Neurociencia para profesores

Carina Ferreras

Suelen faltar sillas en las presentaciones del libro que acaba de publicar el biólogo genetista David Bueno, Neurociencia para educadores (Rosa Sensat), de tanto público que concita. Los asistentes son mayormente maestros que van a escuchar qué se sabe sobre cómo aprende el cerebro del niño. Los docentes están pendientes de las últimas investigaciones. ¿A qué se debe tanta afición repentina del profesorado sobre el funcionamiento del cerebro? Básicamente, a la intersección entre la biología y la pedagogía. En este fenómeno no es ajena la efervescencia pedagógica, ávida en encontrar cierta complicidad de la ciencia en las nuevas prácticas educativas. En esa búsqueda, el hallazgo de una molécula química desconocida que demostrara, por ejemplo, que el cerebro de un niño es maduro para comprender textos escritos a los dos años, podría servir para revisar los modelos educativos. Y no sólo eso. También para impulsar una nueva política educacional. ¿Qué edad es la mejor para iniciar la educación formal? ¿A qué edad debe empezarse a leer? O, ¿cómo debería intervenir la administración para corregir la desventaja educativa en alumnos desfavorecidos por su origen socioeconómico o su disposición genética?

La neurociencia es una disciplina joven con pocas certezas aún. Se encuentra en pleno desarrollo gracias al interés de los neurólogos e investigadores científicos, especialmente en el campo de los trastornos de aprendizaje, y gracias al uso de tecnologías de neuroimágenes avanzadas. Y aunque está contribuyendo al conocimiento en áreas como la memoria, en su nombre se difunden también informaciones sin fundamento. Hace un par de semanas The Guardian publicaba un artículo sobre los neuromitos comunes que circulan como verdades en las escuelas.

Esta es una disciplina joven con pocas certezas pero muchas expectativas

“Los nuevos conocimientos no determinan modelos de educación pero pueden ayudar a perfilar estrategias educativas más eficientes”, según el autor del libro, el profesor Bueno. Para Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología del Instituto de Neurociencia en la Facultad de Psicología de la UAB de Barcelona, las aportaciones de la ciencia a la educación son aún muy escasas. “Ha habido magníficos profesores toda la vida sin saber nada del cerebro. Los neurocientíficos no tenemos que decirles a los docentes cómo han de hacer las cosas en su trabajo; ellos lo saben mejor que nosotros. Podemos, eso sí, explicarles por qué funciona lo que funciona, y eso puede animarles a seguir en los métodos de enseñanza que mejores resultados producen”. La neuroeducación puede ser instructiva y complementaria, pero que nadie imagine –avanza– que va a revolucionar los métodos ya aplicados.

Ahora bien, las investigaciones sobre el funcionamiento del cerebro humano sí han dado alguna luz. “Podemos asegurar –indica Morgado– que los métodos pasivos, los que consisten en recibir información pasivamente, sin resumirla, cuestionarla, trabajarla, explicarla a los demás… etcétera, no funcionan”. La neurobióloga Mara Dinsen, del laboratorio de neurobiología Celular y de Sistemas del Centre de Regulació Genòmica, lo expresaba de otro modo en el Magazine de este diario el 2/IV/2017: “Cuando mejor aprendes es cuando te interesa el tema, te apetece conocerlo” y añadía como recomendación: “esto se debería aplicar más en la educación”. El investigador Bueno lo resume con una frase: “Sin emociones no aprendemos”.

En medios científicos se alerta sobre las creencias falsas que circulan por escuelas

Están contabilizadas hasta 42 emociones distintas aunque existe el consenso en cuatro básicas (miedo, ira, asco y alegría). Con todas se aprende. El cerebro interpretará la emoción en clave de supervivencia, según explica Bueno, y almacena el aprendizaje para utilizarlo después con eficiencia. “El problema del miedo (a la mala nota, al fracaso, a la decepción de los adultos) es que no genera ganas de seguir aprendiendo. En cambio, el placer deja una huella a medio o largo plazo que incita a saber más el resto de la vida”.

Otro descubrimiento clave para la educación es la cooperación. “El hombre es un animal social. Se aprende con los otros”, indica Bueno. “Se ha visto que aquello que el cerebro percibe como máxima utilidad es la aceptación, la valoración y el reconocimiento social por lo que es aplicable al aula la importancia del trabajo cooperativo y colaborativo como una manera de generar placer social y fijar lo aprendido”, manifiesta el profesor de la UB.
Emociones

El cerebro aprende con el miedo o el placer pero no con la instrucción pasiva

¿Qué otros avances científicos son importantes en el proceso de aprender? Son conocidos, aunque no siempre integrados por escuelas y familias. El ejercicio físico, el sueño y una alimentación sana y exenta de grasas saturadas facilita el aprendizaje y la memoria. Los tóxicos, obviamente, son un enemigo. De todo, el sueño es la asignatura más olvidada. La jefa de Neurofisiología y coordinadora en la Unidad del Sueño del Hospital de la Vall d’Hebron, Odile Romero, apunta que “la calidad del sueño es fundamental”, pero, a diferencia del deporte y la comida, es un aspecto que no ha entrado en las escuelas. Así, los adolescentes suelen dormir menos de lo que deberían” (una hora menos que el resto de europeos) y es importante porque el sueño consolida la memoria. Sin embargo, no es raro ver estudiantes en las bibliotecas... por la noche.

“Los últimos trabajos que conocemos sobre la memoria demuestran, una vez más, la plasticidad neuronal, es decir, que con la práctica adecuada no sólo aprendemos más sino que incluso podemos mejorar las capacidades básicas del cerebro. Empezamos a saber por qué ocurre eso cuando comprobamos cómo las neuronas se reorganizan cuando trabajamos adecuadamente en la enseñanza”, indica Morgado. La memoria es su campo de especialidad. “Hay varios tipos de memoria y todas son importantes, desde la de aprender poesía, canciones o los ríos de España (memoria implícita), hasta la que permite explicar una historia pasada o una lección aprendida (memoria explícita), o la que nos permite retener cosas en la mente para solucionar problemas o tomar decisiones (memoria de trabajo), como cuando jugamos al ajedrez y retenemos varias posibles jugadas a realizar según responda el contrincante”.

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