silencio podría ser interpretado como reconocimiento implícito de las imputaciones que se le achacaban. Además, el daño afectaría al prestigio de la República, meta de los calumniadores.
Que se portara así la derecha resultaba molesto, aunque se entendía que cumplía su papel opositor. Pero que lo hiciese el líder de un partido denominado Republicano Radical parecía demasiado absurdo. Es comprensible que Azaña replicase con más vigor del habitual en él, con una brillantez superior a la que tenía acostumbrados a sus oyentes. Ahora sólo vamos a recordar el párrafo sobre su elección forzosa para presidir el Gobierno provisional el 14 de octubre de 1931:

Y ¿de qué manera se me obligó a tomar el Gobierno? Aquí están el señor Besteiro, presidente de la Cámara, y el señor Maura, y el señor Prieto, y don Fernando de los Ríos, y don Marcelino Domingo, y el señor Largo Caballero. ¿Qué se hizo conmigo aquella tarde? Llevarme a una reunión celebrada en casa del señor Prieto y decirme que no tenía más remedio, por la República o por lo que fuese, que aceptar la Presidencia del Gobierno. (El señor Maura: Exacto.) Los más dramáticos de los argumentos eran del señor Maura, y en vista de que el señor Lerroux, que era el primer candidato, se negaba a aceptar, yo tuve que hacerme cargo de aquella Presidencia, entre los abrazos, las exaltaciones y la efusión de la amistad de los compañeros de Gobierno, que bien se daban cuenta del sacrificio que yo hacía al encargarme del Gobierno en aquel momento. […] no tiene derecho el señor Lerroux a reprocharme una cosa que yo hice por obedecer a mis compañeros y por servir a mi país, y no tiene ese derecho su señoría, a quien entonces sus enemigos, no yo, le imputaron la negativa a presidir el Gobierno a un motivo egoísta y de cálculo político, creyendo que aquello iba a un fracaso y que su señoría se reservaba para cuando hubiese fracasado yo u otro que hubiese tenido el arrojo que yo tuve; y entonces llegar su señoría serenamente al Gobierno. (IV, 491 s.)

Los testigos citados estaban presentes en la reunión con Lerroux, de modo que al invocar su testimonio demostraba la mala fe del jefe radical, o en el mejor de los supuestos su mala memoria. Aún no se habían cumplido dos años de aquella escena histórica, en la que participó como uno de los principales actores: si la olvidó, era un débil mental; si la recordaba, un cínico. Y cuando se conocen sus trapicheos politicoeconómicos, en los que colaboraban sus familiares y militantes del partido encabezado por él, a nadie se le ocurre dudar la calificación que merece y tiene en la historia de España.
En sus palabras confesó Azaña que los ministros compañeros entonces de gabinete consideraban a Lerroux un egoísta, por anteponer sus intereses personales a la viabilidad del nuevo y por eso frágil régimen implantado. Pero aclaró que él no participaba de esa opinión. Se supone que no la expresó en voz alta, porque su juicio sobre Lerroux era muy negativo, y lo escribió en el diario. Las mezquindades lerrouxistas sólo eran equiparables a sus corrupciones económicas, y muy conocidas por todos los atentos a la vida pública española. Sin embargo, la honradez moral de Azaña le obligó a no compartir las críticas de sus compañeros, aunque estuviera conforme con su precisión.

OBLIGADO AL SACRIFICIO

Conviene destacar el inciso de Miguel Maura, que no era nada adicto a Azaña, corroborando la exactitud de sus palabras, con lo que reforzó su argumentación y demostró las falsas intenciones de Lerroux. Asimismo, debe subrayarse que ninguno de los citados como testigos pertenecía a Acción Republicana, por lo que estaba excluida toda posible sospecha de aprobación forzosa.
A ellos y a Lerroux les preguntó qué se hizo con él aquella tarde en que dimitió Alcalá--Zamora inopinadamente, esclavo de su fanatismo religioso, cuando pareció primordial a todos resolver la crisis cuanto antes. La respuesta la facilita a continuación, y encierra un drama de conciencia, al recordar cómo se le aseguró que "no tenía más remedio" que ocupar el cargo, porque así lo requería la pervivencia de la República. Se deduce, en consecuencia, que Azaña era el único diputado al que concernía tamaña responsabilidad. Los demás se limitaban a ser sus comparsas. No es una exageración: ellos mismos lo creían así.
Fue la primera oportunidad de su vida en que se vio conminado a cargar con un peso que no deseaba. Después llegarían otras. La motivación que se le presentaba era la misma: su deber consistía en sacrificarse por el ideal diseñador de su vida, la República. Y como estaba convencido de que debía someterse al imperativo del deber, lo hacía, transigiendo con todo lo que no afectase a las opiniones de su conciencia.
En cambio, Lerroux no fue presionado por sus compañeros en cuanto dio su negativa, porque todos estaban convencidos de su corrupción moral: a él no podían presentarle deberes de conciencia, ya que la tenía acallada hacía mucho tiempo. Así que su negativa fue acogida en realidad con alivio, sabiendo que no era el hombre más idóneo para llevar adelante el nuevo sistema político. Se le hizo la propuesta por deferencia, al liderar un partido de nombre republicano y difusión popular, pero sin confianza en sus dotes de estadista, y con recelos acerca de su honradez personal y la de sus colaboradores más cercanos, porque había motivos para cuestionarla.
Durante el debate le echó en cara Azaña lo que entonces se comentó como causa de su rechazo del poder, al que siempre estuvo aspirando con ansia: el deseo de esperar el fracaso del idealista que se arriesgara a cargar con el peso del gobierno. Es lo que todavía hoy suponen los historiadores, basándose en declaraciones del jefe radical, lógicas en su decisión de abstenerse de aceptar el mando, cuando eso era lo que estaba persiguiendo desde hacía cuarenta años. En aquel debate puso en claro su talante, al imputar a Azaña los vicios que él poseía en grado sumo. La réplica terminó con él, y no le quedó otra salida que dimitir, en tanto Azaña revalidaba su limpia ejecutoria, a la que ninguno de sus adversarios y de sus enemigos logró señalar una mancha.


*PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO










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