Sorprendente actualidad de Alfonso de Borbón

ARTURO DEL VILLAR*

LAS dos revistas más marujonas del kiosco, ¡Hola! y Semana, muy atentas siempre a informar sobre la casa más irreal del reino, coinciden esta semana, ¿será una casualidad?, en publicar un reportaje sobre Alfonso de Borbón y Borbón, muerto el jueves llamado santo 29 de marzo de 1956 a consecuencia de una bala que le acertó en la cabeza. Toman como disculpa el que ahora pueda verse oficialmente en España la entrevista grabada en 2014 por la periodista francesa Laurence Debray al rey Juan Carlos, titulada “Yo, Juan Carlos, rey de España”. Digo oficialmente porque, a pesar de estar prohibida su exhibición en España, o precisamente por ello, inundó la red y la vimos todos los que quisimos hacerlo, sin que descubriésemos algo que no supiéramos ya.

En los ejemplares correspondientes a esta semana de ¡Hola! aparece un reportaje titulado “En ¡Hola! Don Juan Carlos: ‘Echo mucho de menos a mi hermano’”, y en Semana otro con el título “El rey rompe su silencio sobre el capítulo más oscuro de su vida”, que es el de la muerte de su único hermano varón. Qué extraña coincidencia, sabiendo además que ambas revistas no insertan nada que pueda disgustar a la familia más irreal del reino.  

Los hermanos Juan Carlos y Alfonso.

En aquellos años Juan de Borbón, pretendiente a la Corona de España,  que se hacía llamar conde de Barcelona, el único hijo sano del exrey Alfonso XIII, mantenía una bonísima relación con el dictadorísimo todopoderoso que dominaba sobre España, como vencedor de la guerra organizada por él mismo y otros militares traidores. Suponía que le pasaría el poder, ya que oficialmente España era un reino, según las leyes ilegales proclamadas por el régimen fascista. Por de pronto, le había entregado a su primogénito Juan Carlos para que se mal educase en la España dictatorial según sus instrucciones.
SUCEDIÓ EN ESTORIL

Debido a ello  Juan Carlos era cadete en la Academia Militar de Zaragoza, en donde aprendía el uso de las armas y las ideas de los militares golpistas sublevados en 1936 contra la República legítimamente instaurada. Aprovechó las vacaciones en aquella semana considerada santa de 1956 para trasladarse en un avión militar puesto especialmente a su disposición hasta Portugal, lugar elegido por Juan de Borbón para disfrutar de su dorado exilio, pagado por los monárquicos españoles, aunque él disponía de una inmensa fortuna, como se supo a su muerte: prefería vivir del cuento.

En Estoril, localidad portuguesa famosa por su casino y lugares de disipación, la familia Borbón habitaba un palacete llamado Villa Giralda, con una excelente bodega para satisfacer el refinado gusto del aspirante. Dado que el dictadorísimo genocida había anulado por su poder omnímodo todas las disposiciones republicanas, confiaba en que le cediera el poder para restaurar la dinastía borbónica, saltándose la prohibición aprobada por las Cortes Constituyentes el 20 de noviembre de 1931. En esa histórica sesión el huido Alfonso de Borbón fue declarado “culpable de alta traición”, y degradado de todos sus derechos y títulos, “sin que pueda reivindicarlos jamás ni para él ni para sus sucesores”. De lo que no se le quiso privar fue de sus cuantiosas cuentas corrientes muy bien colocadas en Suiza y el Reino Unido, por lo que toda su familia mantuvo su lujoso tren de vida, con dos cortes, la de Alfonso en Roma y la de su exmujer Victoria Eugenia en Lausana.

Los cortesanos que servían a Juan de Borbón comentaban lo inteligente que era su segundo hijo varón, Alfonso, apodado por eso El Senequita, y lamentaban que no fuese el primogénito, por si algún día se restauraba la dinastía, ya que del mayor nada bueno podía esperarse. Por ello Alfonso era el predilecto de su padre, debido a su inteligencia, cordura y prudencia, que le hacían ser muy sensato, enormemente prudente, gravemente reflexivo, extremadamente precavido, y discreto en demasía.

UNA BALA MUY CERTERA

Por todas esas virtudes sorprendentemente reunidas en un Borbón, los cortesanos seguidores del pretendiente no se explicaban que hubiera podido cometer una imprudencia mortal aquel jueves santo 29 de marzo de 1956. Sin embargo, eso fue lo que ordenó anunciar el dictadorísimo a los españoles, según la información facilitada por la única agencia autorizada por la dictadura, Efe, así denominaba por las dos iniciales del dictadorísimo En consecuencia, los medios de comunicación hablados del régimen facilitaron la misma noticia el día 30. Decía así, copiada con respeto al uso caprichosamente servil de las letras mayúsculas:

Lisboa, 29.-  La secretaría de los condes de Barcelona ha facilitado la siguiente nota:
“Estando el Infante Don Alfonso de Borbón limpiando una pistola de salón con su hermano, la pistola se disparó alcanzándole en la región frontal, falleciendo a los pocos minutos. El accidente ocurrió a las 20 horas y 30 minutos, al regresar de los oficios del Jueves Santo, donde había recibido la sagrada comunión.”
El calibre de la pistola con que se produjo la muerte el Infante Don Alfonso de Borbón es del veintidós.
El entierro se verificará el sábado en un nicho provisional del cementerio de Cascaes, inmediato a Estoril.
Cuando el accidente se produjo se hallaba en Villa Giralda toda la familia. El príncipe Juan Carlos había venido en avión militar desde Zaragoza con objeto de pasar en el seno familiar la Semana Santa.

De modo que precisamente Juan Carlos era el único testigo presencial del suceso. A los padres del infante difunto y a los cortesanos les resultaba increíble que un muchacho tan juicioso y lúcido como Alfonso hubiera cometido el acto irreflexivo de ponerse a limpiar una pistola cargada dirigida a su frente. Eso resultaba absolutamente imposible, totalmente inverosímil y completamente inadmisible, en un muchacho que estuviera simplemente dotado de sentido común, pero mucho más con las cualidades intelectuales de que gozaba Alfonso, según todos cuantos lo conocían.

LA VERSIÓN OFICIAL

El pretendiente, que estaba desolado, prohibió que se practicase la autopsia al cadáver de su hijo favorito, como era obligado en aquellas circunstancias. Al tratarse de él las autoridades portuguesas atendieron su petición absolutamente ilegal.
Por ser fiesta solemne el viernes santo no se publicaron diarios el sábado 30 de marzo, así que debemos recurrir a las ediciones del domingo 1 de abril de 1956, para conocer las informaciones oficiales sobre aquel sorprendente acontecimiento. Se abrían las primeras planas recordando que ese día se conmemoraba el XVII aniversario de la victoria en 1939 de las tropas sublevadas contra el sistema constitucional legítimamente aceptado por el pueblo español. Buscando en páginas interiores se encuentra esta noticia de la Agencia Efe:

Lisboa, 31.- Amigos de la familia real española han facilitado detalles de la muerte del Infante Don Alfonso de Borbón.
El Infante y su hermano, el príncipe Don Juan Carlos, habían ido a la iglesia con sus padres poco antes. Esperando la hora de la cena los dos hermanos habían ido a la sala de juegos para hacer algunos disparos contra un blanco circular de colores brillantes, con una nueva pistola que Don Alfonso había adquirido en Madrid. Cuando éste estaba preparando la pistola, ésta se disparó a corta distancia sobre la frente. Murió minutos después.
Doña María de las Mercedes [madre del difunto], que estaba en una habitación con varios amigos oyó el disparo. “No comprendo –dijo el príncipe don Juan Carlos—cómo puede haber ocurrido. La pistola era más un juguete que un arma.”


Pues si él, testigo presencial único del suceso, no lo comprendía, menos aún lo entendían sus padres, hermanas y amigos de la familia. Resultaba impensable en el temperamento de Alfonso. No había quien lo entendiera. No era concebible que jugase a la ruleta rusa con la pistola, ni que cometiese la imprudencia inverosímil de limpiarla mientras se apuntaba a la frente. Noticias posteriores no autorizadas por la dictadura informaron que la pistola no la manipulaba Alfonso, sino Juan Carlos, causante de la muerte de su hermano, y así está aceptado por los comentaristas del período.

UN ENTIERRO ¿ESPAÑOL?

Relató asimismo la Agencia Efe que se desplazaron hasta Estoril unos tres mil nostálgicos monárquicos españoles para asistir al entierro. Ostentó la representación oficial del dictadorísimo el consejero de su Embajada Ignacio Muguiro, por estar convaleciente el embajador.
A las 12,45, hora española (una menos en Portugal), salió la comitiva fúnebre de Villa Giralda. El féretro de caoba que contenía el cadáver del infante difunto fue introducido en un nicho del cementerio de Cascaes, después de que el autoproclamado conde de Barcelona y aristócratas españoles echaran en él puñados de tierra traída desde Badajoz en sacos hechos con banderas de la dictadura, semejante a la monárquica. Así fingían que se le enterraba en suelo español. Son las simulaciones a las que recurren los monárquicos para tratar de explicar sus actuaciones ilógicas.
A las 13,30 horas partió en avión militar Juan Carlos con destino a Zaragoza, para continuar su adoctrinamiento en la Academia Militar según las directrices del dictadorísimo, con el propósito de que algún día le sucediera en el cargo. No acudió a despedirle ningún miembro de la familia.
¿Por qué se saca este suceso del archivo histórico, que Juan Carlos pretendía olvidar, cuando están a punto de cumplirse 63 años de su ejecución?

*PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO ESPAÑOL

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