El niño nace siendo un genio y acaba transformándose en un borrego o esclavo

Javier Cortines
Los científicos han descubierto, que el ser humano nace siendo un genio y con el tiempo se vuelve estúpido, ya que es sometido a un sistema programado para hacerlo esclavo, sin que se de cuenta.
Norma Ferreyra
(Desprogramación del ser humano)

Cuando somos niños y todas las puertas están abiertas, los cien mil millones de neuronas que tenemos en el cerebro son como esponjas, diamantes de “la mente universal”, quizás de esa esencia que la antroposofía denomina “inteligencia akásica”, “registros akásicos”. Con la letra y música adecuadas la red neuronal se expandiría derribando todos los muros y resolveríamos la mayoría de los problemas que aquejan a la especie. Pero, al poco tiempo de nacer, la familia, la tradición, la educación, los moldes de una época, que están fabricados por la endurecida casta que hocica en torres ensangrentadas, nos meten por la parte ancha del embudo social y nos sacan por la boca estrecha, programada para convertir lo grande en pequeño, el sueño en pesadilla, el ideal en delirio lunático. Así, los que pudieron ser gigantes, estrellas polares del paraíso en la Tierra, pasan a formar parte de una vasta masa de seres irrelevantes que harán los trabajos menos valorados, los peor pagados, los calculados para que se perpetúe el poder de la plutocracia, el clero y los guerreros, a costa de “esos innúmeros esclavos” que, lo único que han conseguido, es cambiar de nombre en la grafía de la Real Academia.

Es necesario desaprender, limpiar la mente del 90% de conocimientos, -la mayoría falsos, manipulados o innecesarios-, que nos metieron en la cabeza para que siguiéramos ciegamente el adagio -como nos recuerda Hannah Arendt- de la noria, el burro, el palo y la zanahoria, lo que culmina con la “programación y destrucción del ángel caído”.

Cuando Nietzsche anunciaba la llegada del superhombre (o supermujer) que “está más allá del bien y del mal”, no se refería a los nazis de la raza superior (como afirman los que no han entendido nada del filósofo alemán), hablaba de terminar con todos los valores éticos y morales obsoletos, para que la especie humana pudiera dar el salto comunal. Para eso había que matar al Dios genocida, ya que ese Demiurgo, el terrorista de las religiones monoteístas, es un tapón que nos impide ver, hablar y escuchar, “con la mente y el corazón dilatados del niño”, ese “lenguaje akásico”, “esa nota primordial”, que intuyó o captó el “daimón interior” de Sócrates, Hipatia de Alejandría, Newton, Einstein, Beethoven, el pequeño Mozart, Madame Curie, etc.

Para el profesor de Basilea, -ese gran maestro de la sospecha-, para llegar a ser superhombres o supermujeres necesitamos pasar por una serie de transformaciones para  fundirnos con nuestro “yo profundo”, ese que vive, sin que seamos conscientes, semisepultado y encadenado en nuestro interior.

En su magistral obra Así habló Zaratustra, nos narra cómo el espíritu se convierte en camello, como el camello se convierte en león y como el león se convierte en niño.

El espíritu rebosa esplendor en la infancia, cuando su “éter” fluye a la velocidad de la luz. Esa “esencia divina” que, en un entorno favorable desarrolla su “infinita potencialidad”, en un ambiente adverso, negativo, se marchita, se seca, muere.

El “alma”, una vez separada de su “cordón akásiko”, se transforma en camello. Ese animal se arrodilla, lleva cargas pesadas, acepta las normas sociales y los castigos. Sus rutas están marcadas y programadas. En sus gibas se hunden sacos abrumadores de creencias, doctrinas, tradiciones, mandamientos. Anda, soportándolo todo, creyendo que llegará a un oasis, pero, a medida que se acerca a su objetivo, éste muta en espejismo.

El camello, cuando toma conciencia de que es camello, se asusta, se rebela, muerde, se niega a postrarse, mueve enérgicamente sus gibas para deshacerse del insoportable peso, y se convierte en león. La fiera ruge, rompe todas las cadenas, grita libertad, y, cuando alguien va a golpearle, se come el látigo y a su domador. Ya no se inclina ante nadie, conquista su reinado en la Tierra. Es un símbolo solar, luz, valentía. Su ley es vivir con dignidad y con la cabeza levantada.

Pero el león tiene mucha rabia, aún no se ha curado las heridas de su etapa de camello. Sus ansias de venganza le corroen por dentro y, con ese fuego destructor, nadie puede ser feliz. Así que, una vez conquistados sus derechos y su trono, debe transformarse en niño. Ahora debe aprender sin prejuicios, con la mente abierta, sin las vejaciones que sufren  “los galeotes” que bogan al ritmo del tambor que marca el cómitre en las galeras.

El niño es creador, dice SI a la vida, es capaz de elevar a toda la humanidad. Ese niño, esa niña “desencadenados” son el germen del superhombre y la supermujer, de un nuevo Adán y Eva que toman la ambrosía del “gran conocimiento” (y, como su Dios es “benévolo”) abrazan el Universo, como si fuera un solo verso, y se funden con Él.


¿Acaso hemos rozado con unas pocas letras lo que podría ser el comienzo de una nueva Era?

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