Pepinos, lechugas y 'patriotas'

Al-Hakam Morilla Rodríguez

Fue un cínico apologeta de exterminios, sicario de Hitler, al que le fue encomendada la misión de crear un Ministerio de Propaganda. Los nazis envidiaban la maquinaria estalinista de lavado de cerebros en masa. El esbirro del führer, Joseph Goebbels, en los comienzos de su criminal carrera contemporizaba con los soviéticos, y consideró al proyecto totalitario imperialista germano una rama del 'socialismo', un 'nazional-socialismus', hermano del 'socialismo en un solo país' de Stalin. Los viejos y leales camaradas -antes de la Operación Barbarroja- culminarían su idilio en el Pacto Molotov-Ribbentrop, ese infame preludio de la II Guerra Mundial, donde en prueba de buena voluntad Moscú ya había trocado esa II República española fallida en la retaguardia del Reich, por unos territorios orientales en Polonia y el Báltico.

Antes el megalomaníaco ministro de propaganda alemán crearía la legitimación social de múltiples genocidios y racismo a escala intercontinental. Para ello fue decisiva la experiencia de magnates de la empresa norteamericanos, de origen teutón, los cuales colaboraron en su monstruosa labor. Vendieron con éxito el odio racial, la xenofobia, la necesidad de 'purificaciones étnicas' o del imperialismo como productos de 'marketing' político. Si algunos librepensadores, periodistas o intelectuales osaban dudar en público de las patrañas de aquellos majaderos, para despejarles la sesera estaba la Gestapo -copia de la NKVD-, trasunto de esa nueva Inquisición del pasado siglo.

Se trataba de 'crear una realidad de una segunda naturaleza' -inventándosela, repitiendo las falacias sin descanso para crispar y sembrar resentimientos-, en precisa definición de la hoy tan necia como célebre 'posverdad', anticipada ya por el temido y arrogante demagogo Goebbels. Sin llegar a tales extremos en la actualidad, resulta obvio por otros lares que cuando se disponen sanciones a terceros países o se plantea una batalla comercial, se manipula a la opinión pública con recetas de aquellos sombríos tiempos de Entreguerras, en la anterior centuria. Excepto en el decadente y cada vez más ruin Estado español, sujeto pasivo de estos repugnantes procedimientos, mientras los ejerce sin pudor contra los propios Pueblos que lo conforman. No tardaremos en conocer el porqué.

¿Recuerdan aquella denominada 'crisis del pepino' que afectó con extrema gravedad a las ventas y el prestigio del sector hortofrutícola del E. español, en especial del almeriense? Una bacteria mortal había afectado a ciudadanos alemanes. Se desconocía su procedencia. Solución fácil. Se culpabiliza sin pruebas a los proveedores, esos 'infrahombres' del sur de Europa, y que ellos se coman el marrón. Desde las autoridades de salud teutonas hasta sus media todos al unísono se despacharon a gusto contra los atrasados europeos del sur. Cuando se descubrió más adelante que la causa del problema venía de una partida de frutas egipcias, ya había pasado la alarma. Aunque pagaron indemnizaciones, la imagen de la huerta peninsular quedaría muy dañada.

El racionamiento de las lechugas iceberg murcianas en los supermercados británicos nos ha vuelto a dar otra lección. La cada vez menor capacidad adquisitiva de los precarizados trabajadores hace que su demanda aumente, por ser las más baratas. Y, claro, los reyes del libre mercado no pueden quedar a la altura de las repúblicas bananeras, dosificando los productos para su venta. No importa. Los tabloides de los hijos de la Gran Bretaña acusan de acaparar como avaros a los murcianos, y se terminó el ridículo internacional. Como si no supiésemos que las grandes cadenas de distribución imponen los precios en destino.

En Francia liquidan la competencia del pescado económico que venía de Vietnam, el panga. A pesar de que la estricta analítica sanitaria dictaminase que son proteínas aptas para el consumo. Lo mismo. Una feroz campaña orquestada sin el menor escrúpulo por televisión, radio y prensa, y nos convencen a todos los consumidores que comiéndolo nos envenenamos. El mismo producto que millones de personas llevan ingiriendo décadas. Aunque tranquilos, la industria pesquera francesa está a salvo, y sus puestos de trabajo también. Qué tiene que ver todo esto con la libertad de empresa no debe interesarnos. Los papagayos del liberalismo económico -FMI, Bruselas, partidos políticos...- no creen necesario darnos ninguna explicación a los parias tragalotodo.

Aunque esos fenómenos de un proteccionismo encubierto nos revelan nuestras carencias, las cuales explican una fracción no pequeña del subdesarrollo que sufrimos. Periodistas, funcionarios, empresarios, políticos... en el extranjero se posicionan para la salvaguardia de lo propio. Mientras tanto, ¿qué sucede entre los autodenominados 'españoles' -pardos o colorados- de los que los Pueblos de este Estado de desecho estamos cada vez más hartos? Pues al parecer lo que les pone es hacer de cómitres, de inquisidores baratos o vocacionales contra sus propios conciudadanos no políticamente correctos y librepensadores en general. Los Tribunales de Orden Público y las Brigadas Político-sociales franquistas forjaron escuela. Sale un tal Mayoral de Podemos abogando por la 'soberanía' contra las intromisiones de Trump. ¿'Soberanía' ante Washington y ni una palabra de los arbitrios que se arrogan las oscurantistas sectas del Estado vaticano, que inficionan todos los poderes del tinglado administrativo españolista? Además, ¿qué 'soberanía' ni qué niños fritos si la sede central del Opus -al que se adscriben o con el que colaboran la mayoría de los ministros españoles- está en Nueva York, un edificio de dieciesiete plantas que costó setenta millones de dólares?

Otros cantamañanas pretenden dárselas de 'demócratas' porque cambien de jefe de filas en el partido de turno, o etiqueten su supuesta ideología como el que muda de marca, sin importarles mucho el contenido de lo que se embuchan y no digamos su aplicación real vindicando la Separación de Poderes y una Representatividad no tramposa, del Cap de Creus a la Isla del Hierro, y del Cabo de Gata hasta Finisterre. Vamos a ver, almas de cántaro, ¿no veis que las discrepancias jamás anidan en el el PP, a pesar de la ingente corrupción que arrastra, porque gran número de sus gerifaltes han estado 'en política para forrarse' (Zaplana dixit)? Por tanto sus únicas dudas se debaten entre la pasta y el taco. Y tener contentos, como sus supuestos adversarios -sobre todo su muleta PSOE-, a los señoritos del IBEX 35.


En esta ciénaga cada vez más adversa a la mayoría de los estupidizados contribuyentes, sin importarles si servicios de inteligencia extranjeros, disfrutando en villapardillos, le hacen favores con información privilegiada a sus empresas alemanas, británicas, francesas o vaticanas. Así no puede provocar estupor que muchos 'patriotas' de sainete cañí se aburran en su mezquindad abisal. De ahí que crean ganarse el sueldo montando conspiraciones contra 'enemigos' políticos -que les dan la Presidencia del Congreso, como la exConvergencia, y con los que Pujol hizo tantos negocios...-, fumigando tuiteros, cantantes, titiriteros, o al apalizar a algún antitaurino por saltar de espontáneo en una plaza de tercera. Cuestiones todas ellas capitales en el devenir de la humanidad. Anuncian que nos dirigimos por la vía del progreso moral, de conocimiento, mercantil e industrial hacia sendas de gloria.


¡Eh, miserables carcamales rojipardos enemigos de Andalucía y de toda humana condición! ¿Qué vais a hacer cuando se desplomen los aparatitos comecocos con los que engañáis a las masas con esos patéticos estaditos de opinión parafascistas, y como antaño en 1945 os espere el último menú de Magda a la familia en Berlín, con ese sabor inconfundible a almendras amargas?


No tardéis, pútridos lacayos clericalfranquistas -en traje de camuflaje progre o no-, vuestro tiempo ha acabado.

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