La encuesta

Pepe Camello
Leo en la cabecera del grupo Prisa una "información" acerca de una divertida encuesta de la empresa Metroscopia sobre el cine español, según la cual un porcentaje enorme lo considera "bueno" (sic), pero lo prefiere "ver en casa" (como Aznar con el catalán: no hay forma de demostrarlo). Y otro porcentaje aún mayor considera que el Estado debe perseguir con dureza "la piratería", a pesar de lo cual se apunta que este país es el segundo del mundo en consumo de producciones "pirateadas". Para más inri, se afirma que el público español (sic) expresa "su cansancio por los dramas sociales, las películas intimistas y las de posguerra". Es decir, está cansado de Victor Erice, que no filma hace décadas, aún a pesar de tratarse de uno de los dos o tres auténticos artistas reconocidos del cine español desde su nacimiento.

En realidad, la audiencia carpetovetónica está cansada de sí misma, de sus contradicciones en materia moral, de ocio y de consumo -todos y cada uno llevamos un pequeño delincuente a cuestas, y raros son los que desperdician alguna oportunidad de ampliar su instrucción en picaresca-, pero no demuestra nunca el valor suficiente para tratar su crisis de confianza. En particular, y en el caso del cine, parte de la gente desconfía del personal que monopoliza la producción audiovisual en este país, incapaz de construir dramas sociales, películas intimistas y de posguerra como hacen en otras latitudes, y no necesariamente los estadounidenses. Y precisamente por las carencias de este grupúsculo: de talento, inicialmente; pero también de educación cinéfila y humanista en general, admirablemente presentes también en su público potencial y, sobre todo, en los dueños del mercado. Lo imposible de su aperturismo, su inaguantable docilidad y la facilidad de amarre de los recién ascendidos convierten en imposible que termine la perpetuación de la endogamia, el enchufismo, y el chantaje sexual como principales puertas de arribe a la profesión. El cine español, a nivel de producción, dirección y jefatura técnica, es, en la práctica, una secta tan inaccesible y perfeccionada como cualquier otra. Y la población husmea una evidencia que cualquiera que se dedique a esto ha descubierto al primer cuarto de hora.

La empresa encargada de la encuesta se cubre de gloria: toda ella es una contradicción insuperable. Existe un buen cine español, desde luego, pero metido en las neveras de decenas de cineastas ignotos y echados a perder, incluso antes de llegar a serlo, o con sus largometrajes a cuesta. Y ruedan además dramas sociales, películas intimistas y de posguerra también. De ese cine los encuestados no tienen, a buen seguro, ni la más remota idea. El problema es, precisamente, el grupo Prisa y el resto de exhibidores, teledifusores y distribuidores al servicio del mal (gusto) absoluto y de la estipulación de lo "mayoritario", por supuesto dirigido, como fórmula básica para la perpetuación del pensamiento único y, de paso, la desinformación. Porque, ¿cuáles son los gustos del público? ¿Los comedias reprimidas, las películas extrovertidas y de la guerra de Secesión? ¿Los filmes fascistoides, hiperviolentos o las tv movies sobre el Alzheimer en Dakota del Sur? Más bien son esos los productos por los que se apuesta como vía única: a mis abuelos y padres les encantaba el cine mudo de Chaplin, Lloyd y las películas de terror de la Universal, considerados hoy en día epígonos de la calidad cinematográfica. Por entonces, eran también puro entretenimiento. ¿Se pretende entonces que el cine español, el europeo, adopte los argumentos del cine de consumo actual? Por ahí van los tiros desde hace lustros. La publicación de ésta y otras "informaciones" interesadas lo demuestra con total impunidad. La clase de películas que se promocionan de entre las producidas en España, otro tanto. Al final, todo se reduce a lo mismo: monopolio y obtención de dividendos económicos y políticos con el consentimiento o la incapacidad para oponerse de las gentes. Unos son agentes de ese poder, otros aspiran a serlo o aceptan vivir sometidos a aquellos, pues creen fervientemente en la imposibilidad de que la sociedad humana se organice de otro modo.

Uno de los problemas del cine español se acababa bien pronto (el del aperturismo y el del criterio del público, en particular) si se exhibiera cualquier película en su idioma original, soltando el lastre franquista del doblaje por imposición comercial, un particularismo español que ha dejado la educación y la cultura de este país hecha unos zorros desde hace más de setenta años. Ese cascabel no se lo pone ni dios al gato. Porque no lo soportaría el público, claro. Ni los cineastas que copan ahora su mercado. Y qué público, me pregunto yo. El que más roba o el que menos gasta. Y qué cineastas, me pregunto también: el que no sabe leer o al que no le apetece.
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