Libro Recomendado Arthur Koestler "El Caballo de la Locomotora"

Budapest, 1905 - Londres, 1983) Novelista y ensayista en lengua inglesa de origen húngaro. En 1926 dejó Hungría y se marchó a un kibbutz en Palestina. Fue dibujante de arquitectura en Haifa, vendedor en un bazar y periodista en El Cairo. Se adhirió al Partido Comunista en 1932 y en 1937 pasó tres meses en las prisiones franquistas, experiencia que describió en Testamento español (1937).

 

Ya desde el comienzo de la Guerra Civil española había roto definitivamente con el Partido Comunista y se convirtió en un activo opositor al régimen soviético. En su obra más conocida, El cero y el infinito, reflejó, a través de la experiencia de su personaje Roubachof, los mecanismos de los procesos y purgas de Moscú y los métodos empleados para las autoinculpaciones de los propios revolucionarios. El relato es un análisis de la compleja psicología de aquellos hombres, apresados entre valores humanistas y metafísicos, y en la implacable máquina de exterminio en nombre de la Historia. Esta obra, escrita en 1940, lo consagró como novelista político.

Otra novela suya muy conocida es Los gladiadores (1939), cuyo protagonista es Espartaco, una exploración entre ficción e historia sobre el tema de los revolucionarios, en la que trazó un paralelo singular entre la trayectoria de los gladiadores y la Alemania de los nazis. El volumen Escoria de la tierra fue dedicado a la memoria de sus colegas exiliados de Alemania que se suicidaron cuando Francia capituló.

El caballo en la locomotora

El libro de Koestler [dt. Das Gespenst in der Maschine] es un ataque al behaviorismo. Se trata de constatar, basándose el autor en las últimas conclusiones de la neurofisiología, que el ser humano posee tres cerebros y que hay como una ruptura o esquizofrenia entre el último y los demás, causa de todos los males contemporáneos.

¿Cuáles son estos tres cerebros y cuál el sistema o engranaje lógico sobre el que edifica Koestler su teoría y su solución final? Dentro de la evolución hay como una permanente jerarquía que permite a cada holón (término creado por el autor y que signfica »parte de un todo«), a cada fragmento, que sea éste célula o individuo humano, pertenecer a un sistema superior y dominar a un holón que le es inferior. De esta manera, el ser humano, por ejemplo, estaría abierto hacia arriba, lo que le permite evolucionar o progresar incesantemente. El hoon al que domina es ya etapa superada; el holón superior será su propio porvenir. La historia podría ser, pues, el reajuste correcto por parte del historiador de una serie de holones subiendo desde lo más bajo hacia lo más alto. Sin embargo, hay crisis, es decir, ruptura, y esto significa peligro mortal

Dicha ruptura se debería al hecho de que el ser humano sería provisto de tres cerebros: uno, el más antiguo, llamado archicórtex, herencia de los reptiles que fueron nuestros más alejados antepasados; el segundo, llamado paleo-córtex, heredado de los mamíferos, y un tercero, o neo-córtex, que hizo posible la mutación y que caracteriza a la especie humana. Entre este último y los demás no hay aún puente que valga. El antiguo cerebro es animal y nos domina con la obsesión sexual, secreto de la multiplicación y duración de la especie, o con la voluntad de poder o con tantos totalitarismos viscerales que son más animálicos que humanos, pero que ahí están, en la base del cerebro antiguo y que vigilan sobre la vigencia y primacía de nuestras necesidades primitivas. Mientras el cerebro nuevo, dentro de cuyos abismos lógicos están escondidos el lenguaje, la razón, la posibilidad creadora o artística, el holón superior, como dice Koestler, está abierto hacia arriba, pero en desconexión con el holón inferior. Entre el hombre antiguo y el nuevo, entre los dos cerebros que lo constituyen, no es posible injertar ningún quicio armonizador. La ontogénesis no repite aquí las hazañas de la filogénesis, el individuo evolucionado, el homo sapiens no quiere ni puede imitar, ya que no tiene apertura hacia abajo, el lento caminar de los cerebros antiguos, cuya vida supone millones de años de evolución dentro del mundo de los instintos, filogenéticos, ligados a la estirpe. [...] Es evidente que todos los males que nos achacan tendrían fácil arreglo, según Koestler, si el hombre inventase una droga capaz de hacer rimar a los dos cerebros. [...] Cuando todos los seres humanos se den cuenta de lo necesario que es creer, alcanzar el estado teologal, que decía Kierkegaard, o por lo menos el estético y amarse a través del arte, entonces ninguna droga será necesaria.”

 

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